martes, 27 de noviembre de 2012

Ocho meses

Silencio. Un vaso que poco a poco se vacía, de manera apenas perceptible. El frío que siempre vuelve, exigiendo quedarse. Una flor que se pudre por exceso de agua y falta de cariño. Unas pilas que se agotan y una mecha que ya no prende. Puro silencio.

Las palabras ya no se escapan como antaño. Aguardan agazapadas tras la puerta, observando, esperando. El plomizo halo que las envuelve las transforma en vocablos antiguos, gastados, cansados, fantasmales. Y por cada mes que termina, una palabra se desvanece en el olvido y otra pierde brillo.

Ocho meses y seis días, y el teclado parece cobrar vida escribiendo letras cuyas teclas no han sido pulsadas. Términos equivocados, pobres, sin sombra ni profundidad, oxidados. Algo golpea la puerta desde hace unos días, pero aún es demasiado pronto. Porque está todo mezclado, enmarañado, confuso. Pondremos un poco de agua a calentar, para que el vapor ayude a separar las ideas sin dañarlas.

El resultado puede ser maravilloso. De momento queda el silencio que, poco a poco, se va rompiendo...

miércoles, 21 de marzo de 2012

Despertar

Se despertó con fiebre y un lagarto en la rodilla izquierda. No se sorprendió. Le puso nombre al lagarto, pero lo olvidó a los dos minutos. También le puso nombre al termómetro, aunque nunca llegó a presentarlos. Siempre se le dieron mal las relaciones sociales. Por eso, cuando se cayó de la cama, no pensó en llamar a nadie. Total, no se estaba tan mal en el suelo, y tampoco había nadie a quien llamar. Cuando el lagarto le susurró la temperatura al oído, él sólo quiso fumarse un cigarrillo. Obediente, el perro que había enterrado treinta años atrás en el jardín de su antigua casa le acercó el tabaco moviendo el rabo. Él le respondió con un gruñido; no le gustaba recordar su viejo hogar. Cuando prendió la llama del encendedor, la explosión catapultó a las asustadas palomas hacia el cielo lluvioso y triste de una ciudad abandonada que, finalmente, había quedado en paz. Y él, ardiendo en mitad de su dormitorio, murió con un suspiro resignado.

A la mañana siguiente, se despertó con migraña y una rata en la mano derecha. No se sorprendió. Le puso nombre a la rata pero lo olvidó a los dos minutos...

martes, 28 de febrero de 2012

En el horizonte

Veinte minutos de rutinario trayecto después, salió a la superficie como quien sale del agua tras aguantar la respiración durante demasiado rato. Luego miró al cielo y, cuando encontró la Luna, sonrió y se preguntó cuántas miradas más se habrían despegado de fachadas y pantallas, de otros hombros y del suelo, para observar algo tan bello en esa tarde de invierno. Suspiró y siguió caminando con la vista alzada; Venus brillaba con intensidad también. Quizá, pensó, quizá un día disfrutaría de la aurora boreal... Quizá un día conseguiría ver Marte en el horizonte.

lunes, 27 de febrero de 2012

El aviso

"Aguerridos aventureros: Estáis a punto de dar un paso muy importante en esta historia. El suelo que ahora pisáis es el acceso al inframundo, a vuestras más aterradoras pesadillas. La puerta que tenéis delante quizás, y sólo quizás, sea vuestra redención. No os equivoquéis al llamar, o caeréis al más horrible de los infiernos. Quedáis advertidos".

Los avisó. Los avisó con la mejor de las intenciones, pero ellos no hicieron caso. Despreocupados y entre risas, llamaron. Y se equivocaron, una y otra vez. Por eso ahora, en una soleada tarde de un viernes cualquiera, dos cuerpos inertes yacen cubiertos de sangre sobre el asfalto. La gente lo mira horrorizada, y él ríe y ríe mientras se oyen las sirenas a lo lejos y el viento se lleva el folio de su aviso...

viernes, 24 de febrero de 2012

Metro

¿Nunca habéis olido a sangre en el ambiente?

Hay alguien que sí lo hace. Es un hombre, poco más de treinta años, alto, pelo largo y negro, ojos también negros. Va al gimnasio, o tal vez sólo lleva una bolsa con el nombre de un gimnasio al que nunca ha ido y al que nunca irá. Lleva un libro abierto en las manos, un clásico inglés del siglo diecinueve, pero no está leyendo; no puede concentrarse. Sentada a su derecha, una mujer: aproximadamente cincuenta años, seguramente ochenta kilos, indudablemente mucho dinero y poco civismo. A su izquierda, un chico de veinte años y unos sesenta kilos cabecea atrapado por una música con el volumen demasiado alto.

