Silencio. Un vaso que poco a poco se vacía, de manera apenas perceptible. El frío que siempre vuelve, exigiendo quedarse. Una flor que se pudre por exceso de agua y falta de cariño. Unas pilas que se agotan y una mecha que ya no prende. Puro silencio.
Las palabras ya no se escapan como antaño. Aguardan agazapadas tras la puerta, observando, esperando. El plomizo halo que las envuelve las transforma en vocablos antiguos, gastados, cansados, fantasmales. Y por cada mes que termina, una palabra se desvanece en el olvido y otra pierde brillo.
Ocho meses y seis días, y el teclado parece cobrar vida escribiendo letras cuyas teclas no han sido pulsadas. Términos equivocados, pobres, sin sombra ni profundidad, oxidados. Algo golpea la puerta desde hace unos días, pero aún es demasiado pronto. Porque está todo mezclado, enmarañado, confuso. Pondremos un poco de agua a calentar, para que el vapor ayude a separar las ideas sin dañarlas.
El resultado puede ser maravilloso. De momento queda el silencio que, poco a poco, se va rompiendo...
Pisadas que el tiempo y la lluvia barrerán
y pisotones que quedarán marcados con fuego para que jamás olvidemos.
martes, 27 de noviembre de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
Despertar
Se despertó con fiebre y un lagarto en la rodilla izquierda. No se sorprendió. Le puso nombre al lagarto, pero lo olvidó a los dos minutos. También le puso nombre al termómetro, aunque nunca llegó a presentarlos. Siempre se le dieron mal las relaciones sociales. Por eso, cuando se cayó de la cama, no pensó en llamar a nadie. Total, no se estaba tan mal en el suelo, y tampoco había nadie a quien llamar. Cuando el lagarto le susurró la temperatura al oído, él sólo quiso fumarse un cigarrillo. Obediente, el perro que había enterrado treinta años atrás en el jardín de su antigua casa le acercó el tabaco moviendo el rabo. Él le respondió con un gruñido; no le gustaba recordar su viejo hogar. Cuando prendió la llama del encendedor, la explosión catapultó a las asustadas palomas hacia el cielo lluvioso y triste de una ciudad abandonada que, finalmente, había quedado en paz. Y él, ardiendo en mitad de su dormitorio, murió con un suspiro resignado.
A la mañana siguiente, se despertó con migraña y una rata en la mano derecha. No se sorprendió. Le puso nombre a la rata pero lo olvidó a los dos minutos...
A la mañana siguiente, se despertó con migraña y una rata en la mano derecha. No se sorprendió. Le puso nombre a la rata pero lo olvidó a los dos minutos...
martes, 28 de febrero de 2012
En el horizonte
Veinte minutos de rutinario trayecto después, salió a la superficie como quien sale del agua tras aguantar la respiración durante demasiado rato. Luego miró al cielo y, cuando encontró la Luna, sonrió y se preguntó cuántas miradas más se habrían despegado de fachadas y pantallas, de otros hombros y del suelo, para observar algo tan bello en esa tarde de invierno. Suspiró y siguió caminando con la vista alzada; Venus brillaba con intensidad también. Quizá, pensó, quizá un día disfrutaría de la aurora boreal... Quizá un día conseguiría ver Marte en el horizonte.
lunes, 27 de febrero de 2012
El aviso
"Aguerridos aventureros: Estáis a punto de dar un paso muy importante en esta historia. El suelo que ahora pisáis es el acceso al inframundo, a vuestras más aterradoras pesadillas. La puerta que tenéis delante quizás, y sólo quizás, sea vuestra redención. No os equivoquéis al llamar, o caeréis al más horrible de los infiernos. Quedáis advertidos".
Los avisó. Los avisó con la mejor de las intenciones, pero ellos no hicieron caso. Despreocupados y entre risas, llamaron. Y se equivocaron, una y otra vez. Por eso ahora, en una soleada tarde de un viernes cualquiera, dos cuerpos inertes yacen cubiertos de sangre sobre el asfalto. La gente lo mira horrorizada, y él ríe y ríe mientras se oyen las sirenas a lo lejos y el viento se lleva el folio de su aviso...
