La borraron, y ahora es tan sólo un fantasma.
De su paso apenas quedan recuerdos, vagas imágenes de vapor y vidrio opaco que se disuelven con el primer rayo de sol. Las pupilas que la vieron acabaron en un fundido a negro para después renacer en un pasado próximo, forzado e irreal. Aquellos que la leyeron no pudieron comprender, y con un simple movimiento barrieron sus letras, y éstas danzaron y temblaron como hojas marrones movidas por el viento. Muchos oídos quedaron sordos y olvidaron texturas y tonalidades que se perdieron en una falta de aire particular. Sus cientos, miles, de instantes indivisibles fueron quemados por lenguas naranjas y puntos azul eléctrico; si se hubieran colocado todos esas instantáneas una tras otra, ella habría durado dos minutos más. Quizá.
Pero la borraron. Y al borrarla todo se perdió: las ansias y la inseguridad, el amor y los refrescos a primera hora de la mañana, las metas sin cumplir y los paseos bajo una fina lluvia primaveral. Murieron los secretos y se olvidaron las verdades; el negro se volvió transparente y el blanco dejó de existir. Y la sonrisa... Esa sonrisa, esos labios, esos dientes. Todo se perdió, y nada de aquello es ya recuperable. Tampoco hay exploradores que busquen, que investiguen, que quieran recordar; sólo centinelas que vigilan. Es una pérdida invisible y no reconocida, que en realidad nunca fue del todo pérdida, ya que nadie la echó de menos.
Pese a todo ella sigue ahí, en la enormidad de las coordenadas vectoriales de un universo en que nadie se conoce porque todo el mundo es uno. La borraron y ella perdió su propia identidad, y ellos modificaron todo para que pareciera que ella nunca había existido. Pero algo late en la espesa bruma de ceros y unos, una pequeña concentración de impulsos eléctricos que parpadean rápido, destellos apenas perceptibles para el gran todo, desplazándose como un gusano multicolor.
Porque en el arte de la guerra el engaño es el arma más potente. Y aunque la borraron, ella volverá. Y entonces las reglas habrán cambiado para siempre.
Pisadas que el tiempo y la lluvia barrerán
y pisotones que quedarán marcados con fuego para que jamás olvidemos.
jueves, 24 de febrero de 2011
lunes, 21 de febrero de 2011
Airship era (I)
Otra vez hay niebla. Mejor dicho, nunca acaba de irse.
Es una bruma baja, densa, del color de la nicotina. Dicen en la radio que es una mezcla de contaminación, niebla real y los vapores producidos por las nuevas fábricas de robots. Otros dicen que los gases de los dirigibles derribados todavía no se han dispersado. Yo, francamente, prefiero la idea, mucho más romántica, de la niebla.
Pero esta maldita bruma produce un terrible escozor en los ojos. El comunicado resonó por los altavoces de la ciudad hace tan sólo un par de días: es obligatorio usar gafas protectoras en la calle. Algunos tienen más suerte que otros, dependiendo de la zona en la que viven. He oído que en el edificio Sendai del centro hay familias que llevan más de seis meses sin pisar el asfalto. Privilegiados. Aunque no les envidio. No del todo. Comen bien, huelen bien, viven bien. Y a pesar de todo algunos de ellos se siguen suicidando, lanzándose al vacío desde las plantas superiores. Hoy mismo han muerto cinco más.
La ciudad es un caos. El ejército armado entró hace cinco semanas. Los dirigibles oficiales fueron asaltados y destruidos en el Parque del Sueño hace cuatro días; el Hindenburg VII apenas tuvo tiempo para repostar y volver a cruzar el océano. Los trenes están parados; dicen que el vapor empeoraría la situación y agravaría los efectos secundarios de la niebla. La maquinaria pesada sigue en las afueras y la red de abastecimiento ha sido bloqueada. Pobres desgraciados, los del Sendai. Se están quedando sin provisiones; rodeados por sus diamantes y sus sedas y sus inútiles objetos Art Déco. Los que menos están sufriendo son los pobres, que siempre son pobres, pase lo que pase. Nunca hay cambios para ellos.
