miércoles, 30 de marzo de 2011

Cortar cabezas

   - Estoy nerviosa.
   - Se nota un poco.
   - ¡Cortar cabezas!
   - Cut necks!
   - No tío, eso sería cortar cuellos.
   - Bueno, para el caso...
   - No, no. Hay una diferencia clara entre cortar cabezas y cortar cuellos.
   - Miedo me das...
   - Fácil: cuando cortas un cuello, el corte puede ser superficial o profundo, y puede provocar la muerte o no, pero en realidad nunca llegas a separar la cabeza del tronco. Si lo haces ya no estás cortando el cuello sino decapitando, ¿no crees?
   - ¿Por qué estamos hablando de esto?
   - Pero en cambio cuando digo "cortar cabezas", me imagino las cabezas decapitadas de un simple ¡zas!, de manera que caen rápido al suelo y ruedan. Y la persona muere, claro.
   - Lo cual me parece lógico. Bastante más que esta conversación.
   - Aunque es cierto que cuando se dice "cortar cabezas", es como si estuvieras haciendo un corte en una cabeza, en el cráneo por ejemplo. Como una trepanación. Pero la trepanación es agujerear el cráneo. Bueno, ya me entiendes.
   - A-ha.
   - Lo que sí es cierto es que puede darse la situación en que empieces cortando un cuello y se te vaya de las manos... y acabes decapitando. Mmm, ¿habrá un vocablo para eso? Que incluya el hecho de cortar un cuello, ¡o rebanarlo! Me acaba de venir esa palabra a la mente. Pues lo que decía, ¿habrá una palabra que incluya el hecho de cortar un cuello y una cabeza, es decir, cortar cuello más decapitar? ¿O eso es decapitar a secas, sin importar la intención y la velocidad de corte?
   - Sinceramente, no me interesa este tema. Lo digo en serio. Y se me ha quitado el hambre.
   - Necesito un SmartPhone de esos para poder consultar en Google cuando quiera. Definitivamente. ¿iPhone o HTC?
   - ... ¿Cortar cuellos o cabezas?

martes, 22 de marzo de 2011

Cambio

Salió a la ciudad con una sonrisa en la boca porque al fin se sentía libre. El sol empezaba a reclamar su papel en la recién estrenada primavera y el aire se había hecho algo más ligero, provocando que todos los sonidos fueran más agudos. Por eso sonreía, y tenía ganas de correr por las calles y revolcarse en la arena de la playa y dormir la siesta a la sombra de algún árbol. Porque era libre, porque al fin dejaba todas sus preocupaciones diarias atrás, porque podía vaciar su maleta de cosas viejas y sucias, porque se había quitado un tremendo peso de encima y se sentía tan ligera que se creía capaz de volar.

Salió a la ciudad con lágrimas en los ojos porque esa era la reacción más común ante los cambios bruscos e inesperados; porque se abría ante ella un abismo de incertidumbre y sentía esa especie de miedo escénico ante la idea de tener una vida completamente nueva por delante. Lloraba porque dejaba atrás buenos momentos que quizá no había sabido valorar del todo y porque de repente se sentía algo más sola en su día a día, y lloraba también de alivio, liberando toda la tensión acumulada durante los últimos largos años. Lloraba porque ésa es una de las etapas del duelo; lloraba por tristeza y por felicidad.

Caminaba rápido por la calle, sin importarle demasiado hacia dónde se dirigía. Sonreía y se secaba las lágrimas, y miraba al cielo azul y después a la gente que pasaba por su lado y que la miraba extrañada, y entonces ella volvía a sonreír, aunque tenía miedo a lo que estaba por llegar. Sentimientos encontrados y opuestos que la confundían ligeramente, pero ella seguía sintiéndose ligera, un poco más sana, un poco menos infeliz. Ya llegaría el momento de preocuparse por las cosas importantes; el papeleo, las horas libres, empezar de cero. Se sentía como una niña pequeña a quien le acaban de comprar una libreta y un boli: quiere estrenarlos poco a poco y con buena letra, pero debe decidir qué contenidos crear. De hecho ella era la única que decidía qué hacer con su vida. Sólo había necesitado un pequeño empujón. Pero sabía perfectamente que las cosas buenas estaban a la vuelta de la esquina.

