martes, 28 de febrero de 2012

En el horizonte

Veinte minutos de rutinario trayecto después, salió a la superficie como quien sale del agua tras aguantar la respiración durante demasiado rato. Luego miró al cielo y, cuando encontró la Luna, sonrió y se preguntó cuántas miradas más se habrían despegado de fachadas y pantallas, de otros hombros y del suelo, para observar algo tan bello en esa tarde de invierno. Suspiró y siguió caminando con la vista alzada; Venus brillaba con intensidad también. Quizá, pensó, quizá un día disfrutaría de la aurora boreal... Quizá un día conseguiría ver Marte en el horizonte.

lunes, 27 de febrero de 2012

El aviso

"Aguerridos aventureros: Estáis a punto de dar un paso muy importante en esta historia. El suelo que ahora pisáis es el acceso al inframundo, a vuestras más aterradoras pesadillas. La puerta que tenéis delante quizás, y sólo quizás, sea vuestra redención. No os equivoquéis al llamar, o caeréis al más horrible de los infiernos. Quedáis advertidos".

Los avisó. Los avisó con la mejor de las intenciones, pero ellos no hicieron caso. Despreocupados y entre risas, llamaron. Y se equivocaron, una y otra vez. Por eso ahora, en una soleada tarde de un viernes cualquiera, dos cuerpos inertes yacen cubiertos de sangre sobre el asfalto. La gente lo mira horrorizada, y él ríe y ríe mientras se oyen las sirenas a lo lejos y el viento se lleva el folio de su aviso...

viernes, 24 de febrero de 2012

Metro

¿Nunca habéis olido a sangre en el ambiente?

Hay alguien que sí lo hace. Es un hombre, poco más de treinta años, alto, pelo largo y negro, ojos también negros. Va al gimnasio, o tal vez sólo lleva una bolsa con el nombre de un gimnasio al que nunca ha ido y al que nunca irá. Lleva un libro abierto en las manos, un clásico inglés del siglo diecinueve, pero no está leyendo; no puede concentrarse. Sentada a su derecha, una mujer: aproximadamente cincuenta años, seguramente ochenta kilos, indudablemente mucho dinero y poco civismo. A su izquierda, un chico de veinte años y unos sesenta kilos cabecea atrapado por una música con el volumen demasiado alto.

El vagón se pone en marcha. La mujer de su derecha se pone a toser e intenta incorporarse. El chico de su izquierda parece estar dormido. A la mujer le cuesta levantarse; el resto de personas del vagón la miran fijamente, preguntándose: ‘¿Lo conseguirá?’, pero nadie se mueve para  ayudarla. La mujer resopla desagradablemente y al fin consigue sujetarse a la barra vertical que tiene delante, gruñendo y golpeando a quien se encuentra a su paso. Arrastrando los pies hasta la puerta, impide el paso a un hombre muy mayor que necesita sentarse. El hombre mayor respira con dificultad, pero ya es demasiado tarde: una chica embarazada, de unos veinticinco años, ha logrado sentarse en el hueco que ha dejado antes la mujer. La gente de rostros grises sigue mirando sin ver; el hombre presiente una arcada. Cuando el vagón se detiene, una multitud gris empuja para salir mientras otra multitud gris lucha por entrar. En una de las puertas un hombre grita algo referente a la buena educación y a las prisas. Nadie le contesta.

El hombre cierra el libro, coge la bolsa del gimnasio con una mano, se levanta y se dirige al fondo del vagón, imaginando la caza por un asiento libre que se produce a sus espaldas. Alza su mirada al techo para no verla; sobre su cabeza, una luz blanca y aséptica que le daña los ojos se filtra a través de agresivas barras metálicas que parecen dientes preparados para morder. Nadie habla en el vagón. En otras ocasiones se encuentra con parejas que hablan de trabajo, de dinero, de los hijos, de las vacaciones. Conversaciones grises en un mundo gris para intentar alegrar el corazón de los pobres.

Pero en esta ocasión los pobres van solos. De hecho, el metro, ese gran paso adelante de la tecnología y la comodidad, se ha convertido en el medio de transporte de la clase obrera, de los fantasmas sin cadenas, de trajes de noche baratos y de mentes sin educación. O tal vez, piensa el tipo, lo estoy viendo todo demasiado gris... Son sus caras. Esas caras amargadas, cansadas, agobiadas, grises. Esas miradas tristes, enfadadas, serias.

