viernes, 30 de diciembre de 2011

El canto del gorrión

Las ramas de una vid desnuda se mueven imperceptiblemente bajo el cielo plomizo de un mes de diciembre cualquiera. El aire helado se ha tomado un pequeño descanso tras descargar su furia el día anterior, pero las nubes ganaron la batalla y siguen cubriendo el cielo, amenazando tormenta. El mundo está tranquilo y las pocas personas que pasean por las calles de piedra y musgo se frotan las manos, dejando tras de sí al respirar tímidos rastros de vaho, como si fueran extrañas locomotoras a vapor. Una pareja camina cogida por la cintura, queriéndose demostrar afecto y darse calor.

   - ¿Ya estás fisgando otra vez?
   - Shhh... ¡No me dejas oír lo que dicen!

Un aleteo y la rama se mueve con algo más de intensidad.

   - ¡Espera!...

La fría piedra del suelo se confunde en color y forma con los muros de la ciudadela. La puerta de un pequeño restaurante se abre y unas campanas tintinean; un grupo de palomas asustadas alza el vuelo rápidamente hasta posarse sobre las gárgolas de una vieja iglesia.

   - Se dirigen hacia la puerta norte. Llegaron ayer en coche. Parecen muy felices.
   - Como todos los que vienen por aquí en estas fechas. Y en pareja.
   - Ya, pero estos dos me interesan especialmente. Quiero saber de qué hablan.
   - ¿Por qué te sigues interesando por estas vidas que tan poco tienen que ver contigo?
   - Bien sabes la respuesta. Y no pienso dejar de hacerlo sólo porque un viejo cascarrabias como tú no lo entienda.
   - Lo que tú digas. Pero el día menos pensado te llevarás un susto.
   - Yo soy rápida y ágil. Lo que en realidad temes es que te pase algo a ti. Siempre puedes optar por no seguirme. ¡Mira! ¡Se acercan!

Un silvido cansado.

   - Shhhhh... Parece que están hablando de algo interesante... ¡Oh! ¡Son extranjeros!
   - ¿En serio? Pues ya nos podemos ir; no vas a entender nada.
   - ¡Espera! Reconozco el idioma...

El viento mueve las hojas caídas de un árbol centenario y su sonido se mezcla con un rápido aleteo a ran de suelo. Ella pisa despistada una de las hojas mientras extrae con dificultad su cámara fotográfica del bolso; parece que los guantes granates, a juego con su bufanda, entorpecen sus movimientos. La chica sonríe cuando él la besa en la punta de la nariz; luego le roba una foto a él, lo cual provoca un simpático gruñido. Ambos ríen, se abrazan y se besan. El mundo parece pararse en ese instante.

   - No están precisamente habladores...
   - ¿Pero acaso no es hermoso? ¡Mira como se aman! Ah... Me traen tantos recuerdos...
   - Deberías dejar de soñar tanto. Es una total pérdida de tiempo.
   - ¡Tú si que me haces perder el tiempo con tus estúpidas observaciones! Cómo se nota que ha pasado más tiempo para ti que para mí... Y la razón por la que me gusta tanto ver estas escenas, querido, es porque me ayudan a no perder mi memoria, mis recuerdos. Deberías pensar en hacer lo mismo.
   - No echo de menos ningún detalle de mi pasado. Poco a poco me he acostumbrado a esto, e incluso diré más: me gusta. Y a ti te pasará lo mismo, por mucho que te empeñes en evitarlo.
   - Tú eliges tu camino, yo elijo el mío. A ver a quién de los dos se le termina antes la eternidad. Mira, vuelven a moverse...

Cuando empiezan a caer las gotas, la muchacha mira hacia el cielo y sonríe. Es una lluvia fina, de esas que apenas mojan, de las que se confunden con el aguanieve. Ellos se cogen de la mano, se miran a los ojos y siguen caminando cuesta arriba; se detienen a mirar la carta plastificada de un restaurante, se preguntan qué significarán algunas de las palabras, él le traduce las que reconoce y, tras descartar el local, siguen caminando. Hablan y se besan y se hacen bromas; no hay sombra de preocupación en su rostro, al menos de momento.

