Ella dormía cuando se fue la luz en el mundo.
Por eso no pudo evitar que los tomates se pudrieran poco a poco en la nevera. Tampoco vio cómo sus geranios iban perdiendo todos sus pétalos hasta secarse y morir. Las polillas se comieron su ropa y las arañas hilaron telas a su antojo mientras el polvo cubría lentamente las estanterías repletas de libros. Ni las sirenas de las ambulancias ni las hélices de los helicópteros, las explosiones de gas, los llantos de los niños y los aullidos de los perros la pudieron despertar. Más tarde, cuando el mundo quedó en silencio y los pájaros recuperaron al fin el cielo, las raíces de los árboles comenzaron a romper el asfalto de las calles, las olas barrieron las sucias arenas de las playas, los ríos se desbordaron e inundaron pueblos enteros, y la luna y las estrellas volvieron a iluminar las noches con su luz plateada.
Y mientras tanto ella dormía. Ajena a miles de variaciones solares y eclipses lunares, al frío y al calor, a las tormentas y los huracanes y los terremotos y los fuegos incontrolados, aún ahora respira con suavidad entre sus sábanas blancas.
Pero, ¡mirad!, está abriendo los ojos... ¿Estará despertando? ¿O acaso sigue soñando?
Pisadas que el tiempo y la lluvia barrerán
y pisotones que quedarán marcados con fuego para que jamás olvidemos.
martes, 17 de enero de 2012
viernes, 30 de diciembre de 2011
El canto del gorrión
Las ramas de una vid desnuda se mueven imperceptiblemente bajo el cielo plomizo de un mes de diciembre cualquiera. El aire helado se ha tomado un pequeño descanso tras descargar su furia el día anterior, pero las nubes ganaron la batalla y siguen cubriendo el cielo, amenazando tormenta. El mundo está tranquilo y las pocas personas que pasean por las calles de piedra y musgo se frotan las manos, dejando tras de sí al respirar tímidos rastros de vaho, como si fueran extrañas locomotoras a vapor. Una pareja camina cogida por la cintura, queriéndose demostrar afecto y darse calor.
- ¿Ya estás fisgando otra vez?
- Shhh... ¡No me dejas oír lo que dicen!
Un aleteo y la rama se mueve con algo más de intensidad.
- ¡Espera!...
La fría piedra del suelo se confunde en color y forma con los muros de la ciudadela. La puerta de un pequeño restaurante se abre y unas campanas tintinean; un grupo de palomas asustadas alza el vuelo rápidamente hasta posarse sobre las gárgolas de una vieja iglesia.
- Se dirigen hacia la puerta norte. Llegaron ayer en coche. Parecen muy felices.
- Como todos los que vienen por aquí en estas fechas. Y en pareja.
- Ya, pero estos dos me interesan especialmente. Quiero saber de qué hablan.
- ¿Por qué te sigues interesando por estas vidas que tan poco tienen que ver contigo?
- Bien sabes la respuesta. Y no pienso dejar de hacerlo sólo porque un viejo cascarrabias como tú no lo entienda.
- Lo que tú digas. Pero el día menos pensado te llevarás un susto.
- Yo soy rápida y ágil. Lo que en realidad temes es que te pase algo a ti. Siempre puedes optar por no seguirme. ¡Mira! ¡Se acercan!
Un silvido cansado.
- Shhhhh... Parece que están hablando de algo interesante... ¡Oh! ¡Son extranjeros!
- ¿En serio? Pues ya nos podemos ir; no vas a entender nada.
- ¡Espera! Reconozco el idioma...
El viento mueve las hojas caídas de un árbol centenario y su sonido se mezcla con un rápido aleteo a ran de suelo. Ella pisa despistada una de las hojas mientras extrae con dificultad su cámara fotográfica del bolso; parece que los guantes granates, a juego con su bufanda, entorpecen sus movimientos. La chica sonríe cuando él la besa en la punta de la nariz; luego le roba una foto a él, lo cual provoca un simpático gruñido. Ambos ríen, se abrazan y se besan. El mundo parece pararse en ese instante.
- No están precisamente habladores...
- ¿Pero acaso no es hermoso? ¡Mira como se aman! Ah... Me traen tantos recuerdos...
- Deberías dejar de soñar tanto. Es una total pérdida de tiempo.
