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Mostrando entradas de febrero, 2011

La borraron

La borraron, y ahora es tan sólo un fantasma.

De su paso apenas quedan recuerdos, vagas imágenes de vapor y vidrio opaco que se disuelven con el primer rayo de sol. Las pupilas que la vieron acabaron en un fundido a negro para después renacer en un pasado próximo, forzado e irreal. Aquellos que la leyeron no pudieron comprender, y con un simple movimiento barrieron sus letras, y éstas danzaron y temblaron como hojas marrones movidas por el viento. Muchos oídos quedaron sordos y olvidaron texturas y tonalidades que se perdieron en una falta de aire particular. Sus cientos, miles, de instantes indivisibles fueron quemados por lenguas naranjas y puntos azul eléctrico; si se hubieran colocado todos esas instantáneas una tras otra, ella habría durado dos minutos más. Quizá.

Pero la borraron. Y al borrarla todo se perdió: las ansias y la inseguridad, el amor y los refrescos a primera hora de la mañana, las metas sin cumplir y los paseos bajo una fina lluvia primaveral. Murieron los secretos…

Airship era (I)

Otra vez hay niebla. Mejor dicho, nunca acaba de irse.

Es una bruma baja, densa, del color de la nicotina. Dicen en la radio que es una mezcla de contaminación, niebla real y los vapores producidos por las nuevas fábricas de robots. Otros dicen que los gases de los dirigibles derribados todavía no se han dispersado. Yo, francamente, prefiero la idea, mucho más romántica, de la niebla.

Pero esta maldita bruma produce un terrible escozor en los ojos. El comunicado resonó por los altavoces de la ciudad hace tan sólo un par de días: es obligatorio usar gafas protectoras en la calle. Algunos tienen más suerte que otros, dependiendo de la zona en la que viven. He oído que en el edificio Sendai del centro hay familias que llevan más de seis meses sin pisar el asfalto. Privilegiados. Aunque no les envidio. No del todo. Comen bien, huelen bien, viven bien. Y a pesar de todo algunos de ellos se siguen suicidando, lanzándose al vacío desde las plantas superiores. Hoy mismo han muerto cinco más.

La ciudad robada

Me robaste la ciudad, ladrón de guante blanco y máscara casi perfecta. Me robaste la ciudad y me dejaste tirada en una cuneta de las afueras para que me confundiera con el asfalto en una tarde de lluvia. Me robaste la ciudad y ahora lucho con todas mis fuerzas por recuperarla, por volver a ella. Porque hubo un tiempo en el que yo compartí la ciudad contigo, mostrándote lugares que nunca habías imaginado, presentándote a gentes que de otra manera jamás habrías conocido. Y tú cogiste todo eso y lo guardaste en uno de tus oscuros y sucios cajones llenos de mentiras y secretos, y te lo quedaste para ti. Me robaste la ciudad, y ahora quiero que me la devuelvas.

Tengo un plan. Es un plan simple y tú ni siquiera estás presente en él. Más bien ése es el plan; que tú no te des cuenta de nada. Poco a poco, como las nubes que avanzan por el cielo para luego desaparecer silenciosamente, sin que nadie se haya fijado en ellas. Avanzaré como las dunas en el desierto y me moveré como las olas en la p…

La cruz y la cara

Triste Sin Valentín

Hay un coche mal aparcado en frente del apartamento. Un Volkswagen último modelo, de ese mismo año. Las luces están apagadas; dentro del vehículo la luz de un cigarrillo fumado con esmero danza con suavidad, como un fantasma. Con cada calada, un nuevo reflejo. Con cada bocanada, un poco más de niebla. Esperando.

Alguien pica en el cristal del copiloto. El cigarro vuela hacia abajo, y el hombre se gira. Pasan unos segundos hasta que decide bajar la ventanilla.

– ¿Qué quieres? –Su tono no es amigable. Parece más una afirmación.

– Me he dejado el bolso. –Una voz femenina, congestionada y ronca por la desesperación y el agotamiento.

– Sírvete tú misma. –Un click, y ella abre la puerta trasera. Coge el bolso y la cierra.

