lunes, 17 de octubre de 2011

Copa vacía

Lo sé, la copa se está quedando vacía.

No es porque yo quiera. A veces parece que la botella pesa demasiado. La miro y la acaricio; está tan fría que desprende agresividad. No me atrevo a levantarla; simplemente no puedo. No tengo la mente nublada, no me duelen los brazos, no es que no tenga sed. Sé que no es cobardía. Desconozco el motivo, pero la copa se está quedando vacía y eso me da mucha rabia.

Tú me miras con ojos de asombro mientras yo me limpio los labios con la servilleta. No estás asustado, o al menos no dejas que me dé cuenta de ello. Me coges una mano y la besas con suavidad. Yo vuelvo a mirar la botella llena y mi copa vacía. Y un poquito más de mi voluntad desaparece volátil como el alcohol. Me tienes hechizada.

No sé qué es peor, si el vacío de mi copa o la vida en mi corazón, que late con más fuerza que nunca, de tal manera que duele. Las luces naranjas de la noche son más cálidas y acogedoras; las lágrimas tienen un significado completamente distinto ahora que me abrazas. El destino es incierto y eso me perturba enormemente. No sé cuál de mis yoes tiene más miedo. Es normal, pienso. Y suspiro.

Las luces de la ciudad pasan rápido mientras yo pienso en mi copa y siento tu mano sobre la mía. Ya no importa. Porque sé que la rellenarás por mí, y brindaremos juntos...

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Madrid

Madrid.

Otra vez.

Pero esta vez, de algún modo y de muchos modos al mismo tiempo, es diferente.

「あわれ」 Esa palabra japonesa describe a la perfección cómo me siento.

Ojalá tuviese un ordenador a mi alcance; mis dedos son más rápidos tecleando que moviendo un bolígrafo. Todas las frases que quiero decir pasan por mi cabeza fugaces y yo intento cazarlas, pero se me escapan como un puñado de fina arena y al final sólo puedo escribir palabras inconexas y confusas. Y pierden el sentido real de lo que quiero decir.

Me pongo el pijama y me quito las gafas diecinueve horas y media más tarde, pero no puedo despegarme de la música, que me ha acompañado durante la mitad del trayecto, ahora en el suelo, antes más cerca de las estrellas.

Y he visto la luna y he podido acercarme un poquito más a ella, siempre tan altanera y tan perfecta, con su mueca imitando una gélida sonrisa de cristal. El amanecer era rojo como en Marte, y yo me sentía en una nave espacial que me llevaría lejos, y luego un poquito más lejos, a algún lugar en el que perderme y del que no volver, aunque sí, quizá tarde o temprano, escapar.

Y he visto un inmenso y oscuro mar en llamas; todo era del color de la ceniza, y me parecía observar el infierno desde las puertas del cielo. Y yo sólo quería subir más, y un poquito más, hasta observar el mundo quemándose, ardiendo bajo mis pies mientras yo reía amargamente, y no quería bajar a ese mundo gris jamás.

Tengo sueño y me escuecen los ojos, pero no quiero dormir. No todavía.

Porque me he perdido en la húmeda noche de invierno de Madrid, y aunque al principio sólo quería descansar, más tarde he disfrutado de sus calles solitarias y frías y de la fina lluvia que, sin osar tocarme, me empapaba el corazón y me arrancaba una amarga sonrisa.

Y he decidido caminar sin rumbo hacia lo desconocido, sin mirar por dónde iba, sólo pensando en perderme y deseando no tener que volver al hotel jamás; ojalá hubiese seguido caminando durante horas, esperando que mis piernas no me fallaran, hasta llegar a algún lugar desconocido y nuevo en el que estirarme y dormir bajo un cielo sin estrellas, al abrigo de las frías copas de los árboles y la solitaria luz de las farolas.