- ¡Tú si que me haces perder el tiempo con tus estúpidas observaciones! Cómo se nota que ha pasado más tiempo para ti que para mí... Y la razón por la que me gusta tanto ver estas escenas, querido, es porque me ayudan a no perder mi memoria, mis recuerdos. Deberías pensar en hacer lo mismo.
- No echo de menos ningún detalle de mi pasado. Poco a poco me he acostumbrado a esto, e incluso diré más: me gusta. Y a ti te pasará lo mismo, por mucho que te empeñes en evitarlo.
- Tú eliges tu camino, yo elijo el mío. A ver a quién de los dos se le termina antes la eternidad. Mira, vuelven a moverse...
Cuando empiezan a caer las gotas, la muchacha mira hacia el cielo y sonríe. Es una lluvia fina, de esas que apenas mojan, de las que se confunden con el aguanieve. Ellos se cogen de la mano, se miran a los ojos y siguen caminando cuesta arriba; se detienen a mirar la carta plastificada de un restaurante, se preguntan qué significarán algunas de las palabras, él le traduce las que reconoce y, tras descartar el local, siguen caminando. Hablan y se besan y se hacen bromas; no hay sombra de preocupación en su rostro, al menos de momento.
- He visto esto tantas veces que no puedo alegrarme por ellos. A saber cuánto duran juntos.
- ¿Quieres dejar de ser tan negativo? Déjales disfrutar, aunque sólo dure unos meses, o unos pocos años, eso poco importa. El haberse conocido enriquecerá sus vidas y, si todo va bien, su final será feliz. No como el nuestro...
- Exacto, no como el nuestro. Sigue soñando...
- Quiero cantarles algo. Me acercaré un poco más...
- ¿Qué? ¡No, otra vez no! No me dejes atrás... ¡No te vayas ahora!
La muchacha se para en seco y gira la cabeza ligeramente hacia la derecha. Él la mira y le pregunta qué sucede; ella está concentrada y le hace un ademán con la mano para que guarde silencio. "¿Lo oyes?", dice en susurros. "¿El qué?", responde él, incrédulo. Ella no dice nada más y se quedan así durante unos segundos, hasta que se gira lentamente y los ve. Dos pequeños gorriones, uno algo más gordo que el otro, dando saltitos cerca de sus pies. Ella no se mueve por miedo a asustarlos. El más gordito se aleja rápidamente para posarse sobre el respaldo de un asiento de plástico sucio a unos metros de distancia, pero el más pequeño sigue saltando entre sus pies, alegre, entonando la más hermosa melodía que ella ha escuchado nunca. Cuando ella se agacha curiosa, el pequeño gorrión se queda muy quieto unos segundos, mirándola fijamente, y canta un poco más hasta que alza el vuelo, seguido con torpeza por su compañero. La chica se levanta desconcertada y de repente dos tímidas lágrimas acuden a sus ojos. No se siente triste ni nerviosa; simplemente se ha emocionado. Cuando él le pregunta qué sucede, ella sólo dice: "Los gorriones no pueden cantar así, ¿verdad?" mientras esconde su cabeza en el pecho de él, en un abrazo largo que los dos pajarillos observan desde lo alto de la muralla.
- ¿Por qué hiciste eso? ¿Estás loca? ¡Acabas de regalarle tu vida a una estúpida humana a quien ni siquiera conoces!
- No... No es una estúpida humana; es alguien especial. Ellos dos son especiales; creo que por eso les he regalado mi último canto. Ha sido mi elección, y bien sabes que debes respetarla. Y ahora toca partir... Hasta la próxima, querido amigo...
- ¿Pero por qué ella? ¿Y por qué ahora? Me habría gustado que te quedaras un poco más...
El pequeño cuerpo inerte cae con suavidad por la cara exterior de la muralla, rebotando contra la hierba y rodando cuesta abajo hasta detenerse a los pies de un coche. La lluvia arrecia y su compañero, triste y abatido, desaparece entre las copas de los árboles y canta triste la partida de su irritante aunque dulce compañera, preguntándose cuánto tiempo pasará hasta que se reencuentren una vez más. Mientras tanto, la pareja desaparece silenciosamente al girar una esquina, adentrándose con cada paso es un futuro incierto, sin saber que han sido elegidos y observados por dos viejas almas descarriadas. ¿Quién cree estos días en la eternidad?
- ¿Ya estás fisgando otra vez?
- Shhh... ¡No me dejas oír lo que dicen!
Un aleteo y la rama se mueve con algo más de intensidad.