– Dime que dejarás de fumar. –Es una súplica, tan penosa como su cara deformada por el llanto.

– Dime que me vas a dejar en paz. –Es una orden, tan seca como la voz de su dueño.

La mujer suspira y se gira, dirigiéndose al portal. Puede oír a sus espalda…

Gato

Un gato observa a Claudia mientras ella camina distraídamente recogiéndose el pelo. El gato guiña un ojo, se lame una pata y se restriega la cara, y vuelve a mirar con curiosidad a Claudia, que se aleja con paso tranquilo pero decidido. "¿Por qué se recoge el pelo?", piensa el gato. "¿Y a dónde irá?".

Claudia ve cómo un gato la mira mientras ella busca su goma de pelo en el bolso; ha caminado mucho y tiene calor, pese a estar en pleno Enero, así que se hace una coleta. Va escuchando música para no oír los sucios sonidos de la ciudad, y mientras se aleja piensa: "¿Pasarán frío también los gatos? Y éste, ¿hoy dónde dormirá?".

Empezar de cero

Claudia se ha prometido a sí misma que se va a esforzar.

Va a ser duro, y ella lo sabe. Lleva demasiado tiempo tomando el camino fácil. Pero los efectos colaterales están siendo nefastos. Y es hora de poner remedio.

Saldrán muchas mierdas. Mierdas sin calidad, casi imposibles de digerir. Pero hay que pagar ese precio. Porque Claudia sabe que, tarde o temprano, algo decente acabará apareciendo. Si fue capaz hace años, ¿por qué no ahora? Recuperar lo perdido.

Claudia quiere, necesita, creer en ese lema tan repetido de que con esfuerzo todo es posible. Al menos quiere intentarlo. Aunque el desánimo intente ganarle terreno durante el proceso. Claudia desea comprobar que las recompensas existen.

Así que Claudia empieza de cero.

Risa

Claudia se ríe.

En realidad quiere cortar cabezas.

Pero se ríe. Se ríe de todo y de todos. A carcajada limpia, sin miramientos, señalando con el dedo. Sin esconderse, dejando bien claro cuál es el motivo de su burla. Se ríe escandalosamente, para que todo el mundo se entere. Se ríe cínica y miserablemente, sin importarle las consecuencias. Se ríe hasta que se queda sin aire, hasta que algo en su interior se rompe y se pone a llorar. Se ríe de todo y de todos.

De los amores perdidos y los deseos frustrados, de los planes de futuro y del miedo a abrir los ojos, del dolor autoinflingido y de la esperanza aún no perdida, de aquellos a quienes todavía recuerda y que ni siquiera piensan en ella. De la mejilla que tantos golpes recibió y de todas las manos que puso en el fuego y que luego ardieron miserablemente; de las sonrisas bonitas y amables que no sirvieron para nada y de las lágrimas que alejaron a todo el mundo de su lado. De la cobardía de los que creen tener la razón, y de la infan…

El pequeño despertar de Claudia

Claudia se remueve.

Está inquieta. Le duelen la cabeza y la espalda. Los brazos le han hormigueado por oleadas hasta la punta de los dedos. Las piernas le pesan. Está desorientada y se siente abatida. Por un momento piensa que ha estado hibernando durante demasiado tiempo, como si el despertador no hubiera funcionado.

¿Dónde ha estado realmente?

No se acuerda demasiado bien. La verdad es que tampoco tiene demasiadas ganas de pensar en ello. Intuye que si piensa demasiado se pondrá a llorar. Ya basta de llorar, ¿no? No vale la pena, las cosas siguen igual, se llore o no se llore.

¿Seguro?

Claudia se estira lentamente mientras piensa en el hecho de llorar. ¿Cuántos litros de lágrimas puede llegar a derramar una persona en una crisis intensa de llanto? ¿Y a través de los años? ¿Se habrá hecho alguna vez un estudio acerca de ello? Seguro que sí, si las empresas se dedican a realizar estudios científicos para demostrar que la gente prefiere su tiempo de ocio al que pasan trabajando. Decide…