Y el Destino por una vez me ha hecho un favor, aunque sé que después lo pagaré caro; sin quererlo me he encontrado ante la Gran Muralla China, rodeada de dragones míticos y con las aguas del Río Amarillo reflejando mi triste mirada. Pero en el cielo seguían faltando las estrellas, porque una inmensa tormenta de plumas de fénix y escamas de dragón las cubrían. Una familia más me acogía en su regazo, y me alimentaba y me sonreía mientras todos hablaban en su idioma, y yo observaba a la niñita que me observaba, y la música de un instrumento parecido a un shamisen me transportaba a un mágico lugar de verdes montañas y mansos lagos. Me acabé hasta el último grano de arroz y sólo quise descansar en uno de esos aposentos lleno de dragones chinos, sobre cojines de hermosas sedas de colores. Pero sólo pude inmortalizar una pequeña, minúscula parte de aquel inmenso mundo, y cuando me di cuenta estaba observando la entrada del local, que ahora parecía la infranqueable puerta de un majestuoso templo prohibido para mí.

Entonces la música me llevó a otra parte, en la que el agua cae al revés y el frío cala hasta los huesos, y nadie mira porque todo el mundo lo ha visto. He mirado el suelo y lo he retenido, y sólo una sombra de lo que soy queda en esa imagen: un color desconocido para la gente.

El tiempo dejó de existir, pero el mañana llega, y lo único que nunca termina es la música, que si sabemos escuchar nos hablará de la dualidad de las cosas. Porque mientras la música suena, el mundo puede detenerse y pasar muy rápido a la vez, y puede obligar al tiempo a perder su forma y desaparecer. Y la lluvia cae, siempre tan amable, intentando llevarse todo lo malo que nos rodea.

Porque me he perdido sin quererlo pero deseándolo; rodeada de rostros desconocidos, me he sentido más cerca de mí misma que nunca, y no me ha importado que me observaran, porque al fin y al cabo me habrán olvidado en tres segundos y jamás me volverán a ver.

No quiero volver. 帰りたくない。

No quiero que esta noche termine jamás. Pero ni el mejor de los deseos servirá para cambiar el mundo, de modo que sólo puedo consolarme con la idea de que mañana, una vez más, podré perderme en otra dirección para encontrar de nuevo cosas maravillosas que me inspiren y me produzcan esa melancolía que, quizá no tan inintencionadamente, he aprendido a desear y añorar.

Y ahora, aunque mi cuerpo cansado me obliga a dormir, mi mente sigue formando extrañas imágenes que, al menos esta vez, no podré traspasar al papel, y que con toda seguridad acabaré olvidando mañana por la mañana, cuando la luz del sol me devuelva con su crueldad al mundo real y sus imposiciones.

Y soñaré con ese mundo real como castigo a mi egocentrismo, ya que hoy he sido reina por un momento y he soñado despierta, cambiando a mi antojo lo que me rodeaba, dándole el significado que yo deseaba que tuviera.

Buenas noches.

(Y entonces apago la luz y mi mente estalla.)

Escrito el 15 de enero de 2007
en un hotel de Atocha, Madrid

sábado, 10 de septiembre de 2011

Inolvidable

Los macarrones salieron volando por encima de la mesa cuando ella se levantó airada, acabando algunos en la ensalada de él, el resto esparcidos por el suelo. El cuenco con el queso rayado rodó lentamente hasta pararse a los pies de la mesa de la izquierda, dejando tras de sí el rastro de su trayectoria. La botella de cristal rebotó contra el suelo con un sonido seco y la mitad de su contenido se vertió sobre las baldosas anaranjadas. Sólo un susurrado "¿Pero qué...?" perturbó el silencio que había inundado el restaurante.

Ella bajó la mano en la que aún sostenía la copa, ahora vacía, y miró fijamente la cara de él, completamente empapada de agua. Estaba de pie ante él, apoyada en la mesa de mantel blanco con ambas manos. Su pulso se había acelerado y todavía podía sentir la ira en la boca del estómago.