- ¡Espera!...
La fría piedra del suelo se confunde en color y forma con los muros de la ciudadela. La puerta de un pequeño restaurante se abre y unas campanas tintinean; un grupo de palomas asustadas alza el vuelo rápidamente hasta posarse sobre las gárgolas de una vieja iglesia.
- Se dirigen hacia la puerta norte. Llegaron ayer en coche. Parecen muy felices.
- Como todos los que vienen por aquí en estas fechas. Y en pareja.
- Ya, pero estos dos me interesan especialmente. Quiero saber de qué hablan.
- ¿Por qué te sigues interesando por estas vidas que tan poco tienen que ver contigo?
- Bien sabes la respuesta. Y no pienso dejar de hacerlo sólo porque un viejo cascarrabias como tú no lo entienda.
- Lo que tú digas. Pero el día menos pensado te llevarás un susto.
- Yo soy rápida y ágil. Lo que en realidad temes es que te pase algo a ti. Siempre puedes optar por no seguirme. ¡Mira! ¡Se acercan!
Un silvido cansado.
- Shhhhh... Parece que están hablando de algo interesante... ¡Oh! ¡Son extranjeros!
- ¿En serio? Pues ya nos podemos ir; no vas a entender nada.
- ¡Espera! Reconozco el idioma...
El viento mueve las hojas caídas de un árbol centenario y su sonido se mezcla con un rápido aleteo a ran de suelo. Ella pisa despistada una de las hojas mientras extrae con dificultad su cámara fotográfica del bolso; parece que los guantes granates, a juego con su bufanda, entorpecen sus movimientos. La chica sonríe cuando él la besa en la punta de la nariz; luego le roba una foto a él, lo cual provoca un simpático gruñido. Ambos ríen, se abrazan y se besan. El mundo parece pararse en ese instante.
- No están precisamente habladores...
- ¿Pero acaso no es hermoso? ¡Mira como se aman! Ah... Me traen tantos recuerdos...
- Deberías dejar de soñar tanto. Es una total pérdida de tiempo.
- ¡Tú si que me haces perder el tiempo con tus estúpidas observaciones! Cómo se nota que ha pasado más tiempo para ti que para mí... Y la razón por la que me gusta tanto ver estas escenas, querido, es porque me ayudan a no perder mi memoria, mis recuerdos. Deberías pensar en hacer lo mismo.
- No echo de menos ningún detalle de mi pasado. Poco a poco me he acostumbrado a esto, e incluso diré más: me gusta. Y a ti te pasará lo mismo, por mucho que te empeñes en evitarlo.
- Tú eliges tu camino, yo elijo el mío. A ver a quién de los dos se le termina antes la eternidad. Mira, vuelven a moverse...
Cuando empiezan a caer las gotas, la muchacha mira hacia el cielo y sonríe. Es una lluvia fina, de esas que apenas mojan, de las que se confunden con el aguanieve. Ellos se cogen de la mano, se miran a los ojos y siguen caminando cuesta arriba; se detienen a mirar la carta plastificada de un restaurante, se preguntan qué significarán algunas de las palabras, él le traduce las que reconoce y, tras descartar el local, siguen caminando. Hablan y se besan y se hacen bromas; no hay sombra de preocupación en su rostro, al menos de momento.
- He visto esto tantas veces que no puedo alegrarme por ellos. A saber cuánto duran juntos.
- ¿Quieres dejar de ser tan negativo? Déjales disfrutar, aunque sólo dure unos meses, o unos pocos años, eso poco importa. El haberse conocido enriquecerá sus vidas y, si todo va bien, su final será feliz. No como el nuestro...
- Exacto, no como el nuestro. Sigue soñando...
- Quiero cantarles algo. Me acercaré un poco más...
- ¿Qué? ¡No, otra vez no! No me dejes atrás... ¡No te vayas ahora!