Los avisó. Los avisó con la mejor de las intenciones, pero ellos no hicieron caso. Despreocupados y entre risas, llamaron. Y se equivocaron, una y otra vez. Por eso ahora, en una soleada tarde de un viernes cualquiera, dos cuerpos inertes yacen cubiertos de sangre sobre el asfalto. La gente lo mira horrorizada, y él ríe y ríe mientras se oyen las sirenas a lo lejos y el viento se lleva el folio de su aviso...
viernes, 24 de febrero de 2012
Metro
¿Nunca habéis olido a sangre en el ambiente?
Hay alguien que sí lo hace. Es un hombre, poco más de treinta años, alto, pelo largo y negro, ojos también negros. Va al gimnasio, o tal vez sólo lleva una bolsa con el nombre de un gimnasio al que nunca ha ido y al que nunca irá. Lleva un libro abierto en las manos, un clásico inglés del siglo diecinueve, pero no está leyendo; no puede concentrarse. Sentada a su derecha, una mujer: aproximadamente cincuenta años, seguramente ochenta kilos, indudablemente mucho dinero y poco civismo. A su izquierda, un chico de veinte años y unos sesenta kilos cabecea atrapado por una música con el volumen demasiado alto.
El vagón se pone en marcha. La mujer de su derecha se pone a toser e intenta incorporarse. El chico de su izquierda parece estar dormido. A la mujer le cuesta levantarse; el resto de personas del vagón la miran fijamente, preguntándose: ‘¿Lo conseguirá?’, pero nadie se mueve para ayudarla. La mujer resopla desagradablemente y al fin consigue sujetarse a la barra vertical que tiene delante, gruñendo y golpeando a quien se encuentra a su paso. Arrastrando los pies hasta la puerta, impide el paso a un hombre muy mayor que necesita sentarse. El hombre mayor respira con dificultad, pero ya es demasiado tarde: una chica embarazada, de unos veinticinco años, ha logrado sentarse en el hueco que ha dejado antes la mujer. La gente de rostros grises sigue mirando sin ver; el hombre presiente una arcada. Cuando el vagón se detiene, una multitud gris empuja para salir mientras otra multitud gris lucha por entrar. En una de las puertas un hombre grita algo referente a la buena educación y a las prisas. Nadie le contesta.
El hombre cierra el libro, coge la bolsa del gimnasio con una mano, se levanta y se dirige al fondo del vagón, imaginando la caza por un asiento libre que se produce a sus espaldas. Alza su mirada al techo para no verla; sobre su cabeza, una luz blanca y aséptica que le daña los ojos se filtra a través de agresivas barras metálicas que parecen dientes preparados para morder. Nadie habla en el vagón. En otras ocasiones se encuentra con parejas que hablan de trabajo, de dinero, de los hijos, de las vacaciones. Conversaciones grises en un mundo gris para intentar alegrar el corazón de los pobres.
Pero en esta ocasión los pobres van solos. De hecho, el metro, ese gran paso adelante de la tecnología y la comodidad, se ha convertido en el medio de transporte de la clase obrera, de los fantasmas sin cadenas, de trajes de noche baratos y de mentes sin educación. O tal vez, piensa el tipo, lo estoy viendo todo demasiado gris... Son sus caras. Esas caras amargadas, cansadas, agobiadas, grises. Esas miradas tristes, enfadadas, serias.