Y así caminaba ella en un lunes tan poco peculiar como la mayoría de lunes de su vida, pero esta vez los colores y el olor del mundo eran distintos, más intensos y mejor dibujados. Ella siempre tenía esa sensación cada vez que sucedía algún gran cambio en su vida. Y se imaginaba el gigantesco abanico de posibilidades, y de nuevo, parada ante un semáforo en rojo, pensó: "¿Qué me encontraré a la vuelta de la esquina?".

Salió a la ciudad como cada día y su vida cambió para siempre. Porque nada es eterno ni imprescindible, porque el mundo es mucho más grande y está más lleno de posibilidades de lo que parece a simple vista. Porque con cada paso que se da, algo cambia...

sábado, 19 de marzo de 2011

Tic-tac

Tic-tac, el tiempo pasa y ella sigue quieta, esperando.

Tic-tac, la noche da paso al día que da paso a la noche, y ella sigue en su rutina, avanzando en círculos. Aunque de vez en cuando también consigue hacer una ese. Que luego se convierte en un ocho.

Tic-tac, a veces el mundo parece detenerse por completo y entonces vive en un eterno día de la marmota, que se convierte luego en el mes de la marmota para acabar siendo el año de la marmota. Otras veces, en cambio, da la sensación de que todo sucede muy rápido. Las imágenes se difuminan y se distorsionan en un curioso efecto Doppler visual y no le da tiempo a comprender nada. Sólo sabe que algo se mueve. Y tras ese algo, miles de otros algos que se mueven más rápido todavía.

Tic-tac, recuerda todo lo que quería ser y que nunca llegó a conseguir, pero aún recuerda con más claridad la maldita incertidumbre de no saber qué hacer, presionándola a todas horas. Demasiadas opciones entre las que elegir sólo una, o dos, le producen la agobiante sensación de estar perdiéndose algo más importante, algo que quizá debería haber elegido. Hasta que llega un punto en el que decide detenerse y simplemente no decidir. Y sólo ve cómo el tiempo sigue su curso.

Tic-tac, los segundos pasan y los trenes quizá también, pero ella no los ve porque está escondida en su oscuro y tranquilo caparazón al que nadie está invitado a traspasar. Demasiado dolor le provoca un miedo atroz a mostrarse sin coraza. Prefiere lo sencillo. Prefiere no actuar.

Tic-tac, y llega el día en el que se mira al espejo y ve todas esas canas, esas arrugas y esas manchas en la piel, y se pregunta qué ha hecho con su vida más que dejarla pasar de largo, ¿y qué le queda? Lágrimas y la certeza de haberse equivocado, y piensa: "Si pudiera volver atrás...". Y entonces sus manos artríticas escriben con dolor una carta a su yo de hace años, y le dice:

"No pierdas nunca la esperanza. Sal, déjate ver. No sufras por lo que no tienes; simplemente disfruta de lo que te rodea. No busques; sorpréndete con cada nueva cosa que encuentres. Quédate con las cosas buenas que la gente te pueda ofrecer, y descarta las cosas malas. No sufras por el pasado; aprende de él. El tiempo pasa y llegará un día en el que quizá quieras decir: 'Disfruté de mi vida'. No hagas que ese día llegue demasiado tarde. Sonríe y sé feliz".

Tic-tac, una muchacha joven se seca las lágrimas y se mira en el espejo. Y un poco por encima de su cabeza, a su izquierda, la ve. Una mujer anciana la mira con dulzura y le sonríe. La muchacha pestañea con fuerza; teme estar alucinando, pero no se asusta. Cuando vuelve a mirar, la anciana ha desaparecido, y con ella su corazón se ha aligerado un poco y le invade una incomprensible e intensa sensación de paz. Entonces se mira a los ojos y poco a poco esboza una sonrisa.

Tic-tac, el tiempo pasa y ella decide empezar de cero.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Nube de información

Le están robando el tiempo.

Información que cae torrencialmente en y desde multitud de lugares. Miles de ojos que observan y luego explican; la objetividad a veces se olvida, la frivolidad impera, ya nadie sabe qué creer. Una inmensa torre de Babel que obliga a rebuscar entre millones de ceros y unos hasta encontrar una fuente fiable.

