martes, 26 de julio de 2011

Fuera de cobertura

Claudia estaba fuera de cobertura.

La llamaron, le escribieron, intentaron verla sin éxito. Ella nunca decía que no; simplemente permanecía callada. No estaba desaparecida sino quieta, como uno de esos muñecos de cera de los museos. Su postura era tan absolutamente estática que daba la sensación de que el tiempo se hubiera detenido dentro de la burbuja que la rodeaba. No pestañeaba, no se quejaba; no hacía otra cosa más que existir, que estar ahí, sin interacción, sin reciprocidad.

Un día alguien pensó en hacerle cosquillas. Se acercó como un gato vigilando su presa, sin apenas ser ruido, mimetizándose con el entorno, como si de un camaleón se tratase. Pero Claudia estaba fuera de cobertura, al igual que su corazón, por lo que cuando el gato-camaleón se le acercó para jugar un rato, ella ni se inmutó. Hacía tiempo que Claudia no creía en los colores naranjas y rojos del deseo y la diversión, porque por experiencia sabía que al final esos colores se volvían grises y negros. No tenía fuerzas, por no decir ganas, de volver a pasar por lo mismo. No había colores en su vida; sólo una película transparente e infranqueable que la mantenía aislada del mundo exterior. Tras varios intentos el gato-camaleón desapareció de su vista, sin mirar atrás. Sus intentos no habían superado los de los anteriores gatos-camaleón. Por lo que para Claudia no valían la pena.

En otra ocasión Claudia se quedó observando su sombra. En un día claro y sin nubes su sombra parecía brillar con luz propia; de un color negro brillante y resplandeciente, la moteaban incontables puntos de colores eléctricos que danzaban suavemente de un lado para otro. Pero de repente su sombra cambió de forma, convirtiéndose en una mancha amorfa que se reía de ella y que parecía querer escapar. Claudia sintió un escalofrío y cerró los ojos con fuerza, pero aun así su sombra seguía visible en su retina, danzando, riendo, cambiando. Envolvía y apretaba a Claudia como una enorme serpiente mientras le susurraba al oído palabras incongruentes y sin sentido; crecía hasta ocuparlo todo, causando una terrible sensación de agobio, y empequeñecía hasta casi desaparecer, haciendo que Claudia se sintiera tremendamente sola. Pero incluso su sombra-serpiente se cansaba de jugar, al igual que el gato-camaleón, y entonces volvía a su forma original y todo regresaba a la normalidad. Claudia no se fiaba de ella.

Claudia estaba fuera de cobertura y tenía sus motivos. Pero también sabía que el tiempo avanza y que nada es eterno, y llegaría el día en el que los gatos-camaleón la rodearían y dejarían de ocultarse, cubriendo su sombra-serpiente hasta controlarla; y la sombra-serpiente sonreiría amablemente a Claudia y no la molestaría más. Pero hasta entonces, Claudia seguía siendo un muñeco de cera en un museo, cubriéndose de polvo y suciedad, esperando su momento.