El hombre se abre paso a trompicones hasta llegar a la puerta. Bajará en la siguiente parada. Se siente observado por esa multitud de ojos que no ven, de palabras que no se dicen, de alegría inexistente. Cuando el metro se detiene y se abren las puertas, los pasajeros lo miran con desdén, convenciéndose a sí mismos de que ellos son mucho mejores, más felices. Cuando las puertas se cierran, el hombre deja de ser una atracción y una molestia, y ya nadie piensa en él. Y él subirá las escaleras aguantando las arcadas hasta salir a la superficie, a ese exterior gris y sucio, y dará una amplia bocanada de aire, intentando relajarse y repitiéndose por enésima vez que es hora de acudir a un médico. Entonces el hombre empezará a caminar por las calles de una ciudad hueca en un día triste de lluvia, pensando...
Porque huele vuestra sangre, y apesta.
Hay alguien que sí lo hace. Es un hombre, poco más de treinta años, alto, pelo largo y negro, ojos también negros. Va al gimnasio, o tal vez sólo lleva una bolsa con el nombre de un gimnasio al que nunca ha ido y al que nunca irá. Lleva un libro abierto en las manos, un clásico inglés del siglo diecinueve, pero no está leyendo; no puede concentrarse. Sentada a su derecha, una mujer: aproximadamente cincuenta años, seguramente ochenta kilos, indudablemente mucho dinero y poco civismo. A su izquierda, un chico de veinte años y unos sesenta kilos cabecea atrapado por una música con el volumen demasiado alto.
El vagón se pone en marcha. La mujer de su derecha se pone a toser e intenta incorporarse. El chico de su izquierda parece estar dormido. A la mujer le cuesta levantarse; el resto de personas del vagón la miran fijamente, preguntándose: ‘¿Lo conseguirá?’, pero nadie se mueve para ayudarla. La mujer resopla desagradablemente y al fin consigue sujetarse a la barra vertical que tiene delante, gruñendo y golpeando a quien se encuentra a su paso. Arrastrando los pies hasta la puerta, impide el paso a un hombre muy mayor que necesita sentarse. El hombre mayor respira con dificultad, pero ya es demasiado tarde: una chica embarazada, de unos veinticinco años, ha logrado sentarse en el hueco que ha dejado antes la mujer. La gente de rostros grises sigue mirando sin ver; el hombre presiente una arcada. Cuando el vagón se detiene, una multitud gris empuja para salir mientras otra multitud gris lucha por entrar. En una de las puertas un hombre grita algo referente a la buena educación y a las prisas. Nadie le contesta.
El hombre cierra el libro, coge la bolsa del gimnasio con una mano, se levanta y se dirige al fondo del vagón, imaginando la caza por un asiento libre que se produce a sus espaldas. Alza su mirada al techo para no verla; sobre su cabeza, una luz blanca y aséptica que le daña los ojos se filtra a través de agresivas barras metálicas que parecen dientes preparados para morder. Nadie habla en el vagón. En otras ocasiones se encuentra con parejas que hablan de trabajo, de dinero, de los hijos, de las vacaciones. Conversaciones grises en un mundo gris para intentar alegrar el corazón de los pobres.
Pero en esta ocasión los pobres van solos. De hecho, el metro, ese gran paso adelante de la tecnología y la comodidad, se ha convertido en el medio de transporte de la clase obrera, de los fantasmas sin cadenas, de trajes de noche baratos y de mentes sin educación. O tal vez, piensa el tipo, lo estoy viendo todo demasiado gris... Son sus caras. Esas caras amargadas, cansadas, agobiadas, grises. Esas miradas tristes, enfadadas, serias.
El hombre se abre paso a trompicones hasta llegar a la puerta. Bajará en la siguiente parada. Se siente observado por esa multitud de ojos que no ven, de palabras que no se dicen, de alegría inexistente. Cuando el metro se detiene y se abren las puertas, los pasajeros lo miran con desdén, convenciéndose a sí mismos de que ellos son mucho mejores, más felices. Cuando las puertas se cierran, el hombre deja de ser una atracción y una molestia, y ya nadie piensa en él. Y él subirá las escaleras aguantando las arcadas hasta salir a la superficie, a ese exterior gris y sucio, y dará una amplia bocanada de aire, intentando relajarse y repitiéndose por enésima vez que es hora de acudir a un médico. Entonces el hombre empezará a caminar por las calles de una ciudad hueca en un día triste de lluvia, pensando...