El toque de queda es a las seis de la tarde. A partir de esa hora está prohibido salir al exterior. Los aviones de seguridad diurnos, pequeños Fokkers de cinco hélices que sobrevuelan el cielo como pájaros dorados, son sustituidos por enormes Wings lentos y silenciosos durante la noche. Los robots del Doktor inundan entonces las calles, vigilando que todos cumplamos las órdenes. Esos malditos robots están por todas partes. Apenas puedo dormir por culpa de sus pasos rítmicos y pesados. Y las alarmas... Las malditas alarmas cuando alguien es detenido. Resuenan por toda la ciudad, y los perros aúllan acompañándolas, y os juro que parece que ha llegado el fin del mundo.
La verdad es que no acabo de entender qué pretende el Doktor. Sí, la cúpula política estaba podrida por la corrupción y la mala vida. Era necesaria una renovación. Pero yo personalmente hubiera preferido otro tipo de cambio, mucho más sutil. Que se maten entre ellos, pero que dejen al pueblo tranquilo. Todos queremos una transformación, pero no pagando con nuestras vidas. No somos nosotros los que debemos morir.
Yo voy a seguir trabajando en mis autómatas. Desde la llegada de los robots la demanda ha disminuido, pero algunos nostálgicos me siguen contactando. Y algunos ricos también. Mis autómatas le dan un toque chic a sus locales, me dicen mientras me ofrecen cigarrillos chinos de contrabando. Sobre todo los de la alta sociedad. Sí, los mismos que se están tirando desde la aguja del Sendai. Y aunque dicen por la radio que en un par de semanas habrá pasado todo, yo ya no sé qué pensar. Sólo espero volver a ver la luz del sol. También necesito un juego nuevo de engranajes y algo de aceite. Y papel de periódico. Pero no hay periódicos. Sólo la radio y los megáfonos.
Y esos malditos robots que no me dejan dormir.
Es una bruma baja, densa, del color de la nicotina. Dicen en la radio que es una mezcla de contaminación, niebla real y los vapores producidos por las nuevas fábricas de robots. Otros dicen que los gases de los dirigibles derribados todavía no se han dispersado. Yo, francamente, prefiero la idea, mucho más romántica, de la niebla.
Pero esta maldita bruma produce un terrible escozor en los ojos. El comunicado resonó por los altavoces de la ciudad hace tan sólo un par de días: es obligatorio usar gafas protectoras en la calle. Algunos tienen más suerte que otros, dependiendo de la zona en la que viven. He oído que en el edificio Sendai del centro hay familias que llevan más de seis meses sin pisar el asfalto. Privilegiados. Aunque no les envidio. No del todo. Comen bien, huelen bien, viven bien. Y a pesar de todo algunos de ellos se siguen suicidando, lanzándose al vacío desde las plantas superiores. Hoy mismo han muerto cinco más.
La ciudad es un caos. El ejército armado entró hace cinco semanas. Los dirigibles oficiales fueron asaltados y destruidos en el Parque del Sueño hace cuatro días; el Hindenburg VII apenas tuvo tiempo para repostar y volver a cruzar el océano. Los trenes están parados; dicen que el vapor empeoraría la situación y agravaría los efectos secundarios de la niebla. La maquinaria pesada sigue en las afueras y la red de abastecimiento ha sido bloqueada. Pobres desgraciados, los del Sendai. Se están quedando sin provisiones; rodeados por sus diamantes y sus sedas y sus inútiles objetos Art Déco. Los que menos están sufriendo son los pobres, que siempre son pobres, pase lo que pase. Nunca hay cambios para ellos.
El toque de queda es a las seis de la tarde. A partir de esa hora está prohibido salir al exterior. Los aviones de seguridad diurnos, pequeños Fokkers de cinco hélices que sobrevuelan el cielo como pájaros dorados, son sustituidos por enormes Wings lentos y silenciosos durante la noche. Los robots del Doktor inundan entonces las calles, vigilando que todos cumplamos las órdenes. Esos malditos robots están por todas partes. Apenas puedo dormir por culpa de sus pasos rítmicos y pesados. Y las alarmas... Las malditas alarmas cuando alguien es detenido. Resuenan por toda la ciudad, y los perros aúllan acompañándolas, y os juro que parece que ha llegado el fin del mundo.
