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Mostrando entradas de junio, 2011

Los cinco hermanos chinos

El aceite hirviendo chisporroteó al contacto con el huevo que la madre estaba a punto de freír. El zumbido del extractor de la cocina obligaba a que la niña, sentada en su taburete frente a la pequeña mesa verde, elevara la voz mientras leía para que su madre pudiera oírla. Flotaba en el ambiente el olor cálido a patatas fritas recién hechas, y una suave y refrescante brisa le movía los rizos en aquél caluroso mediodía de un verano de mediados de los ochenta.

"Entonces el cuarto hermano dijo: '¿Puedo ir a despedirme de mi madre?'", leía la niña con máxima concentración y tremendo interés. Era la segunda vez que leía ese cuento y ya lo recordaba perfectamente, por lo que tenía cierta fluidez, aunque de vez en cuando se quedaba encallada en alguna palabra.

La madre sirvió el huevo recién hecho sobre un plato de vidrio opaco y cortó dos rebanadas de pan. Añadió unas pocas patatas al plato y le pidió a su hija que retirara el libro para no ensuciarlo mientras comía. &quo…

Itadakimasu

いただきます

Primero bendijo los alimentos a coro, al principio con sentimiento, luego por costumbre, sin pensar.
Más tarde sólo movía los labios en un discreto playback, hasta que acabó cerrándolos en un acto arrogante de juvenil rebeldía. Dejó de creer en bendiciones y demás parafernalia religiosa.
Hubo entonces una época en la que solía desear buen provecho, básicamente por educación. Dejó de hacerlo cuando nadie le deseaba buen provecho a ella.
Durante unos años no tuvo con quién bendecir los alimentos ni a quién desearle buen provecho. Comía y cenaba sola platos recalentados a base de microondas baratos, platos congelados y sobras más cercanas al aburrimiento que a una agradable velada. Estaba triste.
Y finalmente se reconcilió con una parte de ella misma que había intentado ocultar, y eso le abrió puertas y volvió a sonreír. Por eso, aunque sea en un idioma que no mucha gente domina en esta parte del planeta, aunque la miren raro y arqueen las cejas, al terminar y como agradecimiento …

Caparazón de escarabajo

Hoy Claudia ha salido a la calle con el corazón en un puño y un nudo en el estómago.

No tiene razones realmente objetivas para sentirse de ese modo. Su vida fluye en el día a día con pequeños detalles favorables y desfavorables, como el resto de vidas. La suya no es una excepción. Pero a veces no puede evitar sentir pánico. No es pánico en el sentido literal de la palabra; no al menos como lo definen los libros de psicología y psiquiatría. En la escala interna de Claudia, a pesar de todo, ella define esa sensación como pánico.

Lleva ya tiempo intentando encontrar una lógica al hecho de que, de vez en cuando, sienta unos deseos difícilmente reprimibles de salir corriendo del metro. O que se imagine a sí misma disparando a ese maldito pájaro que se pone a chillar cerca de su ventana durante las noches de primavera. Lo que más la confunde es que esos deseos no persisten en el tiempo; a veces no le importa viajar en un vagón abarrotado de gente, y otras veces ni siquiera se entera del agu…