Porque huele vuestra sangre, y apesta.
Escrito en abril de 2007.
miércoles, 15 de febrero de 2012
Energía estática
Estaba un poco cansada. No era un cansancio físico, ni siquiera mental. Era algo más similar al agotamiento emocional. Por eso recibía constantes descargas eléctricas. O quizá por recibirlas se encontraba tan cansada; no estaba segura.
Llegaba a casa y se quitaba la chaqueta de lana para escuchar la estática, esos cientos de relámpagos en miniatura restallando en el pequeño universo que pasaba las horas tan cerca de su piel. Un día probó lo que le habían dicho de apagar la luz y dejar los ojos abiertos mientras se desnudaba, y sintió miedo. Siempre le gustaron las tormentas, porque las respetaba, por el inmenso poder que desprendían. Ahora era capaz de crear pequeñas tormentas eléctricas en su dormitorio sin ni siquiera pretenderlo. Y no pudo evitar hablar de ello.
- Sí, es que últimamente voy muy cargada de energía estática.
"¿Energía?", pensaba tan solo acabar la frase para automáticamente corregirla antes de que nadie lo hiciera por ella. Siempre se equivocaba, sin quererlo, igual que no buscaba esas pequeñas tormentas eléctricas. "¿Por qué?", pensaba, "¿Por qué siempre digo 'energía estática' en vez de 'electricidad estática'?".
Encontró la respuesta el día en que se hartó de sentir esa presión en su espalda; no el típico peso de la ropa invernal, sino ese aplastamiento de sensaciones, como si manos invisibles la empujaran hacia abajo. Entonces se dio cuenta de que estaba demasiado susceptible, de que llegaba demasiado a menudo al borde del llanto. No estaba satisfecha con su día a día, aunque había aprendido con el paso de los años a reconocer la felicidad y a aceptar los momentos menos positivos como parte del ir y venir constante de la vida. No era electricidad lo que ella acumulaba, sino energía. Energía negativa que se posaba sobre sus hombros y la cubría como un moco espeso y viscoso. Era la energía de la inactividad, de la frustración y del roce producido por la constante lucha entre el egoísmo y el altruismo, en su incansable búsqueda del equilibrio. Era la energía de los eternos miedos infantiles, que no la llevaban hacia ninguna parte más que a sí misma, cerrando el círculo y cargándola de estática.
Por eso se equivocaba siempre y decía "energía" en vez de "electricidad". Y el día que lo vio claro, se quitó la chaqueta como otras tantas veces y esa vez no hubo tantos relámpagos.
Porque sabía que poco a poco todo volvería a ser pura electricidad.
Llegaba a casa y se quitaba la chaqueta de lana para escuchar la estática, esos cientos de relámpagos en miniatura restallando en el pequeño universo que pasaba las horas tan cerca de su piel. Un día probó lo que le habían dicho de apagar la luz y dejar los ojos abiertos mientras se desnudaba, y sintió miedo. Siempre le gustaron las tormentas, porque las respetaba, por el inmenso poder que desprendían. Ahora era capaz de crear pequeñas tormentas eléctricas en su dormitorio sin ni siquiera pretenderlo. Y no pudo evitar hablar de ello.
- Sí, es que últimamente voy muy cargada de energía estática.
"¿Energía?", pensaba tan solo acabar la frase para automáticamente corregirla antes de que nadie lo hiciera por ella. Siempre se equivocaba, sin quererlo, igual que no buscaba esas pequeñas tormentas eléctricas. "¿Por qué?", pensaba, "¿Por qué siempre digo 'energía estática' en vez de 'electricidad estática'?".