La muchacha se para en seco y gira la cabeza ligeramente hacia la derecha. Él la mira y le pregunta qué sucede; ella está concentrada y le hace un ademán con la mano para que guarde silencio. "¿Lo oyes?", dice en susurros. "¿El qué?", responde él, incrédulo. Ella no dice nada más y se quedan así durante unos segundos, hasta que se gira lentamente y los ve. Dos pequeños gorriones, uno algo más gordo que el otro, dando saltitos cerca de sus pies. Ella no se mueve por miedo a asustarlos. El más gordito se aleja rápidamente para posarse sobre el respaldo de un asiento de plástico sucio a unos metros de distancia, pero el más pequeño sigue saltando entre sus pies, alegre, entonando la más hermosa melodía que ella ha escuchado nunca. Cuando ella se agacha curiosa, el pequeño gorrión se queda muy quieto unos segundos, mirándola fijamente, y canta un poco más hasta que alza el vuelo, seguido con torpeza por su compañero. La chica se levanta desconcertada y de repente dos tímidas lágrimas acuden a sus ojos. No se siente triste ni nerviosa; simplemente se ha emocionado. Cuando él le pregunta qué sucede, ella sólo dice: "Los gorriones no pueden cantar así, ¿verdad?" mientras esconde su cabeza en el pecho de él, en un abrazo largo que los dos pajarillos observan desde lo alto de la muralla.
- ¿Por qué hiciste eso? ¿Estás loca? ¡Acabas de regalarle tu vida a una estúpida humana a quien ni siquiera conoces!
- No... No es una estúpida humana; es alguien especial. Ellos dos son especiales; creo que por eso les he regalado mi último canto. Ha sido mi elección, y bien sabes que debes respetarla. Y ahora toca partir... Hasta la próxima, querido amigo...
- ¿Pero por qué ella? ¿Y por qué ahora? Me habría gustado que te quedaras un poco más...
El pequeño cuerpo inerte cae con suavidad por la cara exterior de la muralla, rebotando contra la hierba y rodando cuesta abajo hasta detenerse a los pies de un coche. La lluvia arrecia y su compañero, triste y abatido, desaparece entre las copas de los árboles y canta triste la partida de su irritante aunque dulce compañera, preguntándose cuánto tiempo pasará hasta que se reencuentren una vez más. Mientras tanto, la pareja desaparece silenciosamente al girar una esquina, adentrándose con cada paso es un futuro incierto, sin saber que han sido elegidos y observados por dos viejas almas descarriadas. ¿Quién cree estos días en la eternidad?
viernes, 16 de diciembre de 2011
La cajita de cristal
- Tengo una cajita de cristal...
- ¿Una cajita de cristal?
- Sí. Es de cristal fino y muy resistente. De hecho, es tan fino que a veces se me olvida que está ahí.
- ¿Y qué guardas dentro?
- Pues un corazón.
- ¿Un corazón?
- Sí, un corazón.
- ¿Y cómo es?
- ¿Cómo va a ser? Pues como el resto de corazones. Tiene venitas y arterias y bombea sangre y está calentito.
- Pero... Eso no es posible.
- Lo que tú digas... Pero tengo una cajita de cristal fino con un corazón real dentro. Lo malo es que la abrí hace poco...
- ¿Y qué pasó?
- Pues que el corazón se asustó. Se había acostumbrado a estar tranquilito dentro de su caja y le estresa que lo miren y lo toquen. Y sufre un poco, pero ya le he dicho que es cuestión de tiempo, hasta que se adapte a la nueva situación.
- ¿Hablas con él?
- ¡Claro! Necesito entender sus necesidades, y yo le explico las mías. Es necesario llegar a un acuerdo. Si no, ¿para qué tener un corazón? Y en realidad nos ayudamos mutuamente. Él me calma, y yo le calmo.
- No sé si te entiendo.
- Si no me entiendes es que no hablas demasiado con el tuyo...
- Puede ser. Pero no entiendo por qué está dentro de una caja.
- No recuerdo cuándo fue, pero sé que lo guardé hace tiempo. Para que se recuperara. Y luego supongo que ambos nos acostumbramos a esa fina separación de cristal. Hay cosas que no deberíamos olvidar nunca.
- ¿Y ahora qué vas a hacer?
- Esperar. A que mi corazón se acostumbre, hasta que salga de la cajita. No puedo presionarlo, porque a veces, cuando lo he hecho, le he oído dar un portazo. Si se pueden dar portazos con la tapa de una cajita, claro. Ya me entiendes.
- Vale, entonces, resumiendo: tienes un corazón real en una caja de cristal, hablas con él, a veces se asusta y da portazos. Supongo que sabes que eso no suena muy normal...
- Entonces es que no eres más que un gato-camaleón que ha venido a pasar el rato. Y hace tiempo que me cansé de los gatos-camaleón. No te preocupes, no me ofendes ni estoy enfadada. En absoluto. Al café invito yo.
