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Ocho meses

Silencio. Un vaso que poco a poco se vacía, de manera apenas perceptible. El frío que siempre vuelve, exigiendo quedarse. Una flor que se pudre por exceso de agua y falta de cariño. Unas pilas que se agotan y una mecha que ya no prende. Puro silencio.

Las palabras ya no se escapan como antaño. Aguardan agazapadas tras la puerta, observando, esperando. El plomizo halo que las envuelve las transforma en vocablos antiguos, gastados, cansados, fantasmales. Y por cada mes que termina, una palabra se desvanece en el olvido y otra pierde brillo.

Ocho meses y seis días, y el teclado parece cobrar vida escribiendo letras cuyas teclas no han sido pulsadas. Términos equivocados, pobres, sin sombra ni profundidad, oxidados. Algo golpea la puerta desde hace unos días, pero aún es demasiado pronto. Porque está todo mezclado, enmarañado, confuso. Pondremos un poco de agua a calentar, para que el vapor ayude a separar las ideas sin dañarlas.

El resultado puede ser maravilloso. De momento queda el sil…

Despertar

Se despertó con fiebre y un lagarto en la rodilla izquierda. No se sorprendió. Le puso nombre al lagarto, pero lo olvidó a los dos minutos. También le puso nombre al termómetro, aunque nunca llegó a presentarlos. Siempre se le dieron mal las relaciones sociales. Por eso, cuando se cayó de la cama, no pensó en llamar a nadie. Total, no se estaba tan mal en el suelo, y tampoco había nadie a quien llamar. Cuando el lagarto le susurró la temperatura al oído, él sólo quiso fumarse un cigarrillo. Obediente, el perro que había enterrado treinta años atrás en el jardín de su antigua casa le acercó el tabaco moviendo el rabo. Él le respondió con un gruñido; no le gustaba recordar su viejo hogar. Cuando prendió la llama del encendedor, la explosión catapultó a las asustadas palomas hacia el cielo lluvioso y triste de una ciudad abandonada que, finalmente, había quedado en paz. Y él, ardiendo en mitad de su dormitorio, murió con un suspiro resignado.

A la mañana siguiente, se despertó con migrañ…

En el horizonte

Veinte minutos de rutinario trayecto después, salió a la superficie como quien sale del agua tras aguantar la respiración durante demasiado rato. Luego miró al cielo y, cuando encontró la Luna, sonrió y se preguntó cuántas miradas más se habrían despegado de fachadas y pantallas, de otros hombros y del suelo, para observar algo tan bello en esa tarde de invierno. Suspiró y siguió caminando con la vista alzada; Venus brillaba con intensidad también. Quizá, pensó, quizá un día disfrutaría de la aurora boreal... Quizá un día conseguiría ver Marte en el horizonte.

El aviso

"Aguerridos aventureros: Estáis a punto de dar un paso muy importante en esta historia. El suelo que ahora pisáis es el acceso al inframundo, a vuestras más aterradoras pesadillas. La puerta que tenéis delante quizás, y sólo quizás, sea vuestra redención. No os equivoquéis al llamar, o caeréis al más horrible de los infiernos. Quedáis advertidos".

Los avisó. Los avisó con la mejor de las intenciones, pero ellos no hicieron caso. Despreocupados y entre risas, llamaron. Y se equivocaron, una y otra vez. Por eso ahora, en una soleada tarde de un viernes cualquiera, dos cuerpos inertes yacen cubiertos de sangre sobre el asfalto. La gente lo mira horrorizada, y él ríe y ríe mientras se oyen las sirenas a lo lejos y el viento se lleva el folio de su aviso...

Metro

¿Nunca habéis olido a sangre en el ambiente?

Hay alguien que sí lo hace. Es un hombre, poco más de treinta años, alto, pelo largo y negro, ojos también negros. Va al gimnasio, o tal vez sólo lleva una bolsa con el nombre de un gimnasio al que nunca ha ido y al que nunca irá. Lleva un libro abierto en las manos, un clásico inglés del siglo diecinueve, pero no está leyendo; no puede concentrarse. Sentada a su derecha, una mujer: aproximadamente cincuenta años, seguramente ochenta kilos, indudablemente mucho dinero y poco civismo. A su izquierda, un chico de veinte años y unos sesenta kilos cabecea atrapado por una música con el volumen demasiado alto.

El vagón se pone en marcha. La mujer de su derecha se pone a toser e intenta incorporarse. El chico de su izquierda parece estar dormido. A la mujer le cuesta levantarse; el resto de personas del vagón la miran fijamente, preguntándose: ‘¿Lo conseguirá?’, pero nadie se mueve para  ayudarla. La mujer resopla desagradablemente y al fin consi…

Energía estática

Estaba un poco cansada. No era un cansancio físico, ni siquiera mental. Era algo más similar al agotamiento emocional. Por eso recibía constantes descargas eléctricas. O quizá por recibirlas se encontraba tan cansada; no estaba segura.

Llegaba a casa y se quitaba la chaqueta de lana para escuchar la estática, esos cientos de relámpagos en miniatura restallando en el pequeño universo que pasaba las horas tan cerca de su piel. Un día probó lo que le habían dicho de apagar la luz y dejar los ojos abiertos mientras se desnudaba, y sintió miedo. Siempre le gustaron las tormentas, porque las respetaba, por el inmenso poder que desprendían. Ahora era capaz de crear pequeñas tormentas eléctricas en su dormitorio sin ni siquiera pretenderlo. Y no pudo evitar hablar de ello.

   - Sí, es que últimamente voy muy cargada de energía estática.

"¿Energía?", pensaba tan solo acabar la frase para automáticamente corregirla antes de que nadie lo hiciera por ella. Siempre se equivocaba, sin que…

Volar...

Volar...
Volar rozando con la punta de las alas las lomas otoñales de un país lejano...
Volar notando la velocidad aplastándonos contra el asiento mientras miramos el mundo pasar bajo nuestros pies...
Volar inclinados sin apenas darnos cuenta, despegándonos del suelo, flotando...
Volar sobre la nada y bajo el cielo, entre nubes y relámpagos, de noche o de día, eso es lo de menos...
Volar para después aterrizar, con viento cruzado o en la más absoluta calma...
Y notar cómo el mundo huele diferente allá donde vamos.