Ocho meses

Silencio. Un vaso que poco a poco se vacía, de manera apenas perceptible. El frío que siempre vuelve, exigiendo quedarse. Una flor que se pudre por exceso de agua y falta de cariño. Unas pilas que se agotan y una mecha que ya no prende. Puro silencio.

Las palabras ya no se escapan como antaño. Aguardan agazapadas tras la puerta, observando, esperando. El plomizo halo que las envuelve las transforma en vocablos antiguos, gastados, cansados, fantasmales. Y por cada mes que termina, una palabra se desvanece en el olvido y otra pierde brillo.

Ocho meses y seis días, y el teclado parece cobrar vida escribiendo letras cuyas teclas no han sido pulsadas. Términos equivocados, pobres, sin sombra ni profundidad, oxidados. Algo golpea la puerta desde hace unos días, pero aún es demasiado pronto. Porque está todo mezclado, enmarañado, confuso. Pondremos un poco de agua a calentar, para que el vapor ayude a separar las ideas sin dañarlas.

El resultado puede ser maravilloso. De momento queda el silencio que, poco a poco, se va rompiendo...

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