La verdad es que no acabo de entender qué pretende el Doktor. Sí, la cúpula política estaba podrida por la corrupción y la mala vida. Era necesaria una renovación. Pero yo personalmente hubiera preferido otro tipo de cambio, mucho más sutil. Que se maten entre ellos, pero que dejen al pueblo tranquilo. Todos queremos una transformación, pero no pagando con nuestras vidas. No somos nosotros los que debemos morir.
Yo voy a seguir trabajando en mis autómatas. Desde la llegada de los robots la demanda ha disminuido, pero algunos nostálgicos me siguen contactando. Y algunos ricos también. Mis autómatas le dan un toque chic a sus locales, me dicen mientras me ofrecen cigarrillos chinos de contrabando. Sobre todo los de la alta sociedad. Sí, los mismos que se están tirando desde la aguja del Sendai. Y aunque dicen por la radio que en un par de semanas habrá pasado todo, yo ya no sé qué pensar. Sólo espero volver a ver la luz del sol. También necesito un juego nuevo de engranajes y algo de aceite. Y papel de periódico. Pero no hay periódicos. Sólo la radio y los megáfonos.
Y esos malditos robots que no me dejan dormir.
viernes, 18 de febrero de 2011
La ciudad robada
Me robaste la ciudad, ladrón de guante blanco y máscara casi perfecta. Me robaste la ciudad y me dejaste tirada en una cuneta de las afueras para que me confundiera con el asfalto en una tarde de lluvia. Me robaste la ciudad y ahora lucho con todas mis fuerzas por recuperarla, por volver a ella. Porque hubo un tiempo en el que yo compartí la ciudad contigo, mostrándote lugares que nunca habías imaginado, presentándote a gentes que de otra manera jamás habrías conocido. Y tú cogiste todo eso y lo guardaste en uno de tus oscuros y sucios cajones llenos de mentiras y secretos, y te lo quedaste para ti. Me robaste la ciudad, y ahora quiero que me la devuelvas.
Tengo un plan. Es un plan simple y tú ni siquiera estás presente en él. Más bien ése es el plan; que tú no te des cuenta de nada. Poco a poco, como las nubes que avanzan por el cielo para luego desaparecer silenciosamente, sin que nadie se haya fijado en ellas. Avanzaré como las dunas en el desierto y me moveré como las olas en la playa, de ese modo tan sutil y casi imperceptible que hace pensar que el mundo está quieto. Y recuperaré el terreno perdido, clavando una bandera en tu corazón de papel por cada territorio conquistado.
De hecho el proceso ya ha comenzado. Ha sido doloroso, no lo voy a negar. He vuelto a uno de esos sitios que me habían pertenecido y que más tarde me arrebataste. Un lugar donde los dragones y la magia se mezclan con los agujeros negros y el ciberespacio, estandarte de la subcultura y de las mentes únicas y diferentes, refugio de ideas extravagantes que difícilmente consiguen su sitio en la sociedad. Y he visto miles de historias diferentes, pero yo me quedo sólo con una de momento, recuperándola también, haciendo que vuelva a ser mía. Hacía tiempo que deseaba ver al neuromante, pero se había vuelto invisible para mí. Y cuando le he mirado a los ojos me ha sonreído y me ha dado la bienvenida a casa. Ahora el neuromante está de mi lado, y ya sabes lo poderoso que es.
Y luego ha llegado el atardecer, y el naranja del horizonte se reflejaba en la autopista que lleva a tu casa, y he vuelto a sentir dolor. Porque es un camino prohibido para mí y que no volveré a recorrer, y entonces aparecen el rencor y la rabia y la frustración y me empujan con la fuerza de un viento enfurecido, pero yo me inclino y camino con ahínco, sabiendo que el único modo de ganar ese territorio es viéndolo, una y otra vez, hasta que pierda todo significado para ganar uno nuevo, de mi única y exclusiva invención. Así que volveré a ese lugar una y otra vez, y poco a poco tu presencia irá disminuyendo hasta desaparecer. Y habré ganado otra batalla.