Cuando ella se levantó, la mariposa de su diadema pareció iluminarse durante unos segundos con un color fluorescente y verdoso. Él parpadeó aturdido y el resplandor desapareció, aunque el aura permaneció en su retina por un instante. Ella, ofreciéndole a él la mejor de sus sonrisas, dejó el dinero al lado de las servilletas de papel; luego se dirigió a la puerta con ese andar elegante y reposado que lo había hipnotizado cuando se conocieron. El café, ya frío, le devolvió la mirada cuando él agachó la cabeza. Sólo recuperó la compostura cuando una voz le preguntó con suavidad:
- ¿Le duele el pecho, señor? Lleva inmóvil más de media hora...
Él alzó la mirada y, aún desconcertado, le respondió a la joven camarera que se encontraba bien. Después, sorprendido, notó el entumecimiento de su brazo derecho, cuya mano había estado reposando sobre la parte izquierda de su pecho durante, supuso, media hora. Bajó el brazo suavemente hasta la mesa, notando una palpitación grave, un hormigueo extraño en la punta de los dedos. Apretó el puño con fuerza y cerró los ojos, cogiendo aire. Luego los abrió y suspiró.
Cogió su chaqueta y salió del bar. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, por un momento le pareció que el mundo se quedaba en silencio para que él pudiese oír el eco lejano de un portazo y un ruido de cristales rotos...
- ¿Una cajita de cristal?
- Sí. Es de cristal fino y muy resistente. De hecho, es tan fino que a veces se me olvida que está ahí.
- ¿Y qué guardas dentro?
- Pues un corazón.
- ¿Un corazón?
- Sí, un corazón.
- ¿Y cómo es?
- ¿Cómo va a ser? Pues como el resto de corazones. Tiene venitas y arterias y bombea sangre y está calentito.
- Pero... Eso no es posible.
- Lo que tú digas... Pero tengo una cajita de cristal fino con un corazón real dentro. Lo malo es que la abrí hace poco...
- ¿Y qué pasó?
- Pues que el corazón se asustó. Se había acostumbrado a estar tranquilito dentro de su caja y le estresa que lo miren y lo toquen. Y sufre un poco, pero ya le he dicho que es cuestión de tiempo, hasta que se adapte a la nueva situación.
- ¿Hablas con él?
- ¡Claro! Necesito entender sus necesidades, y yo le explico las mías. Es necesario llegar a un acuerdo. Si no, ¿para qué tener un corazón? Y en realidad nos ayudamos mutuamente. Él me calma, y yo le calmo.
- No sé si te entiendo.
- Si no me entiendes es que no hablas demasiado con el tuyo...
- Puede ser. Pero no entiendo por qué está dentro de una caja.
- No recuerdo cuándo fue, pero sé que lo guardé hace tiempo. Para que se recuperara. Y luego supongo que ambos nos acostumbramos a esa fina separación de cristal. Hay cosas que no deberíamos olvidar nunca.
- ¿Y ahora qué vas a hacer?
- Esperar. A que mi corazón se acostumbre, hasta que salga de la cajita. No puedo presionarlo, porque a veces, cuando lo he hecho, le he oído dar un portazo. Si se pueden dar portazos con la tapa de una cajita, claro. Ya me entiendes.
- Vale, entonces, resumiendo: tienes un corazón real en una caja de cristal, hablas con él, a veces se asusta y da portazos. Supongo que sabes que eso no suena muy normal...
- Entonces es que no eres más que un gato-camaleón que ha venido a pasar el rato. Y hace tiempo que me cansé de los gatos-camaleón. No te preocupes, no me ofendes ni estoy enfadada. En absoluto. Al café invito yo.
Cuando ella se levantó, la mariposa de su diadema pareció iluminarse durante unos segundos con un color fluorescente y verdoso. Él parpadeó aturdido y el resplandor desapareció, aunque el aura permaneció en su retina por un instante. Ella, ofreciéndole a él la mejor de sus sonrisas, dejó el dinero al lado de las servilletas de papel; luego se dirigió a la puerta con ese andar elegante y reposado que lo había hipnotizado cuando se conocieron. El café, ya frío, le devolvió la mirada cuando él agachó la cabeza. Sólo recuperó la compostura cuando una voz le preguntó con suavidad:
- ¿Le duele el pecho, señor? Lleva inmóvil más de media hora...