Un caos de arañazos negros y grises con pinceladas blancas sobrevolando su cabeza. Un link que lleva a tres más, cada uno de los cuales lleva a otros tantos, cual virus. Los links son virus. Cada vez hay más y más. Hasta que al fin se llegue al punto de partida; cuando todos los links apunten a otros links que apunten a esos links primigenios. ¿Es eso posible? Demasiada información que absorber, mientras el planeta entero juega a un trepidante juego del teléfono, ese al que juegan los niños para ver cómo se tergiversa un mensaje al pasar por veinte personas distintas. La calidad importa pero la cantidad impera.

Hasta que al fin todo se detiene y uno elige dónde y con qué quedarse. Y todo se calma, y entonces es hora de leer, y mirar, y ver y oír sin mayor complicación; el trabajo sucio ya está hecho. Ya no hay que buscar porque ya se ha encontrado. Y entonces surge esa extraña adicción a estar constantemente conectado, y el posterior miedo a perder hasta el segundo de silencio más inútil.

En definitiva, le están robando el tiempo. Pero es el precio a pagar a cambio de poder dibujar su propia verdad, su único punto de vista, su particular visión del mundo...

martes, 8 de marzo de 2011

No lo hagas

No lo hagas.

No me critiques; no me corrijas. No me indiques qué hacer, no me señales la dirección, no pretendas guiarme por el supuesto camino correcto. No me impongas tu filosofía de vida; no me intentes convencer de que tienes más razón que yo. No me digas en qué fallo ni cómo debería pensar, ni insinúes que mi actitud es la equivocada. No me vendas psicología barata ni autoayuda de papel reciclado mientras tú tienes tu propia mierda que limpiar. No señales con el dedo de la inseguridad todos mis defectos como si los tuyos fueran menos importantes; no quieras hacerme creer que sólo yo soy un caso perdido. No me recuerdes las cosas que no tengo, en todo caso ayúdame a no olvidar lo que debo atesorar. No me digas lo que sabes perfectamente que no necesito oír; no apuntes y dispares sólo porque haciendo eso te sientes superior. No me mires por encima del hombro o acabarás chocando con los hombros de quienes te miran a tí; no me compadezcas ni sientas pena por mí sólo porque nuestras vidas sean simplemente distintas. No puntualices cada vez que cambio de opinión; no pongas esa cara de extrañada sorpresa con cada pequeño cambio que yo decida hacer. No vengas y te vayas cuando te plazca sin tener en cuenta mis necesidades; no me llames egoísta por verbalizar lo que tú siempre haces. No me engañes diciendo que no tienes tiempo cuando lo que realmente no hay es interés o ganas, ni te defiendas insistiendo en que son imaginaciones mías, porque ambos sabemos que tengo razón. No abras la puerta, des una vuelta, pruebes un poco y luego decidas que lo que ves no cumple tus expectativas; si vienes, es para quedarte. No me vendas que eres feliz con lo que tienes y por cómo eres, ni ocultes bajo la máscara de la indiferencia el vacío y la tristeza que a veces te invaden.

Porque sabes que te pareces demasiado a mí.

Porque en realidad todos vivimos en un mundo espejo...

No lo hagas. No me critiques; no me corrijas.

Sólo acaríciame con cariño y rodéame con tus brazos para que pueda sentir tu respiración; quiero escuchar los latidos de ese corazón tuyo, tan similar al mío. Cierra los ojos, siénteme cerca, sonríe y no me sueltes nunca...

No lo hagas.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Confidente

Claudia me mira con lágrimas en los ojos. Es muy bonita, pero no ha tenido un buen día. Mejor dicho, no ha tenido una buena semana.

Según ella, lo que lleva de año está siendo una mierda.

Claudia siempre me dice que con hablar conmigo le basta, que no es necesario que le diga nada; sólo con saber que alguien la escucha y le permite que se desahogue sin tapujos y sin ser criticada tiene suficiente. No quiere consejos ni palabras de apoyo ni ideas ni correcciones; sólo ansía sincerarse abiertamente sin más consecuencias que la posterior sensación de vacío y bienestar. De modo que yo no puedo hacer más que dejar que hable y llore, y estar pendiente de que no se le acaben los pañuelos de papel.