Encontró la respuesta el día en que se hartó de sentir esa presión en su espalda; no el típico peso de la ropa invernal, sino ese aplastamiento de sensaciones, como si manos invisibles la empujaran hacia abajo. Entonces se dio cuenta de que estaba demasiado susceptible, de que llegaba demasiado a menudo al borde del llanto. No estaba satisfecha con su día a día, aunque había aprendido con el paso de los años a reconocer la felicidad y a aceptar los momentos menos positivos como parte del ir y venir constante de la vida. No era electricidad lo que ella acumulaba, sino energía. Energía negativa que se posaba sobre sus hombros y la cubría como un moco espeso y viscoso. Era la energía de la inactividad, de la frustración y del roce producido por la constante lucha entre el egoísmo y el altruismo, en su incansable búsqueda del equilibrio. Era la energía de los eternos miedos infantiles, que no la llevaban hacia ninguna parte más que a sí misma, cerrando el círculo y cargándola de estática.
Por eso se equivocaba siempre y decía "energía" en vez de "electricidad". Y el día que lo vio claro, se quitó la chaqueta como otras tantas veces y esa vez no hubo tantos relámpagos.
Porque sabía que poco a poco todo volvería a ser pura electricidad.
martes, 31 de enero de 2012
Volar...
Volar...
Volar rozando con la punta de las alas las lomas otoñales de un país lejano...
Volar notando la velocidad aplastándonos contra el asiento mientras miramos el mundo pasar bajo nuestros pies...
Volar inclinados sin apenas darnos cuenta, despegándonos del suelo, flotando...
Volar sobre la nada y bajo el cielo, entre nubes y relámpagos, de noche o de día, eso es lo de menos...
Volar para después aterrizar, con viento cruzado o en la más absoluta calma...
Y notar cómo el mundo huele diferente allá donde vamos.
Volar rozando con la punta de las alas las lomas otoñales de un país lejano...
Volar notando la velocidad aplastándonos contra el asiento mientras miramos el mundo pasar bajo nuestros pies...
Volar inclinados sin apenas darnos cuenta, despegándonos del suelo, flotando...
Volar sobre la nada y bajo el cielo, entre nubes y relámpagos, de noche o de día, eso es lo de menos...
Volar para después aterrizar, con viento cruzado o en la más absoluta calma...
Y notar cómo el mundo huele diferente allá donde vamos.
martes, 24 de enero de 2012
Puertas cerradas
Lo siento, no sé hacerlo mejor. Me peleo con las sábanas y muerdo dedos invisibles en un estúpido intento por controlar mi vida. Sudo un añejo dolor atemporal y mis múltiples sombras activan olvidadas sinapsis con sus movimientos de marionetista. Por eso tengo miedos que se transforman en pesadillas. Pero en realidad el cambio está cerca, tras cada una de esas puertas cerradas. Por todo eso, y por más cosas que de momento prefiero callar, te pido que me ayudes a abrirlas.
lunes, 23 de enero de 2012
Naranja reseca
El mundo se deshace lentamente, capa por capa, como una naranja reseca. Nuestros ojos no pueden apreciar lo que se mueve a unos escasos diez centímetros por encima de nuestras cabezas. Una nube de ceros y unos, de consciencia volátil e infinita sabiduría; una fina capa transparente de conocimientos y datos creados por y para nuestro bien, o mal, dependiendo de las manos en las que caiga. Un manto que todo lo cubre, modificándolo, enriqueciéndolo, volviéndolo complejo. Una masa informe que no está en ningún sitio y que está en todos los sitios a la vez, eliminando fronteras y cambiando el concepto del tiempo.
Y ahí está ella, saltando con soltura entre las sinapsis de millones de nodos, ahora a trescientos metros, luego a ocho mil kilómetros, yendo y viniendo en nanosegundos sin tener en cuenta las distancias, sólo el contenido. Forjándose una máscara más o menos fiel a la realidad, encontrándose con otras máscaras, con sólo ojos, o sólo narices, o sólo bocas o sólo orejas. Dedos invisibles de marionetista mueven los datos de un lugar a otro, replicando el mismo bit en miles de sitios a la vez, haciendo llegar lo que sea a quien quiera recibirlo. No mandan las leyes del mundo físico en este submundo superior, sino lo que sus paseantes desean y anhelan, creando y rehaciendo conceptos, modelos, ideas. Y ella tiene su propia parcela en ese terreno que en realidad es de todos, seleccionando de arriba y de abajo y de izquiera y de derecha lo que le interesa, delimitando su propio terreno virtual sin vallas, sin muros aparentes, mas los que su mente quiera tener.