Él alzó la mirada y, aún desconcertado, le respondió a la joven camarera que se encontraba bien. Después, sorprendido, notó el entumecimiento de su brazo derecho, cuya mano había estado reposando sobre la parte izquierda de su pecho durante, supuso, media hora. Bajó el brazo suavemente hasta la mesa, notando una palpitación grave, un hormigueo extraño en la punta de los dedos. Apretó el puño con fuerza y cerró los ojos, cogiendo aire. Luego los abrió y suspiró.
Cogió su chaqueta y salió del bar. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, por un momento le pareció que el mundo se quedaba en silencio para que él pudiese oír el eco lejano de un portazo y un ruido de cristales rotos...
martes, 13 de diciembre de 2011
Certeza
La nota apareció en mi buzón un lunes por la mañana. "Te encontré", rezaban sus letras nerviosas. Algo me decía que el autor era zurdo y que había usado una pluma Montblanc, aunque yo no tenía ni idea de cómo era una pluma Montblanc y mucho menos sabía sobre grafología. El papel era de gran calidad y olía ligeramente a metal. Subí las escaleras releyendo una y otra vez aquellas palabras mientras mi cabeza imaginaba un futuro incierto y mis pies esquivaban de forma casi automática los escombros. Una vez en casa encendí un cigarrillo y observé su humo ascender lentamente hasta desaparecer muy cerca del amarillento techo. "Enhorabuena", susurré. Mi gato asintió con un corto maullido, y yo tiré el papel a la basura. "Enhorabuena".
Sólo deseé que alguien cuidara de mi gato una vez yo hubiese muerto.
Sólo deseé que alguien cuidara de mi gato una vez yo hubiese muerto.
Publicado en LiteraturaNova.com en Agosto de 2011.
martes, 8 de noviembre de 2011
Para Claudia
Hola Claudia, ¿cómo estás?
Hace mucho tiempo que no sé nada de ti. Sé que no te has ido porque te presiento en cada paso que doy, y créeme si te digo que no te olvido. Ha vuelto el frío y la otra noche había algo de niebla, con lo que las luces naranjas de la ciudad eran más espesas, y no pude evitar preguntarme qué estarías pensando de verlas así otra vez. Supongo que te traerían recuerdos...
Yo estoy bien. La verdad es que este año está siendo increíble. Me cuesta creer que hace menos de un año fuéramos inseparables y que, todavía no sé muy bien cómo, ahora apenas nos veamos. No es que te eche de menos, pero no me malinterpretes, eres parte de mí y te estoy tremendamente agradecida por haberme dejado ver el mundo con tus ojos. Caminar en tus zapatos fue pesado; llorar contigo fue la manera más dura de conocer esa parte oscura del corazón, ese agujero negro del que la gente reniega por miedo o vergüenza. Nunca me he sentido tan orgullosa de haber pasado por ello.
Dime, Claudia, ¿sigues teniendo pesadillas? El otro día me acordé de ti porque volví a tener uno de esos sueños que tanto nos habían agobiado hace tiempo, pero cuando desperté me sorprendí gratamente: no había dolor, no había nada. "Hacía tiempo que no soñaba con esto", pensé, e inconscientemente busqué la tristeza en mi interior, pero no pude encontrarla. Me di cuenta entonces de que durante años había educado a mi corazón a sufrir, a lamentarse, a sentir dolor. Parece ser que mi corazón se ha cansado de todo eso, al fin. Quien más lo maltrató fui yo misma, lo sé. Por suerte, ya está curado. ¿Quizá por eso ya apenas te veo? Es posible...
Sé que en algún momento de nuestras vidas volveremos a cruzarnos. No es que no lo desee, pero sé que será distinto. Todos maduramos, incluída tú, mi querida Claudia. Sólo espero que nunca pierdas esa parte de niña inocente que te permitió ver y mostrar la otra belleza de las cosas en la oscuridad. Tienes un don especial, mi niña, y debes enorgullecerte de ello. Nunca lo olvides. Y nunca dejes de sonreír, porque esa es tu mejor arma.
No sé muy bien cómo despedirme. De hecho, ahora que vuelve el frío y se hace de noche más pronto, te noto más cerca; será que este tiempo me recuerda a ti. De momento creo que lo dejaré en un "hasta luego", ¿qué te parece?
Cuídate,
Hace mucho tiempo que no sé nada de ti. Sé que no te has ido porque te presiento en cada paso que doy, y créeme si te digo que no te olvido. Ha vuelto el frío y la otra noche había algo de niebla, con lo que las luces naranjas de la ciudad eran más espesas, y no pude evitar preguntarme qué estarías pensando de verlas así otra vez. Supongo que te traerían recuerdos...
