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Mostrando entradas de febrero, 2012

En el horizonte

Veinte minutos de rutinario trayecto después, salió a la superficie como quien sale del agua tras aguantar la respiración durante demasiado rato. Luego miró al cielo y, cuando encontró la Luna, sonrió y se preguntó cuántas miradas más se habrían despegado de fachadas y pantallas, de otros hombros y del suelo, para observar algo tan bello en esa tarde de invierno. Suspiró y siguió caminando con la vista alzada; Venus brillaba con intensidad también. Quizá, pensó, quizá un día disfrutaría de la aurora boreal... Quizá un día conseguiría ver Marte en el horizonte.

El aviso

"Aguerridos aventureros: Estáis a punto de dar un paso muy importante en esta historia. El suelo que ahora pisáis es el acceso al inframundo, a vuestras más aterradoras pesadillas. La puerta que tenéis delante quizás, y sólo quizás, sea vuestra redención. No os equivoquéis al llamar, o caeréis al más horrible de los infiernos. Quedáis advertidos".

Los avisó. Los avisó con la mejor de las intenciones, pero ellos no hicieron caso. Despreocupados y entre risas, llamaron. Y se equivocaron, una y otra vez. Por eso ahora, en una soleada tarde de un viernes cualquiera, dos cuerpos inertes yacen cubiertos de sangre sobre el asfalto. La gente lo mira horrorizada, y él ríe y ríe mientras se oyen las sirenas a lo lejos y el viento se lleva el folio de su aviso...

Metro

¿Nunca habéis olido a sangre en el ambiente?

Hay alguien que sí lo hace. Es un hombre, poco más de treinta años, alto, pelo largo y negro, ojos también negros. Va al gimnasio, o tal vez sólo lleva una bolsa con el nombre de un gimnasio al que nunca ha ido y al que nunca irá. Lleva un libro abierto en las manos, un clásico inglés del siglo diecinueve, pero no está leyendo; no puede concentrarse. Sentada a su derecha, una mujer: aproximadamente cincuenta años, seguramente ochenta kilos, indudablemente mucho dinero y poco civismo. A su izquierda, un chico de veinte años y unos sesenta kilos cabecea atrapado por una música con el volumen demasiado alto.

El vagón se pone en marcha. La mujer de su derecha se pone a toser e intenta incorporarse. El chico de su izquierda parece estar dormido. A la mujer le cuesta levantarse; el resto de personas del vagón la miran fijamente, preguntándose: ‘¿Lo conseguirá?’, pero nadie se mueve para  ayudarla. La mujer resopla desagradablemente y al fin consi…

Energía estática

Estaba un poco cansada. No era un cansancio físico, ni siquiera mental. Era algo más similar al agotamiento emocional. Por eso recibía constantes descargas eléctricas. O quizá por recibirlas se encontraba tan cansada; no estaba segura.

Llegaba a casa y se quitaba la chaqueta de lana para escuchar la estática, esos cientos de relámpagos en miniatura restallando en el pequeño universo que pasaba las horas tan cerca de su piel. Un día probó lo que le habían dicho de apagar la luz y dejar los ojos abiertos mientras se desnudaba, y sintió miedo. Siempre le gustaron las tormentas, porque las respetaba, por el inmenso poder que desprendían. Ahora era capaz de crear pequeñas tormentas eléctricas en su dormitorio sin ni siquiera pretenderlo. Y no pudo evitar hablar de ello.

   - Sí, es que últimamente voy muy cargada de energía estática.

"¿Energía?", pensaba tan solo acabar la frase para automáticamente corregirla antes de que nadie lo hiciera por ella. Siempre se equivocaba, sin que…