No hay sangre en este plano etéreo, no hay hambre ni sed ni dolor, pero sí se desatan guerras. Entonces enormes torbellinos eléctricos se crean por doquier, y mientras come fideos chinos instantáneos ella teme como tantos otros que uno de esos torbellinos la arrastre hacia la nada. Porque la revolución está en otro plano, al menos en el primer mundo. Hay represión y censura y se lucha contra ellas con armas invisibles, y hay piratas sin parche en el ojo que rehacen las reglas, cuales Robin Hood digitales, regalando en la capa de datos, lucrándose en el mundo real. Las masas sedentarias ya no corren por las calles ni cosen con sus manos banderas que ondear en la multitud, pero luchan apoltronados en sofás y camas con impulsos enviados con silicona y coltán. Los conceptos cambian y lo que es malo en un plano, no lo es en el otro; un paso mal dado en uno provoca desastres en el otro, y a pesar de todo siguen separados, sin querer ayudarse mutuamente y aprender, enfadados siempre. Porque en realidad son dos mundos distintos que no se pueden regir por las mismas leyes.
Quizá llegue el día, piensa ella mientras bebe agua embotellada y se seca los labios con una servilleta de papel de colores, en que esa capa fina sobre sus cabezas se desplome y desaparezca, y entonces el mundo volverá a ser como antes, con sus problemas que se repiten y sus guerras sangrientas que nunca acaban. O quizá, y ella prefiere pensar en eso, al fin ese manto sea el que ayude a alzar las mentes físicas para llevarlas a otro nivel de comprensión, para cambiar la forma arcaica en la que funciona todavía el mundo, regido por un sistema echado a perder como una naranja reseca. Y ella querrá estar ahí junto con otros tantos millones de entes virtuales, observando y disfrutando de su creación.
A no ser, claro está, que la eliminen antes.
Y ahí está ella, saltando con soltura entre las sinapsis de millones de nodos, ahora a trescientos metros, luego a ocho mil kilómetros, yendo y viniendo en nanosegundos sin tener en cuenta las distancias, sólo el contenido. Forjándose una máscara más o menos fiel a la realidad, encontrándose con otras máscaras, con sólo ojos, o sólo narices, o sólo bocas o sólo orejas. Dedos invisibles de marionetista mueven los datos de un lugar a otro, replicando el mismo bit en miles de sitios a la vez, haciendo llegar lo que sea a quien quiera recibirlo. No mandan las leyes del mundo físico en este submundo superior, sino lo que sus paseantes desean y anhelan, creando y rehaciendo conceptos, modelos, ideas. Y ella tiene su propia parcela en ese terreno que en realidad es de todos, seleccionando de arriba y de abajo y de izquiera y de derecha lo que le interesa, delimitando su propio terreno virtual sin vallas, sin muros aparentes, mas los que su mente quiera tener.
No hay sangre en este plano etéreo, no hay hambre ni sed ni dolor, pero sí se desatan guerras. Entonces enormes torbellinos eléctricos se crean por doquier, y mientras come fideos chinos instantáneos ella teme como tantos otros que uno de esos torbellinos la arrastre hacia la nada. Porque la revolución está en otro plano, al menos en el primer mundo. Hay represión y censura y se lucha contra ellas con armas invisibles, y hay piratas sin parche en el ojo que rehacen las reglas, cuales Robin Hood digitales, regalando en la capa de datos, lucrándose en el mundo real. Las masas sedentarias ya no corren por las calles ni cosen con sus manos banderas que ondear en la multitud, pero luchan apoltronados en sofás y camas con impulsos enviados con silicona y coltán. Los conceptos cambian y lo que es malo en un plano, no lo es en el otro; un paso mal dado en uno provoca desastres en el otro, y a pesar de todo siguen separados, sin querer ayudarse mutuamente y aprender, enfadados siempre. Porque en realidad son dos mundos distintos que no se pueden regir por las mismas leyes.