El hombre se abre paso a trompicones hasta llegar a la puerta. Bajará en la siguiente parada. Se siente observado por esa multitud de ojos que no ven, de palabras que no se dicen, de alegría inexistente. Cuando el metro se detiene y se abren las puertas, los pasajeros lo miran con desdén, convenciéndose a sí mismos de que ellos son mucho mejores, más felices. Cuando las puertas se cierran, el hombre deja de ser una atracción y una molestia, y ya nadie piensa en él. Y él subirá las escaleras aguantando las arcadas hasta salir a la superficie, a ese exterior gris y sucio, y dará una amplia bocanada de aire, intentando relajarse y repitiéndose por enésima vez que es hora de acudir a un médico. Entonces el hombre empezará a caminar por las calles de una ciudad hueca en un día triste de lluvia, pensando...

Porque huele vuestra sangre, y apesta.

Escrito en abril de 2007.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Energía estática

Estaba un poco cansada. No era un cansancio físico, ni siquiera mental. Era algo más similar al agotamiento emocional. Por eso recibía constantes descargas eléctricas. O quizá por recibirlas se encontraba tan cansada; no estaba segura.

Llegaba a casa y se quitaba la chaqueta de lana para escuchar la estática, esos cientos de relámpagos en miniatura restallando en el pequeño universo que pasaba las horas tan cerca de su piel. Un día probó lo que le habían dicho de apagar la luz y dejar los ojos abiertos mientras se desnudaba, y sintió miedo. Siempre le gustaron las tormentas, porque las respetaba, por el inmenso poder que desprendían. Ahora era capaz de crear pequeñas tormentas eléctricas en su dormitorio sin ni siquiera pretenderlo. Y no pudo evitar hablar de ello.

   - Sí, es que últimamente voy muy cargada de energía estática.

"¿Energía?", pensaba tan solo acabar la frase para automáticamente corregirla antes de que nadie lo hiciera por ella. Siempre se equivocaba, sin quererlo, igual que no buscaba esas pequeñas tormentas eléctricas. "¿Por qué?", pensaba, "¿Por qué siempre digo 'energía estática' en vez de 'electricidad estática'?".

Encontró la respuesta el día en que se hartó de sentir esa presión en su espalda; no el típico peso de la ropa invernal, sino ese aplastamiento de sensaciones, como si manos invisibles la empujaran hacia abajo. Entonces se dio cuenta de que estaba demasiado susceptible, de que llegaba demasiado a menudo al borde del llanto. No estaba satisfecha con su día a día, aunque había aprendido con el paso de los años a reconocer la felicidad y a aceptar los momentos menos positivos como parte del ir y venir constante de la vida. No era electricidad lo que ella acumulaba, sino energía. Energía negativa que se posaba sobre sus hombros y la cubría como un moco espeso y viscoso. Era la energía de la inactividad, de la frustración y del roce producido por la constante lucha entre el egoísmo y el altruismo, en su incansable búsqueda del equilibrio. Era la energía de los eternos miedos infantiles, que no la llevaban hacia ninguna parte más que a sí misma, cerrando el círculo y cargándola de estática.

Por eso se equivocaba siempre y decía "energía" en vez de "electricidad". Y el día que lo vio claro, se quitó la chaqueta como otras tantas veces y esa vez no hubo tantos relámpagos.

Porque sabía que poco a poco todo volvería a ser pura electricidad.

martes, 31 de enero de 2012

Volar...