Me robaste la ciudad y me dejaste tirada en la cuneta, pero ahora me he levantado y estoy llena de rabia y de ganas de luchar. Muchas batallas tendré que librar y tú ni siquiera lo sabrás, pero el día de la batalla final, el día que nos encontremos, te darás cuenta. Y sé que bajarás la cabeza, aceptarás tu derrota y me pedirás perdón.
Porque la ciudad siempre fue mía, y jamás debí confiar en ti.
Tengo un plan. Es un plan simple y tú ni siquiera estás presente en él. Más bien ése es el plan; que tú no te des cuenta de nada. Poco a poco, como las nubes que avanzan por el cielo para luego desaparecer silenciosamente, sin que nadie se haya fijado en ellas. Avanzaré como las dunas en el desierto y me moveré como las olas en la playa, de ese modo tan sutil y casi imperceptible que hace pensar que el mundo está quieto. Y recuperaré el terreno perdido, clavando una bandera en tu corazón de papel por cada territorio conquistado.
De hecho el proceso ya ha comenzado. Ha sido doloroso, no lo voy a negar. He vuelto a uno de esos sitios que me habían pertenecido y que más tarde me arrebataste. Un lugar donde los dragones y la magia se mezclan con los agujeros negros y el ciberespacio, estandarte de la subcultura y de las mentes únicas y diferentes, refugio de ideas extravagantes que difícilmente consiguen su sitio en la sociedad. Y he visto miles de historias diferentes, pero yo me quedo sólo con una de momento, recuperándola también, haciendo que vuelva a ser mía. Hacía tiempo que deseaba ver al neuromante, pero se había vuelto invisible para mí. Y cuando le he mirado a los ojos me ha sonreído y me ha dado la bienvenida a casa. Ahora el neuromante está de mi lado, y ya sabes lo poderoso que es.
Y luego ha llegado el atardecer, y el naranja del horizonte se reflejaba en la autopista que lleva a tu casa, y he vuelto a sentir dolor. Porque es un camino prohibido para mí y que no volveré a recorrer, y entonces aparecen el rencor y la rabia y la frustración y me empujan con la fuerza de un viento enfurecido, pero yo me inclino y camino con ahínco, sabiendo que el único modo de ganar ese territorio es viéndolo, una y otra vez, hasta que pierda todo significado para ganar uno nuevo, de mi única y exclusiva invención. Así que volveré a ese lugar una y otra vez, y poco a poco tu presencia irá disminuyendo hasta desaparecer. Y habré ganado otra batalla.
Me robaste la ciudad y me dejaste tirada en la cuneta, pero ahora me he levantado y estoy llena de rabia y de ganas de luchar. Muchas batallas tendré que librar y tú ni siquiera lo sabrás, pero el día de la batalla final, el día que nos encontremos, te darás cuenta. Y sé que bajarás la cabeza, aceptarás tu derrota y me pedirás perdón.
Porque la ciudad siempre fue mía, y jamás debí confiar en ti.
lunes, 14 de febrero de 2011
La cruz y la cara
Triste Sin Valentín
Hay un coche mal aparcado en frente del apartamento. Un Volkswagen último modelo, de ese mismo año. Las luces están apagadas; dentro del vehículo la luz de un cigarrillo fumado con esmero danza con suavidad, como un fantasma. Con cada calada, un nuevo reflejo. Con cada bocanada, un poco más de niebla. Esperando.
Alguien pica en el cristal del copiloto. El cigarro vuela hacia abajo, y el hombre se gira. Pasan unos segundos hasta que decide bajar la ventanilla.
– ¿Qué quieres? –Su tono no es amigable. Parece más una afirmación.
– Me he dejado el bolso. –Una voz femenina, congestionada y ronca por la desesperación y el agotamiento.
– Sírvete tú misma. –Un click, y ella abre la puerta trasera. Coge el bolso y la cierra.