A veces Claudia se toca nerviosa el pelo o juega con algo entre sus manos: un trozo de plástico, un bolígrafo, una goma de pelo, la esquina de una hoja de papel, una miga de pan. Cuando habla, gesticula con energía y vocaliza con firmeza, profiriendo un innecesario énfasis a unas frases de queja y dolor que si se dijeran en susurros sonarían con igual contundencia. Alguna vez golpea la mesa con el puño cerrado en un ataque repentino de rabia, aunque su personalidad huye de la violencia física. Más bien parece un gato enjaulado, retorciéndose y luchando por salir de una caja con barrotes de plástico azul cielo. Si alguien se acerca demasiado puede recibir un arañazo. Pero eso forma parte de su encanto.

Claudia suele taparse la cara con las manos cuando llora. En todo este tiempo he desarrollado la capacidad de detectar a la perfección el momento de transición entre una frase al azar y el llanto. El proceso es sencillo: ella habla hasta dejar una frase a medias, que normalmente acaba en una conjunción con puntos suspensivos; entonces aparta la mirada, dirigiendo su rostro hacia la derecha, y luego lo baja apretando los labios, y cierra los ojos con fuerza hasta que salen las primeras lágrimas. A los pocos segundos los abre y me mira, y el dolor que se refleja en ellos es tan intenso que hasta a mí me dan ganas de llorar, aunque no pueda. Y ella sonríe con esa mueca de payaso triste, ladeando un poco la cabeza, como pidiendo perdón por no haber aprendido aún a ser feliz. Entonces suspira, se restriega los ojos con gesto infantil en un intento por secarse las lágrimas, y quizá se suene la nariz si lo cree necesario. Y sigue hablando, pero esta vez el tono de voz es más suave. O apagado. No es que esté tranquila. Es que ha empezado a vaciarse y el proceso es lento y agotador.

Yo no puedo hacer otra cosa que observarla impasible. Si se me concediera un deseo, pediría poder meterme en su inmadura cabecita y cambiar todos esos pensamientos negativos y sinapsis adormiladas por sonrisas y días de sol y olor a incienso. Pero no me está permitido interferir. No puedo ser más que un observador pasivo, inamovible, accesible en cualquier momento del día, un mudo veinticuatro por siete dedicado en exclusiva a ella. Esa es mi tarea y la desarrollo con gusto y amargura, dual sensación de orgullo egoísta por sentirme útil y generosa melancolía por recordar cada día que existe todavía demasiada tristeza en el mundo.

Al final Claudia siempre se acaba calmando. Algunos días el proceso es más lento y agónico; otros, apenas dura unos minutos. A veces Claudia llora hasta que los párpados se le inflaman y deforman; en otras ocasiones apenas derrama un par de solitarias lágrimas. Pero ella siempre termina por relajarse, ya sea por haber vaciado un poquito su pesada mochila o simplemente por puro cansancio. Y siempre le escuecen los ojos. El proceso finaliza cuando Claudia se duerme.

Y yo sigo aquí, impasible, observando diligentemente todos sus movimientos desde mi obligada aunque preferente posición en una estantería de madera barata oscurecida por el paso de los años y la falta de cuidado, entre otros muñecos de trapo como yo. Pero hay una diferencia, y es que Claudia siempre me ha querido a mí. Siempre he sido yo el confidente de sus secretos más oscuros, y siempre ha acudido a mí cuando lo ha necesitado. A mí, y a nadie más, pese a tener otras posibilidades más nuevas, más suaves y mullidas. Sé que un día, cuando ella esté mejor y en su vida al fin entren la luz y el equilibro, acabaré relegado a un segundo plano, muy probablemente en algún cajón oscuro o en un pestilente cubo de basura, rodeado de gajos podridos de mandarina, cartones de leche vacíos y condones usados. Pero no me importa; sé que aun cuando los perros callejeros me hayan encontrado y destripado mis entrañas de algodón, yo seguiré presente en el corazón de Claudia.

Pero hasta que eso suceda yo seguiré aquí, observándola mudamente, apoyándola siempre.