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Mostrando entradas de enero, 2012

Volar...

Volar...
Volar rozando con la punta de las alas las lomas otoñales de un país lejano...
Volar notando la velocidad aplastándonos contra el asiento mientras miramos el mundo pasar bajo nuestros pies...
Volar inclinados sin apenas darnos cuenta, despegándonos del suelo, flotando...
Volar sobre la nada y bajo el cielo, entre nubes y relámpagos, de noche o de día, eso es lo de menos...
Volar para después aterrizar, con viento cruzado o en la más absoluta calma...
Y notar cómo el mundo huele diferente allá donde vamos.

Puertas cerradas

Lo siento, no sé hacerlo mejor. Me peleo con las sábanas y muerdo dedos invisibles en un estúpido intento por controlar mi vida. Sudo un añejo dolor atemporal y mis múltiples sombras activan olvidadas sinapsis con sus movimientos de marionetista. Por eso tengo miedos que se transforman en pesadillas. Pero en realidad el cambio está cerca, tras cada una de esas puertas cerradas. Por todo eso, y por más cosas que de momento prefiero callar, te pido que me ayudes a abrirlas.

Naranja reseca

El mundo se deshace lentamente, capa por capa, como una naranja reseca. Nuestros ojos no pueden apreciar lo que se mueve a unos escasos diez centímetros por encima de nuestras cabezas. Una nube de ceros y unos, de consciencia volátil e infinita sabiduría; una fina capa transparente de conocimientos y datos creados por y para nuestro bien, o mal, dependiendo de las manos en las que caiga. Un manto que todo lo cubre, modificándolo, enriqueciéndolo, volviéndolo complejo. Una masa informe que no está en ningún sitio y que está en todos los sitios a la vez, eliminando fronteras y cambiando el concepto del tiempo.

Y ahí está ella, saltando con soltura entre las sinapsis de millones de nodos, ahora a trescientos metros, luego a ocho mil kilómetros, yendo y viniendo en nanosegundos sin tener en cuenta las distancias, sólo el contenido. Forjándose una máscara más o menos fiel a la realidad, encontrándose con otras máscaras, con sólo ojos, o sólo narices, o sólo bocas o sólo orejas. Dedos invis…

Apagón

Ella dormía cuando se fue la luz en el mundo.

Por eso no pudo evitar que los tomates se pudrieran poco a poco en la nevera. Tampoco vio cómo sus geranios iban perdiendo todos sus pétalos hasta secarse y morir. Las polillas se comieron su ropa y las arañas hilaron telas a su antojo mientras el polvo cubría lentamente las estanterías repletas de libros. Ni las sirenas de las ambulancias ni las hélices de los helicópteros, las explosiones de gas, los llantos de los niños y los aullidos de los perros la pudieron despertar. Más tarde, cuando el mundo quedó en silencio y los pájaros recuperaron al fin el cielo, las raíces de los árboles comenzaron a romper el asfalto de las calles, las olas barrieron las sucias arenas de las playas, los ríos se desbordaron e inundaron pueblos enteros, y la luna y las estrellas volvieron a iluminar las noches con su luz plateada.

Y mientras tanto ella dormía. Ajena a miles de variaciones solares y eclipses lunares, al frío y al calor, a las tormentas y los h…