   - He visto esto tantas veces que no puedo alegrarme por ellos. A saber cuánto duran juntos.
   - ¿Quieres dejar de ser tan negativo? Déjales disfrutar, aunque sólo dure unos meses, o unos pocos años, eso poco importa. El haberse conocido enriquecerá sus vidas y, si todo va bien, su final será feliz. No como el nuestro...
   - Exacto, no como el nuestro. Sigue soñando...
   - Quiero cantarles algo. Me acercaré un poco más...
   - ¿Qué? ¡No, otra vez no! No me dejes atrás... ¡No te vayas ahora!

La muchacha se para en seco y gira la cabeza ligeramente hacia la derecha. Él la mira y le pregunta qué sucede; ella está concentrada y le hace un ademán con la mano para que guarde silencio. "¿Lo oyes?", dice en susurros. "¿El qué?", responde él, incrédulo. Ella no dice nada más y se quedan así durante unos segundos, hasta que se gira lentamente y los ve. Dos pequeños gorriones, uno algo más gordo que el otro, dando saltitos cerca de sus pies. Ella no se mueve por miedo a asustarlos. El más gordito se aleja rápidamente para posarse sobre el respaldo de un asiento de plástico sucio a unos metros de distancia, pero el más pequeño sigue saltando entre sus pies, alegre, entonando la más hermosa melodía que ella ha escuchado nunca. Cuando ella se agacha curiosa, el pequeño gorrión se queda muy quieto unos segundos, mirándola fijamente, y canta un poco más hasta que alza el vuelo, seguido con torpeza por su compañero. La chica se levanta desconcertada y de repente dos tímidas lágrimas acuden a sus ojos. No se siente triste ni nerviosa; simplemente se ha emocionado. Cuando él le pregunta qué sucede, ella sólo dice: "Los gorriones no pueden cantar así, ¿verdad?" mientras esconde su cabeza en el pecho de él, en un abrazo largo que los dos pajarillos observan desde lo alto de la muralla.

   - ¿Por qué hiciste eso? ¿Estás loca? ¡Acabas de regalarle tu vida a una estúpida humana a quien ni siquiera conoces!
   - No... No es una estúpida humana; es alguien especial. Ellos dos son especiales; creo que por eso les he regalado mi último canto. Ha sido mi elección, y bien sabes que debes respetarla. Y ahora toca partir... Hasta la próxima, querido amigo...
   - ¿Pero por qué ella? ¿Y por qué ahora? Me habría gustado que te quedaras un poco más...

El pequeño cuerpo inerte cae con suavidad por la cara exterior de la muralla, rebotando contra la hierba y rodando cuesta abajo hasta detenerse a los pies de un coche. La lluvia arrecia y su compañero, triste y abatido, desaparece entre las copas de los árboles y canta triste la partida de su irritante aunque dulce compañera, preguntándose cuánto tiempo pasará hasta que se reencuentren una vez más. Mientras tanto, la pareja desaparece silenciosamente al girar una esquina, adentrándose con cada paso es un futuro incierto, sin saber que han sido elegidos y observados por dos viejas almas descarriadas. ¿Quién cree estos días en la eternidad?