Yo estoy bien. La verdad es que este año está siendo increíble. Me cuesta creer que hace menos de un año fuéramos inseparables y que, todavía no sé muy bien cómo, ahora apenas nos veamos. No es que te eche de menos, pero no me malinterpretes, eres parte de mí y te estoy tremendamente agradecida por haberme dejado ver el mundo con tus ojos. Caminar en tus zapatos fue pesado; llorar contigo fue la manera más dura de conocer esa parte oscura del corazón, ese agujero negro del que la gente reniega por miedo o vergüenza. Nunca me he sentido tan orgullosa de haber pasado por ello.
Dime, Claudia, ¿sigues teniendo pesadillas? El otro día me acordé de ti porque volví a tener uno de esos sueños que tanto nos habían agobiado hace tiempo, pero cuando desperté me sorprendí gratamente: no había dolor, no había nada. "Hacía tiempo que no soñaba con esto", pensé, e inconscientemente busqué la tristeza en mi interior, pero no pude encontrarla. Me di cuenta entonces de que durante años había educado a mi corazón a sufrir, a lamentarse, a sentir dolor. Parece ser que mi corazón se ha cansado de todo eso, al fin. Quien más lo maltrató fui yo misma, lo sé. Por suerte, ya está curado. ¿Quizá por eso ya apenas te veo? Es posible...
Sé que en algún momento de nuestras vidas volveremos a cruzarnos. No es que no lo desee, pero sé que será distinto. Todos maduramos, incluída tú, mi querida Claudia. Sólo espero que nunca pierdas esa parte de niña inocente que te permitió ver y mostrar la otra belleza de las cosas en la oscuridad. Tienes un don especial, mi niña, y debes enorgullecerte de ello. Nunca lo olvides. Y nunca dejes de sonreír, porque esa es tu mejor arma.
No sé muy bien cómo despedirme. De hecho, ahora que vuelve el frío y se hace de noche más pronto, te noto más cerca; será que este tiempo me recuerda a ti. De momento creo que lo dejaré en un "hasta luego", ¿qué te parece?
Cuídate,
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Mil millones de...
Mil millones de cosas por vivir.
De canciones por escuchar, de kilómetros por recorrer, de lugares por visitar. Mil millones de estrellas en el cielo, pero ninguna tan brillante como la que tú me regalas cada vez que me miras. Mil millones de gotas de lluvia que me recuerdan a los mil millones de caricias que quedan por dar; mil millones de relámpagos a los que pedir deseos que tarde o temprano se cumplirán. Mil millones de sonrisas y de lágrimas, de desconocidos que pasarán por nuestro lado y que nos olvidarán; de copas y luces y sombras, de pisadas furtivas, de susurros al oído, de gritos al cielo, de silencios cómplices entre sábanas cálidas en una noche de tormenta. Mil millones de colores por redescubrir, a cuál más brillante, cada uno con su particular significado; mil millones de latidos que quiero escuchar, de sorpresas y segundos que no pasan y horas que vuelan, mientras las nubes se transforman y el mundo sigue mirándose estúpidamente a los pies, lamentándose, sufriendo. Mil millones de vientos que remueven las copas de los mil millones de árboles que hablan y cantan y sueñan y nos miran con envidia; mil millones de otras bellezas, de esas que sólo se pueden observar en la oscuridad.
Lo sé, amor; esto ya se ha dicho antes. Mil millones de corazones lo han sentido, lo han padecido, lo han disfrutado, lo han escrito y lo han cantado. Quizá no esté siendo original, y probablemente se me pueda tachar de ingenua, de niña, de alocada y de soñadora, pero ¿sabes? Eso me hace sentir viva. Ni mil millones de críticas podrán amedrentarme jamás, por muy asustada que esté, por mucho miedo que tenga. Y nosotros seguiremos creando mil millones de universos, uno por cada repicar de nuestras copas, mientras el mundo se rompe poco a poco a nuestro alrededor...
Porque contigo, mi vida, incluso mil millones de besos se me quedan cortos.