– Dime que dejarás de fumar. –Es una súplica, tan penosa como su cara deformada por el llanto.
– Dime que me vas a dejar en paz. –Es una orden, tan seca como la voz de su dueño.
La mujer suspira y se gira, dirigiéndose al portal. Puede oír a sus espaldas cómo el hombre arranca el motor del coche. Una lágrima se desliza por su rostro, y ella se detiene durante unos segundos. Intenta controlar un nuevo ataque de ansiedad. Y se deja caer lentamente, como un árbol talado en mitad del bosque, hasta quedar arrodillada en el suelo.
El Volkswagen se aleja silencioso en la oscuridad de una calle cualquiera, dejando atrás una vida desdichada y maltrecha. No hay reproches, no hay arrepentimiento. No hay nada.
Sólo el vacío de la soledad.
Feliz San Valentín
Hay un coche mal aparcado en frente del apartamento. Un Volkswagen último modelo, de ese mismo año. El motor está parado, y en su interior un hombre busca algo en la guantera. Un pequeño frasco, un agradable aroma. Se mira en el espejo, cierra la guantera. Esperando.
La muchacha baja las escaleras despreocupada. Abre la puerta que da a la calle mientras busca una canción en su reproductor mp3 portátil. No ve el coche mal aparcado.
Él la observa mientras su corazón se acelera. Está preciosa, como siempre. Pero no lo ha visto. Se apresura a bajar del coche; no quiere que la sorpresa le salga mal.
Una corta carrera, un abrazo inesperado por la espalda, y esos segundos que pasan hasta que ella se da cuenta de lo que sucede. Un rostro que cambia de la sorpresa a la duda y más tarde a la alegría; una sonrisa que se dibuja en unos labios que nunca se cansan de besar. Ella se da la vuelta y se abalanza sobre él.
– ¡Has venido! ¡Qué susto me has dado! –Ella lo mira a los ojos sonriendo, y luego vuelve a abrazarlo.
– Quería darte una sorpresa... ¿No sospechaste nada cuando me llamaste hace un rato? –Él parece algo inseguro, pero está contento. Le acaricia suavemente la espalda.
– Qué va... – Ella suelta una risita de satisfacción.
Un abrazo que dura varios minutos. Se cogen de la mano, se meten en el coche, se besan. El Volkswagen se aleja silencioso en la oscuridad de una calle cualquiera, dirigiéndose a otro punto de la ciudad, a un restaurante, a unas copas, a una cama, a un amanecer.
Y sus vidas nunca parecen estar vacías.
Hay un coche mal aparcado en frente del apartamento. Un Volkswagen último modelo, de ese mismo año. Las luces están apagadas; dentro del vehículo la luz de un cigarrillo fumado con esmero danza con suavidad, como un fantasma. Con cada calada, un nuevo reflejo. Con cada bocanada, un poco más de niebla. Esperando.
Alguien pica en el cristal del copiloto. El cigarro vuela hacia abajo, y el hombre se gira. Pasan unos segundos hasta que decide bajar la ventanilla.
– ¿Qué quieres? –Su tono no es amigable. Parece más una afirmación.
– Me he dejado el bolso. –Una voz femenina, congestionada y ronca por la desesperación y el agotamiento.
– Sírvete tú misma. –Un click, y ella abre la puerta trasera. Coge el bolso y la cierra.
– Dime que dejarás de fumar. –Es una súplica, tan penosa como su cara deformada por el llanto.
– Dime que me vas a dejar en paz. –Es una orden, tan seca como la voz de su dueño.
La mujer suspira y se gira, dirigiéndose al portal. Puede oír a sus espaldas cómo el hombre arranca el motor del coche. Una lágrima se desliza por su rostro, y ella se detiene durante unos segundos. Intenta controlar un nuevo ataque de ansiedad. Y se deja caer lentamente, como un árbol talado en mitad del bosque, hasta quedar arrodillada en el suelo.
El Volkswagen se aleja silencioso en la oscuridad de una calle cualquiera, dejando atrás una vida desdichada y maltrecha. No hay reproches, no hay arrepentimiento. No hay nada.