Volar...
Volar rozando con la punta de las alas las lomas otoñales de un país lejano...
Volar notando la velocidad aplastándonos contra el asiento mientras miramos el mundo pasar bajo nuestros pies...
Volar inclinados sin apenas darnos cuenta, despegándonos del suelo, flotando...
Volar sobre la nada y bajo el cielo, entre nubes y relámpagos, de noche o de día, eso es lo de menos...
Volar para después aterrizar, con viento cruzado o en la más absoluta calma...
Y notar cómo el mundo huele diferente allá donde vamos.

martes, 24 de enero de 2012

Puertas cerradas

Lo siento, no sé hacerlo mejor. Me peleo con las sábanas y muerdo dedos invisibles en un estúpido intento por controlar mi vida. Sudo un añejo dolor atemporal y mis múltiples sombras activan olvidadas sinapsis con sus movimientos de marionetista. Por eso tengo miedos que se transforman en pesadillas. Pero en realidad el cambio está cerca, tras cada una de esas puertas cerradas. Por todo eso, y por más cosas que de momento prefiero callar, te pido que me ayudes a abrirlas.

lunes, 23 de enero de 2012

Naranja reseca

El mundo se deshace lentamente, capa por capa, como una naranja reseca. Nuestros ojos no pueden apreciar lo que se mueve a unos escasos diez centímetros por encima de nuestras cabezas. Una nube de ceros y unos, de consciencia volátil e infinita sabiduría; una fina capa transparente de conocimientos y datos creados por y para nuestro bien, o mal, dependiendo de las manos en las que caiga. Un manto que todo lo cubre, modificándolo, enriqueciéndolo, volviéndolo complejo. Una masa informe que no está en ningún sitio y que está en todos los sitios a la vez, eliminando fronteras y cambiando el concepto del tiempo.

Y ahí está ella, saltando con soltura entre las sinapsis de millones de nodos, ahora a trescientos metros, luego a ocho mil kilómetros, yendo y viniendo en nanosegundos sin tener en cuenta las distancias, sólo el contenido. Forjándose una máscara más o menos fiel a la realidad, encontrándose con otras máscaras, con sólo ojos, o sólo narices, o sólo bocas o sólo orejas. Dedos invisibles de marionetista mueven los datos de un lugar a otro, replicando el mismo bit en miles de sitios a la vez, haciendo llegar lo que sea a quien quiera recibirlo. No mandan las leyes del mundo físico en este submundo superior, sino lo que sus paseantes desean y anhelan, creando y rehaciendo conceptos, modelos, ideas. Y ella tiene su propia parcela en ese terreno que en realidad es de todos, seleccionando de arriba y de abajo y de izquiera y de derecha lo que le interesa, delimitando su propio terreno virtual sin vallas, sin muros aparentes, mas los que su mente quiera tener.

No hay sangre en este plano etéreo, no hay hambre ni sed ni dolor, pero sí se desatan guerras. Entonces enormes torbellinos eléctricos se crean por doquier, y mientras come fideos chinos instantáneos ella teme como tantos otros que uno de esos torbellinos la arrastre hacia la nada. Porque la revolución está en otro plano, al menos en el primer mundo. Hay represión y censura y se lucha contra ellas con armas invisibles, y hay piratas sin parche en el ojo que rehacen las reglas, cuales Robin Hood digitales, regalando en la capa de datos, lucrándose en el mundo real. Las masas sedentarias ya no corren por las calles ni cosen con sus manos banderas que ondear en la multitud, pero luchan apoltronados en sofás y camas con impulsos enviados con silicona y coltán. Los conceptos cambian y lo que es malo en un plano, no lo es en el otro; un paso mal dado en uno provoca desastres en el otro, y a pesar de todo siguen separados, sin querer ayudarse mutuamente y aprender, enfadados siempre. Porque en realidad son dos mundos distintos que no se pueden regir por las mismas leyes.

Quizá llegue el día, piensa ella mientras bebe agua embotellada y se seca los labios con una servilleta de papel de colores, en que esa capa fina sobre sus cabezas se desplome y desaparezca, y entonces el mundo volverá a ser como antes, con sus problemas que se repiten y sus guerras sangrientas que nunca acaban. O quizá, y ella prefiere pensar en eso, al fin ese manto sea el que ayude a alzar las mentes físicas para llevarlas a otro nivel de comprensión, para cambiar la forma arcaica en la que funciona todavía el mundo, regido por un sistema echado a perder como una naranja reseca. Y ella querrá estar ahí junto con otros tantos millones de entes virtuales, observando y disfrutando de su creación.

A no ser, claro está, que la eliminen antes.

Ocho meses

Silencio. Un vaso que poco a poco se vacía, de manera apenas perceptible. El frío que siempre vuelve, exigiendo quedarse. Una flor que se pu...