De canciones por escuchar, de kilómetros por recorrer, de lugares por visitar. Mil millones de estrellas en el cielo, pero ninguna tan brillante como la que tú me regalas cada vez que me miras. Mil millones de gotas de lluvia que me recuerdan a los mil millones de caricias que quedan por dar; mil millones de relámpagos a los que pedir deseos que tarde o temprano se cumplirán. Mil millones de sonrisas y de lágrimas, de desconocidos que pasarán por nuestro lado y que nos olvidarán; de copas y luces y sombras, de pisadas furtivas, de susurros al oído, de gritos al cielo, de silencios cómplices entre sábanas cálidas en una noche de tormenta. Mil millones de colores por redescubrir, a cuál más brillante, cada uno con su particular significado; mil millones de latidos que quiero escuchar, de sorpresas y segundos que no pasan y horas que vuelan, mientras las nubes se transforman y el mundo sigue mirándose estúpidamente a los pies, lamentándose, sufriendo. Mil millones de vientos que remueven las copas de los mil millones de árboles que hablan y cantan y sueñan y nos miran con envidia; mil millones de otras bellezas, de esas que sólo se pueden observar en la oscuridad.
Lo sé, amor; esto ya se ha dicho antes. Mil millones de corazones lo han sentido, lo han padecido, lo han disfrutado, lo han escrito y lo han cantado. Quizá no esté siendo original, y probablemente se me pueda tachar de ingenua, de niña, de alocada y de soñadora, pero ¿sabes? Eso me hace sentir viva. Ni mil millones de críticas podrán amedrentarme jamás, por muy asustada que esté, por mucho miedo que tenga. Y nosotros seguiremos creando mil millones de universos, uno por cada repicar de nuestras copas, mientras el mundo se rompe poco a poco a nuestro alrededor...
Porque contigo, mi vida, incluso mil millones de besos se me quedan cortos.
lunes, 17 de octubre de 2011
Copa vacía
Lo sé, la copa se está quedando vacía.
No es porque yo quiera. A veces parece que la botella pesa demasiado. La miro y la acaricio; está tan fría que desprende agresividad. No me atrevo a levantarla; simplemente no puedo. No tengo la mente nublada, no me duelen los brazos, no es que no tenga sed. Sé que no es cobardía. Desconozco el motivo, pero la copa se está quedando vacía y eso me da mucha rabia.
Tú me miras con ojos de asombro mientras yo me limpio los labios con la servilleta. No estás asustado, o al menos no dejas que me dé cuenta de ello. Me coges una mano y la besas con suavidad. Yo vuelvo a mirar la botella llena y mi copa vacía. Y un poquito más de mi voluntad desaparece volátil como el alcohol. Me tienes hechizada.
No sé qué es peor, si el vacío de mi copa o la vida en mi corazón, que late con más fuerza que nunca, de tal manera que duele. Las luces naranjas de la noche son más cálidas y acogedoras; las lágrimas tienen un significado completamente distinto ahora que me abrazas. El destino es incierto y eso me perturba enormemente. No sé cuál de mis yoes tiene más miedo. Es normal, pienso. Y suspiro.
Las luces de la ciudad pasan rápido mientras yo pienso en mi copa y siento tu mano sobre la mía. Ya no importa. Porque sé que la rellenarás por mí, y brindaremos juntos...
No es porque yo quiera. A veces parece que la botella pesa demasiado. La miro y la acaricio; está tan fría que desprende agresividad. No me atrevo a levantarla; simplemente no puedo. No tengo la mente nublada, no me duelen los brazos, no es que no tenga sed. Sé que no es cobardía. Desconozco el motivo, pero la copa se está quedando vacía y eso me da mucha rabia.
Tú me miras con ojos de asombro mientras yo me limpio los labios con la servilleta. No estás asustado, o al menos no dejas que me dé cuenta de ello. Me coges una mano y la besas con suavidad. Yo vuelvo a mirar la botella llena y mi copa vacía. Y un poquito más de mi voluntad desaparece volátil como el alcohol. Me tienes hechizada.
No sé qué es peor, si el vacío de mi copa o la vida en mi corazón, que late con más fuerza que nunca, de tal manera que duele. Las luces naranjas de la noche son más cálidas y acogedoras; las lágrimas tienen un significado completamente distinto ahora que me abrazas. El destino es incierto y eso me perturba enormemente. No sé cuál de mis yoes tiene más miedo. Es normal, pienso. Y suspiro.
Las luces de la ciudad pasan rápido mientras yo pienso en mi copa y siento tu mano sobre la mía. Ya no importa. Porque sé que la rellenarás por mí, y brindaremos juntos...
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