- Siempre quise saber qué se siente al tirarle el agua a la cara a alguien. Gracias, tú me lo has puesto en bandeja. Y ha sido inolvidable.

No volvieron a verse.

jueves, 11 de agosto de 2011

Vaquero

Coge tus pistolas, vaquero, y huyamos a la tierra donde nunca se pone el sol...

Una tierra que dé al mar, para poder jugar con las olas mientras observamos con envidia y una sonrisa en los labios el vuelo de las gaviotas. Una tierra en la que las tormentas eléctricas nos visiten con frecuencia para poder pedirle mil deseos a los rayos; una tierra de lluvias torrenciales para poder bailar bajo ellas, respondiendo a los truenos con carcajadas mientras extendemos los brazos y alzamos la cabeza hacia el cielo, siempre arriba, más allá del vuelo de las gaviotas. Una tierra de silenciosos amaneceres en los que la brisa nos despierte con suavidad mientras el resto del mundo gira frenéticamente; una tierra de colores brillantes que nos descubra a cada paso algo nuevo, algo nunca antes visto, algo que mantenga nuestra infantil curiosidad siempre viva. Una tierra de altos acantilados desde los que observar el lejano horizonte mientras las olas rompen a nuestros pies, refrescando nuestra piel y nuestras almas; en la que el cielo cambiante nunca nos aburra, en la que podamos observar los múltiples colores del agua a través de los miles de prismas de un solo copo de nieve, de un solo grano de arena. Una tierra de frondosos bosques en cuyos árboles podamos reposar nuestras espaldas mientras sus copas nos arropan y sus hojas nos adormecen con su suave sonido; una tierra que no nos dañe los pies, que nos invite a viajar, que nos deje ser todo lo aventureros que decidamos ser. Una tierra donde no exista el miedo a enamorarse, a ganar o a perder, a pasar desapercibidos o a ser los reyes del mundo; en la que podamos ser siempre nosotros mismos, sin espejos mentirosos ni miradas furtivas ni monstruos debajo de la cama. Una tierra en la que no existan las sombras...

Vaquero, coge tus pistolas y tíralas bien lejos, a lo más profundo del océano en un plateado atardecer de tormenta, y mientras lanzas tu último alarido de gloria deja que una lágrima caiga por tu rostro, la última que derramarás jamás, para que su sal se confunda con la del mar... Y celebra el fin de las tinieblas en tu corazón.

Y luego... huyamos juntos a la tierra donde nunca se pone el sol.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Ella

Me visita muy pocas veces. No es que le guarde rencor. A veces me preocupo por ella, pensando que quizá está demasiado estresada o que incluso me tiene miedo; en esas ocasiones aguardo pacientemente su llegada, dejando que se tome el tiempo que necesite, sin presiones ni reproches. Pero otras veces no tengo más remedio que enfadarme. Porque cuando más la necesito ella no está, y por más que la llamo y que invoco su presencia ella no se digna en aparecer. Pienso entonces que anda escondida tras la luna, altanera y soberbia, sonriendo con muecas de niño travieso desde el firmamento, y que observa con placer mi sufrimiento, mi eterna espera, mis fútiles intentos por hacer que vuelva a mi lado. Y sólo siento que disfruta con ello.

Es traviesa y adorable. Me ha otorgado enormes satisfacciones y desastrosas frustraciones a lo largo de los años. Sus frutos son ricos y jugosos, pero tan escasos que se convierten en un manjar casi prohibido, lujoso y caro. Es caprichosa, puesto que aparece en los momentos menos adecuados; justo antes de dormirme, o en mitad de una llamada telefónica, o cuando me estoy duchando y apenas me da tiempo a llegar al trabajo. Pocas veces puedo dejarlo todo a un lado para concentrarme en ella, y cuando al fin me encuentro disponible, ella ya se ha ido allá arriba, con la luna, y vuelve a reír. Quizá viva en una estrella más allá de la luna, como el Principito, y tenga que ir a regar su rosa cada día, y a comprobar que la oveja no ha salido de su caja. Apenas la conozco y sin embargo siento su ausencia como una herida profunda en el corazón.

