miércoles, 15 de junio de 2011

Los cinco hermanos chinos

El aceite hirviendo chisporroteó al contacto con el huevo que la madre estaba a punto de freír. El zumbido del extractor de la cocina obligaba a que la niña, sentada en su taburete frente a la pequeña mesa verde, elevara la voz mientras leía para que su madre pudiera oírla. Flotaba en el ambiente el olor cálido a patatas fritas recién hechas, y una suave y refrescante brisa le movía los rizos en aquél caluroso mediodía de un verano de mediados de los ochenta.

"Entonces el cuarto hermano dijo: '¿Puedo ir a despedirme de mi madre?'", leía la niña con máxima concentración y tremendo interés. Era la segunda vez que leía ese cuento y ya lo recordaba perfectamente, por lo que tenía cierta fluidez, aunque de vez en cuando se quedaba encallada en alguna palabra.

La madre sirvió el huevo recién hecho sobre un plato de vidrio opaco y cortó dos rebanadas de pan. Añadió unas pocas patatas al plato y le pidió a su hija que retirara el libro para no ensuciarlo mientras comía. "¿Te acuerdas del cuento que leímos ayer?", le preguntó con cariño mientras le alcanzaba una servilleta limpia. La niña frunció el ceño con gesto pensativo, y tras unos segundos y un apenas audible murmullo miró a su madre y le dijo: "¡Sí! ¡El del cuervo y la jarra!", y sonrió. La madre le pidió entonces que le resumiera el cuento. La hija, entre mordisco y mordisco, iba explicando alegremente cómo un cuervo que no alcanzaba a beber el agua del fondo de una jarra acabó saciando su sed tras tirar piedrecitas en su interior para que el nivel de agua subiera. ¡Qué idea tan ingeniosa le parecía a la niña! Pero, seis patatas fritas y una yema de huevo entera después, le dijo a la madre que quería seguir leyendo la historia de los cinco hermanos chinos.

Porque la historia era exótica y fantástica y, a diferencia de otros cuentos y fábulas, tenía muchos personajes, y China quedaba muy lejos para ella, y no dejaba de sorprenderle y fascinarle el hecho de que al primer hermano le cupiera todo un mar en la boca, que el segundo hermano tuviese el cuello tan duro como el hierro y que fuera imposible cortárselo, que el tercero pudiera estirar brazos y piernas tanto como desease, que el cuarto aguantara el fuego sin ningún problema, y que el quinto fuera capaz de estar sin respirar horas y horas. Todos esos poderes especiales llamaban mucho su atención, y se imaginaba siendo poseedora de cada uno de ellos. ¡Cuántas cosas podría hacer con ellos!, pensaba mientras comía un Petit Suisse de fresa.

Han pasado más de veinte años desde ese día y la niña es ahora una mujer adulta y no tan inocente como en su niñez, aunque todavía guarda un poco de esa ingenuidad infantil que la ayuda a dejarse sorprender e ilusionar por los más pequeños detalles de la vida. Está haciendo cola para pagar un par de libros de un autor japonés de posguerra, y al ojear uno de ellos le ha venido ese recuerdo a la mente; un recuerdo que de repente, en el momento y de la forma más inesperados, llega nítido y fuerte, como si todo hubiese sucedido ayer. Y entonces ha sentido una enorme gratitud hacia su madre, aquella joven muchacha que le inculcó la pasión por la lectura y los libros, y que no sólo la había obligado a leer un poquito cada día, sino que además había hecho algo mucho más importante por ella: enseñarle a entender lo que había leído. Y mientras la muchacha saca el monedero del bolso se le escapa una sonrisa, y cuando la cajera la mira, ella le dice: "Tengo que darle las gracias a mi madre...".

martes, 14 de junio de 2011

Itadakimasu

いただきます

Primero bendijo los alimentos a coro, al principio con sentimiento, luego por costumbre, sin pensar.
Más tarde sólo movía los labios en un discreto playback, hasta que acabó cerrándolos en un acto arrogante de juvenil rebeldía. Dejó de creer en bendiciones y demás parafernalia religiosa.
Hubo entonces una época en la que solía desear buen provecho, básicamente por educación. Dejó de hacerlo cuando nadie le deseaba buen provecho a ella.
Durante unos años no tuvo con quién bendecir los alimentos ni a quién desearle buen provecho. Comía y cenaba sola platos recalentados a base de microondas baratos, platos congelados y sobras más cercanas al aburrimiento que a una agradable velada. Estaba triste.
Y finalmente se reconcilió con una parte de ella misma que había intentado ocultar, y eso le abrió puertas y volvió a sonreír. Por eso, aunque sea en un idioma que no mucha gente domina en esta parte del planeta, aunque la miren raro y arqueen las cejas, al terminar y como agradecimiento ella siempre junta las manos y dice:

ごちそうさまでした!

jueves, 9 de junio de 2011

Caparazón de escarabajo

Hoy Claudia ha salido a la calle con el corazón en un puño y un nudo en el estómago.

No tiene razones realmente objetivas para sentirse de ese modo. Su vida fluye en el día a día con pequeños detalles favorables y desfavorables, como el resto de vidas. La suya no es una excepción. Pero a veces no puede evitar sentir pánico. No es pánico en el sentido literal de la palabra; no al menos como lo definen los libros de psicología y psiquiatría. En la escala interna de Claudia, a pesar de todo, ella define esa sensación como pánico.

Lleva ya tiempo intentando encontrar una lógica al hecho de que, de vez en cuando, sienta unos deseos difícilmente reprimibles de salir corriendo del metro. O que se imagine a sí misma disparando a ese maldito pájaro que se pone a chillar cerca de su ventana durante las noches de primavera. Lo que más la confunde es que esos deseos no persisten en el tiempo; a veces no le importa viajar en un vagón abarrotado de gente, y otras veces ni siquiera se entera del agudo piar del pájaro. Y ese vaivén de sensaciones es agotador.

Hoy Claudia no se fía de la gente. No cree en las sonrisas ni en los comentarios agradables. Cualquier gesto educado puede esconder una pesada broma; cualquier silencio puede esconder estúpidos secretos que nadie le quiere contar. Por eso, como otras tantas veces, Claudia saca brillo a su caparazón de escarabajo que, aunque pesado, le ayuda a alejarse emocionalmente de las fuentes de su dolor. Entonces Claudia mira y calla, se concentra en su mundo y escucha, sonríe con falsedad y, poco a poco, se aleja de todo lo que le rodea.

Hoy Claudia ha salido a la calle con ganas de esconderse bajo la cama, sintiéndose estúpida y avergonzada, maldiciéndose por su extrema ingenuidad, deseando que esas emociones se marchen con la lluvia que, pese a los grises nubarrones, no acaba de llegar.

Porque una vez más Claudia se ha permitido el lujo de que le hagan daño.