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Mostrando entradas de abril, 2011

Bloqueo

Claudia está bloqueada. Se encuentra en ese punto exacto en el que mira pero no ve. Sus ojos no enfocan, siempre apuntan al infinito. Ella lo intenta, con toda su alma. A veces lo consigue, aunque por poco tiempo. Y entonces vuelve a observar la nada que sólo ella es capaz de sentir.

Todo empezó un día de esos en los que uno piensa: "Luego". Mala palabra, ese "Luego". Porque el "ahora" se convierte en largos minutos tumbada en la cama, mirando al techo. "¿Y esa marca?", se pregunta. "¿De veras ha estado siempre ahí?". Pero Claudia no se mueve. Sólo navega por los recuerdos de su mente, hasta que encuentra uno que le dice que sí, que esa marca ha estado siempre ahí. Entonces cierra los ojos durante unos segundos para después abrirlos y mirar por la ventana. "Qué azul está el cielo hoy". Y permite que un torrente de emociones viajen a través de ella. No las controla, simplemente deja que pasen. Una tras otra. Algunas hacen daño…

Tu nombre

Hoy he vuelto a leer tu nombre, y me he dado cuenta del abismo que nos separa.

Había visto escrito tu nombre muchas veces, hace tiempo, hasta que me acostumbré a él, al orden de sus letras, a su forma. Ahora, en cambio, empieza a parecerme extraño, como si no lo conociera. Como si nos acabaran de presentar. Me suena a nuevo, a recién estrenado, a poco usado.

Tu segundo apellido es el que más me desconcierta. Lo pronuncio lentamente, en un susurro apagado, saboreando cada letra, intentando recordar las (pocas) veces que lo dije en voz alta. Pero aun así parece que es una nueva palabra, aunque yo sé que siempre ha estado ahí. En realidad es como si tuviera otro brillo. Como cuando uno está acostumbrado a ver un paisaje desde cierto ángulo y un día la luz cambia, y uno se desorienta. Y entonces pienso: "¿En serio siempre te llamaste así? ¿Fue realmente ése tu nombre?".

Tu primer apellido, en cambio, todavía me produce un desagradable nudo en la garganta. Incluso cuando no se r…

Música

El Olvido se ha apoderado de tu mente, pero tú no te has dado cuenta. El Recuerdo ha sido derrotado por la Ceguera y la Confusión, consumiéndolo poco a poco. Las imágenes de tu mente son borrosas, y la Mentira juega con ellas. El Tiempo te lleva en sus manos, sin que puedas marcar el rumbo de tus pasos. Pues el Presente es el amo de todas las cosas, y te guía aunque tú no lo quieras. Siete candados mágicos cierran las puertas al rincón del Recuerdo Puro, pero no puedes abrirlos. Pues de los candados no conoces su existencia, mas la Intuición al oído te susurra la verdad. Y la Confusión sigue ahí, manipulando tus creencias y tu pasado. Y todo pasa, poco a poco, sin que te des cuenta... Hasta que la Música golpea las puertas de tu corazón, llamándote por mil nombres y por ninguno. Pero el Presente te grita, y pocas veces llegas a entender lo que ella te dice. Mas la Intuición está de tu parte, y decides un día escucharla con atención. Y consigues oír la Música, y el Recuerdo te abofete…

Airship era (II)

Una gabardina ondea violentamente a ochocientos metros del suelo. Es de color marrón claro, como la arena de aquella playa que la ciudad perdió hace tiempo. Los botones nacarados producen destellos anaranjados, como si quisieran enviar un incomprensible mensaje en morse. Los zapatos negros y relucientes sobresalen un par de centímetros por el borde, como un gato asustado al que le cuesta vencer la curiosidad. Y por debajo, casi pegada al suelo, la niebla.

Ellos le dijeron que todo iba a salir bien. Que estaría seguro en su apartamento y que no le faltaría de nada. Que la ocupación duraría un par de semanas y entonces podría salir de allí y viajar con su familia, lejos, a alguna isla perdida en el océano. Pero ellos obviaron ciertos detalles.

Los malditos robots llevan varias semanas sin permitirles salir del Sendai. Al principio no fue tan malo. Habían tenido comida y bebida, y la niebla no llegaba hasta sus ventanas, por lo que no corrían peligro. El edificio se autoabastecía con una…

Dos tardes

Las clases terminaron a las cinco de la tarde, como cada día. Era primavera, de modo que quedaban todavía algunas horas de sol por delante. María recogía sus libros y los guardaba en su raída mochila, intentando olvidar que para el próximo examen tendría que recordar muchas cosas inútiles. Había quedado con Clara para volver a casa andando; tardarían aproximadamente tres cuartos de hora y aprovecharían para contarse todos los cotilleos del día.

La madre de María estaba nerviosa. Eran ya las siete de la tarde y su hija todavía no había vuelto. Angustiada, decidió llamar al novio de María por si sabía algo, pero parecía no haber nadie en casa; estaría trabajando en el bar. Llamó entonces al local y le pidió al muchacho que la ayudara a buscar a su hija. Y él, nervioso y disgustado, recorrió todo el camino hasta el colegio y volvió a casa sin resultado, para encontrar a María y Clara sentadas en un viejo banco del parque a dos calles de su casa. Hubo abrazos, un par de lágrimas y una peq…