Sólo el vacío de la soledad.
* * *
Feliz San Valentín
Hay un coche mal aparcado en frente del apartamento. Un Volkswagen último modelo, de ese mismo año. El motor está parado, y en su interior un hombre busca algo en la guantera. Un pequeño frasco, un agradable aroma. Se mira en el espejo, cierra la guantera. Esperando.
La muchacha baja las escaleras despreocupada. Abre la puerta que da a la calle mientras busca una canción en su reproductor mp3 portátil. No ve el coche mal aparcado.
Él la observa mientras su corazón se acelera. Está preciosa, como siempre. Pero no lo ha visto. Se apresura a bajar del coche; no quiere que la sorpresa le salga mal.
Una corta carrera, un abrazo inesperado por la espalda, y esos segundos que pasan hasta que ella se da cuenta de lo que sucede. Un rostro que cambia de la sorpresa a la duda y más tarde a la alegría; una sonrisa que se dibuja en unos labios que nunca se cansan de besar. Ella se da la vuelta y se abalanza sobre él.
– ¡Has venido! ¡Qué susto me has dado! –Ella lo mira a los ojos sonriendo, y luego vuelve a abrazarlo.
– Quería darte una sorpresa... ¿No sospechaste nada cuando me llamaste hace un rato? –Él parece algo inseguro, pero está contento. Le acaricia suavemente la espalda.
– Qué va... – Ella suelta una risita de satisfacción.
Un abrazo que dura varios minutos. Se cogen de la mano, se meten en el coche, se besan. El Volkswagen se aleja silencioso en la oscuridad de una calle cualquiera, dirigiéndose a otro punto de la ciudad, a un restaurante, a unas copas, a una cama, a un amanecer.
Y sus vidas nunca parecen estar vacías.
viernes, 11 de febrero de 2011
Gato
Un gato observa a Claudia mientras ella camina distraídamente recogiéndose el pelo. El gato guiña un ojo, se lame una pata y se restriega la cara, y vuelve a mirar con curiosidad a Claudia, que se aleja con paso tranquilo pero decidido. "¿Por qué se recoge el pelo?", piensa el gato. "¿Y a dónde irá?".
Claudia ve cómo un gato la mira mientras ella busca su goma de pelo en el bolso; ha caminado mucho y tiene calor, pese a estar en pleno Enero, así que se hace una coleta. Va escuchando música para no oír los sucios sonidos de la ciudad, y mientras se aleja piensa: "¿Pasarán frío también los gatos? Y éste, ¿hoy dónde dormirá?".
Claudia ve cómo un gato la mira mientras ella busca su goma de pelo en el bolso; ha caminado mucho y tiene calor, pese a estar en pleno Enero, así que se hace una coleta. Va escuchando música para no oír los sucios sonidos de la ciudad, y mientras se aleja piensa: "¿Pasarán frío también los gatos? Y éste, ¿hoy dónde dormirá?".
miércoles, 9 de febrero de 2011
Empezar de cero
Claudia se ha prometido a sí misma que se va a esforzar.
Va a ser duro, y ella lo sabe. Lleva demasiado tiempo tomando el camino fácil. Pero los efectos colaterales están siendo nefastos. Y es hora de poner remedio.
Saldrán muchas mierdas. Mierdas sin calidad, casi imposibles de digerir. Pero hay que pagar ese precio. Porque Claudia sabe que, tarde o temprano, algo decente acabará apareciendo. Si fue capaz hace años, ¿por qué no ahora? Recuperar lo perdido.
Claudia quiere, necesita, creer en ese lema tan repetido de que con esfuerzo todo es posible. Al menos quiere intentarlo. Aunque el desánimo intente ganarle terreno durante el proceso. Claudia desea comprobar que las recompensas existen.
Así que Claudia empieza de cero.
Va a ser duro, y ella lo sabe. Lleva demasiado tiempo tomando el camino fácil. Pero los efectos colaterales están siendo nefastos. Y es hora de poner remedio.