"Vuelve", grito al vacío, "te necesito". Hace tiempo que no la veo. Antes solía disfrazarse de Morfeo y cada noche tiraba un poquito de arena sobre mis ojos para que visitara otros mundos. Eso acabó, y entonces se convirtió en incontables noches de borrachera y desdicha, y por ello vi mi propio mundo desde otra perspectiva, oscura y difusa como un cristal viejo y mal pulido. Ahora no sé qué extraña forma habrá decidido utilizar para su próxima visita, pero algo me dice que esta vez tendrá rostro humano, y la oscuridad de las calles de invierno dará paso a la luz cegadora del sol de agosto. Quizá me equivoco, sólo ella lo sabe. Pero hasta que eso suceda sigo esperando, paciente y enfadada, su regreso sutil y atronador, como una lejana tormenta de verano que predice el fin del mundo.

martes, 26 de julio de 2011

Fuera de cobertura

Claudia estaba fuera de cobertura.

La llamaron, le escribieron, intentaron verla sin éxito. Ella nunca decía que no; simplemente permanecía callada. No estaba desaparecida sino quieta, como uno de esos muñecos de cera de los museos. Su postura era tan absolutamente estática que daba la sensación de que el tiempo se hubiera detenido dentro de la burbuja que la rodeaba. No pestañeaba, no se quejaba; no hacía otra cosa más que existir, que estar ahí, sin interacción, sin reciprocidad.

Un día alguien pensó en hacerle cosquillas. Se acercó como un gato vigilando su presa, sin apenas ser ruido, mimetizándose con el entorno, como si de un camaleón se tratase. Pero Claudia estaba fuera de cobertura, al igual que su corazón, por lo que cuando el gato-camaleón se le acercó para jugar un rato, ella ni se inmutó. Hacía tiempo que Claudia no creía en los colores naranjas y rojos del deseo y la diversión, porque por experiencia sabía que al final esos colores se volvían grises y negros. No tenía fuerzas, por no decir ganas, de volver a pasar por lo mismo. No había colores en su vida; sólo una película transparente e infranqueable que la mantenía aislada del mundo exterior. Tras varios intentos el gato-camaleón desapareció de su vista, sin mirar atrás. Sus intentos no habían superado los de los anteriores gatos-camaleón. Por lo que para Claudia no valían la pena.

En otra ocasión Claudia se quedó observando su sombra. En un día claro y sin nubes su sombra parecía brillar con luz propia; de un color negro brillante y resplandeciente, la moteaban incontables puntos de colores eléctricos que danzaban suavemente de un lado para otro. Pero de repente su sombra cambió de forma, convirtiéndose en una mancha amorfa que se reía de ella y que parecía querer escapar. Claudia sintió un escalofrío y cerró los ojos con fuerza, pero aun así su sombra seguía visible en su retina, danzando, riendo, cambiando. Envolvía y apretaba a Claudia como una enorme serpiente mientras le susurraba al oído palabras incongruentes y sin sentido; crecía hasta ocuparlo todo, causando una terrible sensación de agobio, y empequeñecía hasta casi desaparecer, haciendo que Claudia se sintiera tremendamente sola. Pero incluso su sombra-serpiente se cansaba de jugar, al igual que el gato-camaleón, y entonces volvía a su forma original y todo regresaba a la normalidad. Claudia no se fiaba de ella.