viernes, 16 de diciembre de 2011

La cajita de cristal

   - Tengo una cajita de cristal...
   - ¿Una cajita de cristal?
   - Sí. Es de cristal fino y muy resistente. De hecho, es tan fino que a veces se me olvida que está ahí.
   - ¿Y qué guardas dentro?
   - Pues un corazón.
   - ¿Un corazón?
   - Sí, un corazón.
   - ¿Y cómo es?
   - ¿Cómo va a ser? Pues como el resto de corazones. Tiene venitas y arterias y bombea sangre y está calentito.
   - Pero... Eso no es posible.
   - Lo que tú digas... Pero tengo una cajita de cristal fino con un corazón real dentro. Lo malo es que la abrí hace poco...
   - ¿Y qué pasó?
   - Pues que el corazón se asustó. Se había acostumbrado a estar tranquilito dentro de su caja y le estresa que lo miren y lo toquen. Y sufre un poco, pero ya le he dicho que es cuestión de tiempo, hasta que se adapte a la nueva situación.
   - ¿Hablas con él?
   - ¡Claro! Necesito entender sus necesidades, y yo le explico las mías. Es necesario llegar a un acuerdo. Si no, ¿para qué tener un corazón? Y en realidad nos ayudamos mutuamente. Él me calma, y yo le calmo.
   - No sé si te entiendo.
   - Si no me entiendes es que no hablas demasiado con el tuyo...
   - Puede ser. Pero no entiendo por qué está dentro de una caja.
   - No recuerdo cuándo fue, pero sé que lo guardé hace tiempo. Para que se recuperara. Y luego supongo que ambos nos acostumbramos a esa fina separación de cristal. Hay cosas que no deberíamos olvidar nunca.
   - ¿Y ahora qué vas a hacer?
   - Esperar. A que mi corazón se acostumbre, hasta que salga de la cajita. No puedo presionarlo, porque a veces, cuando lo he hecho, le he oído dar un portazo. Si se pueden dar portazos con la tapa de una cajita, claro. Ya me entiendes.
   - Vale, entonces, resumiendo: tienes un corazón real en una caja de cristal, hablas con él, a veces se asusta y da portazos. Supongo que sabes que eso no suena muy normal...
   - Entonces es que no eres más que un gato-camaleón que ha venido a pasar el rato. Y hace tiempo que me cansé de los gatos-camaleón. No te preocupes, no me ofendes ni estoy enfadada. En absoluto. Al café invito yo.

Cuando ella se levantó, la mariposa de su diadema pareció iluminarse durante unos segundos con un color fluorescente y verdoso. Él parpadeó aturdido y el resplandor desapareció, aunque el aura permaneció en su retina por un instante. Ella, ofreciéndole a él la mejor de sus sonrisas, dejó el dinero al lado de las servilletas de papel; luego se dirigió a la puerta con ese andar elegante y reposado que lo había hipnotizado cuando se conocieron. El café, ya frío, le devolvió la mirada cuando él agachó la cabeza. Sólo recuperó la compostura cuando una voz le preguntó con suavidad:

- ¿Le duele el pecho, señor? Lleva inmóvil más de media hora...

Él alzó la mirada y, aún desconcertado, le respondió a la joven camarera que se encontraba bien. Después, sorprendido, notó el entumecimiento de su brazo derecho, cuya mano había estado reposando sobre la parte izquierda de su pecho durante, supuso, media hora. Bajó el brazo suavemente hasta la mesa, notando una palpitación grave, un hormigueo extraño en la punta de los dedos. Apretó el puño con fuerza y cerró los ojos, cogiendo aire. Luego los abrió y suspiró.

Cogió su chaqueta y salió del bar. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, por un momento le pareció que el mundo se quedaba en silencio para que él pudiese oír el eco lejano de un portazo y un ruido de cristales rotos...

martes, 13 de diciembre de 2011

Certeza

La nota apareció en mi buzón un lunes por la mañana. "Te encontré", rezaban sus letras nerviosas. Algo me decía que el autor era zurdo y que había usado una pluma Montblanc, aunque yo no tenía ni idea de cómo era una pluma Montblanc y mucho menos sabía sobre grafología. El papel era de gran calidad y olía ligeramente a metal. Subí las escaleras releyendo una y otra vez aquellas palabras mientras mi cabeza imaginaba un futuro incierto y mis pies esquivaban de forma casi automática los escombros. Una vez en casa encendí un cigarrillo y observé su humo ascender lentamente hasta desaparecer muy cerca del amarillento techo. "Enhorabuena", susurré. Mi gato asintió con un corto maullido, y yo tiré el papel a la basura. "Enhorabuena".

Sólo deseé que alguien cuidara de mi gato una vez yo hubiese muerto.

Publicado en LiteraturaNova.com en Agosto de 2011.