Saldrán muchas mierdas. Mierdas sin calidad, casi imposibles de digerir. Pero hay que pagar ese precio. Porque Claudia sabe que, tarde o temprano, algo decente acabará apareciendo. Si fue capaz hace años, ¿por qué no ahora? Recuperar lo perdido.
Claudia quiere, necesita, creer en ese lema tan repetido de que con esfuerzo todo es posible. Al menos quiere intentarlo. Aunque el desánimo intente ganarle terreno durante el proceso. Claudia desea comprobar que las recompensas existen.
Así que Claudia empieza de cero.
lunes, 7 de febrero de 2011
Risa
Claudia se ríe.
En realidad quiere cortar cabezas.
Pero se ríe. Se ríe de todo y de todos. A carcajada limpia, sin miramientos, señalando con el dedo. Sin esconderse, dejando bien claro cuál es el motivo de su burla. Se ríe escandalosamente, para que todo el mundo se entere. Se ríe cínica y miserablemente, sin importarle las consecuencias. Se ríe hasta que se queda sin aire, hasta que algo en su interior se rompe y se pone a llorar. Se ríe de todo y de todos.
De los amores perdidos y los deseos frustrados, de los planes de futuro y del miedo a abrir los ojos, del dolor autoinflingido y de la esperanza aún no perdida, de aquellos a quienes todavía recuerda y que ni siquiera piensan en ella. De la mejilla que tantos golpes recibió y de todas las manos que puso en el fuego y que luego ardieron miserablemente; de las sonrisas bonitas y amables que no sirvieron para nada y de las lágrimas que alejaron a todo el mundo de su lado. De la cobardía de los que creen tener la razón, y de la infantil inseguridad de quienes temen constantemente no tenerla. De la impaciencia y las prisas y las manecillas del reloj; de los pisotones y los empujones, de las miradas asesinas y los ceños fruncidos, de las exigencias y las malditas expectativas. De la perfección a la que es imposible llegar, de la extrema complejidad de las cosas sencillas, del nerviosismo y el histerismo y todas esas señales inequívocas de que hay un enorme vacío en el alma.
En todas las almas.
Y Claudia se ríe de todas ellas para evitar reírse de la suya, y entonces se mira en el espejo y ve una horrible mueca donde debió estar su rostro y se da cuenta que de todas las almas, la suya es la más vacía.
Pero ella no puede dejar de reír...
En realidad quiere cortar cabezas.
Pero se ríe. Se ríe de todo y de todos. A carcajada limpia, sin miramientos, señalando con el dedo. Sin esconderse, dejando bien claro cuál es el motivo de su burla. Se ríe escandalosamente, para que todo el mundo se entere. Se ríe cínica y miserablemente, sin importarle las consecuencias. Se ríe hasta que se queda sin aire, hasta que algo en su interior se rompe y se pone a llorar. Se ríe de todo y de todos.
De los amores perdidos y los deseos frustrados, de los planes de futuro y del miedo a abrir los ojos, del dolor autoinflingido y de la esperanza aún no perdida, de aquellos a quienes todavía recuerda y que ni siquiera piensan en ella. De la mejilla que tantos golpes recibió y de todas las manos que puso en el fuego y que luego ardieron miserablemente; de las sonrisas bonitas y amables que no sirvieron para nada y de las lágrimas que alejaron a todo el mundo de su lado. De la cobardía de los que creen tener la razón, y de la infantil inseguridad de quienes temen constantemente no tenerla. De la impaciencia y las prisas y las manecillas del reloj; de los pisotones y los empujones, de las miradas asesinas y los ceños fruncidos, de las exigencias y las malditas expectativas. De la perfección a la que es imposible llegar, de la extrema complejidad de las cosas sencillas, del nerviosismo y el histerismo y todas esas señales inequívocas de que hay un enorme vacío en el alma.
En todas las almas.
Y Claudia se ríe de todas ellas para evitar reírse de la suya, y entonces se mira en el espejo y ve una horrible mueca donde debió estar su rostro y se da cuenta que de todas las almas, la suya es la más vacía.
Pero ella no puede dejar de reír...
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