Claudia estaba fuera de cobertura y tenía sus motivos. Pero también sabía que el tiempo avanza y que nada es eterno, y llegaría el día en el que los gatos-camaleón la rodearían y dejarían de ocultarse, cubriendo su sombra-serpiente hasta controlarla; y la sombra-serpiente sonreiría amablemente a Claudia y no la molestaría más. Pero hasta entonces, Claudia seguía siendo un muñeco de cera en un museo, cubriéndose de polvo y suciedad, esperando su momento.

miércoles, 15 de junio de 2011

Los cinco hermanos chinos

El aceite hirviendo chisporroteó al contacto con el huevo que la madre estaba a punto de freír. El zumbido del extractor de la cocina obligaba a que la niña, sentada en su taburete frente a la pequeña mesa verde, elevara la voz mientras leía para que su madre pudiera oírla. Flotaba en el ambiente el olor cálido a patatas fritas recién hechas, y una suave y refrescante brisa le movía los rizos en aquél caluroso mediodía de un verano de mediados de los ochenta.

"Entonces el cuarto hermano dijo: '¿Puedo ir a despedirme de mi madre?'", leía la niña con máxima concentración y tremendo interés. Era la segunda vez que leía ese cuento y ya lo recordaba perfectamente, por lo que tenía cierta fluidez, aunque de vez en cuando se quedaba encallada en alguna palabra.

La madre sirvió el huevo recién hecho sobre un plato de vidrio opaco y cortó dos rebanadas de pan. Añadió unas pocas patatas al plato y le pidió a su hija que retirara el libro para no ensuciarlo mientras comía. "¿Te acuerdas del cuento que leímos ayer?", le preguntó con cariño mientras le alcanzaba una servilleta limpia. La niña frunció el ceño con gesto pensativo, y tras unos segundos y un apenas audible murmullo miró a su madre y le dijo: "¡Sí! ¡El del cuervo y la jarra!", y sonrió. La madre le pidió entonces que le resumiera el cuento. La hija, entre mordisco y mordisco, iba explicando alegremente cómo un cuervo que no alcanzaba a beber el agua del fondo de una jarra acabó saciando su sed tras tirar piedrecitas en su interior para que el nivel de agua subiera. ¡Qué idea tan ingeniosa le parecía a la niña! Pero, seis patatas fritas y una yema de huevo entera después, le dijo a la madre que quería seguir leyendo la historia de los cinco hermanos chinos.

Porque la historia era exótica y fantástica y, a diferencia de otros cuentos y fábulas, tenía muchos personajes, y China quedaba muy lejos para ella, y no dejaba de sorprenderle y fascinarle el hecho de que al primer hermano le cupiera todo un mar en la boca, que el segundo hermano tuviese el cuello tan duro como el hierro y que fuera imposible cortárselo, que el tercero pudiera estirar brazos y piernas tanto como desease, que el cuarto aguantara el fuego sin ningún problema, y que el quinto fuera capaz de estar sin respirar horas y horas. Todos esos poderes especiales llamaban mucho su atención, y se imaginaba siendo poseedora de cada uno de ellos. ¡Cuántas cosas podría hacer con ellos!, pensaba mientras comía un Petit Suisse de fresa.

Han pasado más de veinte años desde ese día y la niña es ahora una mujer adulta y no tan inocente como en su niñez, aunque todavía guarda un poco de esa ingenuidad infantil que la ayuda a dejarse sorprender e ilusionar por los más pequeños detalles de la vida. Está haciendo cola para pagar un par de libros de un autor japonés de posguerra, y al ojear uno de ellos le ha venido ese recuerdo a la mente; un recuerdo que de repente, en el momento y de la forma más inesperados, llega nítido y fuerte, como si todo hubiese sucedido ayer. Y entonces ha sentido una enorme gratitud hacia su madre, aquella joven muchacha que le inculcó la pasión por la lectura y los libros, y que no sólo la había obligado a leer un poquito cada día, sino que además había hecho algo mucho más importante por ella: enseñarle a entender lo que había leído. Y mientras la muchacha saca el monedero del bolso se le escapa una sonrisa, y cuando la cajera la mira, ella le dice: "Tengo que darle las gracias a mi madre...".

Ocho meses

Silencio. Un vaso que poco a poco se vacía, de manera apenas perceptible. El frío que siempre vuelve, exigiendo quedarse. Una flor que se pu...