El vagón se pone en marcha. La mujer de su derecha se pone a toser e intenta incorporarse. El chico de su izquierda parece estar dormido. A la mujer le cuesta levantarse; el resto de personas del vagón la miran fijamente, preguntándose: ‘¿Lo conseguirá?’, pero nadie se mueve para  ayudarla. La mujer resopla desagradablemente y al fin consigue sujetarse a la barra vertical que tiene delante, gruñendo y golpeando a quien se encuentra a su paso. Arrastrando los pies hasta la puerta, impide el paso a un hombre muy mayor que necesita sentarse. El hombre mayor respira con dificultad, pero ya es demasiado tarde: una chica embarazada, de unos veinticinco años, ha logrado sentarse en el hueco que ha dejado antes la mujer. La gente de rostros grises sigue mirando sin ver; el hombre presiente una arcada. Cuando el vagón se detiene, una multitud gris empuja para salir mientras otra multitud gris lucha por entrar. En una de las puertas un hombre grita algo referente a la buena educación y a las prisas. Nadie le contesta.

El hombre cierra el libro, coge la bolsa del gimnasio con una mano, se levanta y se dirige al fondo del vagón, imaginando la caza por un asiento libre que se produce a sus espaldas. Alza su mirada al techo para no verla; sobre su cabeza, una luz blanca y aséptica que le daña los ojos se filtra a través de agresivas barras metálicas que parecen dientes preparados para morder. Nadie habla en el vagón. En otras ocasiones se encuentra con parejas que hablan de trabajo, de dinero, de los hijos, de las vacaciones. Conversaciones grises en un mundo gris para intentar alegrar el corazón de los pobres.

Pero en esta ocasión los pobres van solos. De hecho, el metro, ese gran paso adelante de la tecnología y la comodidad, se ha convertido en el medio de transporte de la clase obrera, de los fantasmas sin cadenas, de trajes de noche baratos y de mentes sin educación. O tal vez, piensa el tipo, lo estoy viendo todo demasiado gris... Son sus caras. Esas caras amargadas, cansadas, agobiadas, grises. Esas miradas tristes, enfadadas, serias.

El hombre se abre paso a trompicones hasta llegar a la puerta. Bajará en la siguiente parada. Se siente observado por esa multitud de ojos que no ven, de palabras que no se dicen, de alegría inexistente. Cuando el metro se detiene y se abren las puertas, los pasajeros lo miran con desdén, convenciéndose a sí mismos de que ellos son mucho mejores, más felices. Cuando las puertas se cierran, el hombre deja de ser una atracción y una molestia, y ya nadie piensa en él. Y él subirá las escaleras aguantando las arcadas hasta salir a la superficie, a ese exterior gris y sucio, y dará una amplia bocanada de aire, intentando relajarse y repitiéndose por enésima vez que es hora de acudir a un médico. Entonces el hombre empezará a caminar por las calles de una ciudad hueca en un día triste de lluvia, pensando...

Porque huele vuestra sangre, y apesta.

Escrito en abril de 2007.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Energía estática

Estaba un poco cansada. No era un cansancio físico, ni siquiera mental. Era algo más similar al agotamiento emocional. Por eso recibía constantes descargas eléctricas. O quizá por recibirlas se encontraba tan cansada; no estaba segura.

Llegaba a casa y se quitaba la chaqueta de lana para escuchar la estática, esos cientos de relámpagos en miniatura restallando en el pequeño universo que pasaba las horas tan cerca de su piel. Un día probó lo que le habían dicho de apagar la luz y dejar los ojos abiertos mientras se desnudaba, y sintió miedo. Siempre le gustaron las tormentas, porque las respetaba, por el inmenso poder que desprendían. Ahora era capaz de crear pequeñas tormentas eléctricas en su dormitorio sin ni siquiera pretenderlo. Y no pudo evitar hablar de ello.

   - Sí, es que últimamente voy muy cargada de energía estática.

"¿Energía?", pensaba tan solo acabar la frase para automáticamente corregirla antes de que nadie lo hiciera por ella. Siempre se equivocaba, sin quererlo, igual que no buscaba esas pequeñas tormentas eléctricas. "¿Por qué?", pensaba, "¿Por qué siempre digo 'energía estática' en vez de 'electricidad estática'?".

Encontró la respuesta el día en que se hartó de sentir esa presión en su espalda; no el típico peso de la ropa invernal, sino ese aplastamiento de sensaciones, como si manos invisibles la empujaran hacia abajo. Entonces se dio cuenta de que estaba demasiado susceptible, de que llegaba demasiado a menudo al borde del llanto. No estaba satisfecha con su día a día, aunque había aprendido con el paso de los años a reconocer la felicidad y a aceptar los momentos menos positivos como parte del ir y venir constante de la vida. No era electricidad lo que ella acumulaba, sino energía. Energía negativa que se posaba sobre sus hombros y la cubría como un moco espeso y viscoso. Era la energía de la inactividad, de la frustración y del roce producido por la constante lucha entre el egoísmo y el altruismo, en su incansable búsqueda del equilibrio. Era la energía de los eternos miedos infantiles, que no la llevaban hacia ninguna parte más que a sí misma, cerrando el círculo y cargándola de estática.

Por eso se equivocaba siempre y decía "energía" en vez de "electricidad". Y el día que lo vio claro, se quitó la chaqueta como otras tantas veces y esa vez no hubo tantos relámpagos.

Porque sabía que poco a poco todo volvería a ser pura electricidad.