Quizá llegue el día, piensa ella mientras bebe agua embotellada y se seca los labios con una servilleta de papel de colores, en que esa capa fina sobre sus cabezas se desplome y desaparezca, y entonces el mundo volverá a ser como antes, con sus problemas que se repiten y sus guerras sangrientas que nunca acaban. O quizá, y ella prefiere pensar en eso, al fin ese manto sea el que ayude a alzar las mentes físicas para llevarlas a otro nivel de comprensión, para cambiar la forma arcaica en la que funciona todavía el mundo, regido por un sistema echado a perder como una naranja reseca. Y ella querrá estar ahí junto con otros tantos millones de entes virtuales, observando y disfrutando de su creación.
A no ser, claro está, que la eliminen antes.
martes, 17 de enero de 2012
Apagón
Ella dormía cuando se fue la luz en el mundo.
Por eso no pudo evitar que los tomates se pudrieran poco a poco en la nevera. Tampoco vio cómo sus geranios iban perdiendo todos sus pétalos hasta secarse y morir. Las polillas se comieron su ropa y las arañas hilaron telas a su antojo mientras el polvo cubría lentamente las estanterías repletas de libros. Ni las sirenas de las ambulancias ni las hélices de los helicópteros, las explosiones de gas, los llantos de los niños y los aullidos de los perros la pudieron despertar. Más tarde, cuando el mundo quedó en silencio y los pájaros recuperaron al fin el cielo, las raíces de los árboles comenzaron a romper el asfalto de las calles, las olas barrieron las sucias arenas de las playas, los ríos se desbordaron e inundaron pueblos enteros, y la luna y las estrellas volvieron a iluminar las noches con su luz plateada.
Y mientras tanto ella dormía. Ajena a miles de variaciones solares y eclipses lunares, al frío y al calor, a las tormentas y los huracanes y los terremotos y los fuegos incontrolados, aún ahora respira con suavidad entre sus sábanas blancas.
Pero, ¡mirad!, está abriendo los ojos... ¿Estará despertando? ¿O acaso sigue soñando?
Por eso no pudo evitar que los tomates se pudrieran poco a poco en la nevera. Tampoco vio cómo sus geranios iban perdiendo todos sus pétalos hasta secarse y morir. Las polillas se comieron su ropa y las arañas hilaron telas a su antojo mientras el polvo cubría lentamente las estanterías repletas de libros. Ni las sirenas de las ambulancias ni las hélices de los helicópteros, las explosiones de gas, los llantos de los niños y los aullidos de los perros la pudieron despertar. Más tarde, cuando el mundo quedó en silencio y los pájaros recuperaron al fin el cielo, las raíces de los árboles comenzaron a romper el asfalto de las calles, las olas barrieron las sucias arenas de las playas, los ríos se desbordaron e inundaron pueblos enteros, y la luna y las estrellas volvieron a iluminar las noches con su luz plateada.
Y mientras tanto ella dormía. Ajena a miles de variaciones solares y eclipses lunares, al frío y al calor, a las tormentas y los huracanes y los terremotos y los fuegos incontrolados, aún ahora respira con suavidad entre sus sábanas blancas.
Pero, ¡mirad!, está abriendo los ojos... ¿Estará despertando? ¿O acaso sigue soñando?
viernes, 30 de diciembre de 2011
El canto del gorrión
Las ramas de una vid desnuda se mueven imperceptiblemente bajo el cielo plomizo de un mes de diciembre cualquiera. El aire helado se ha tomado un pequeño descanso tras descargar su furia el día anterior, pero las nubes ganaron la batalla y siguen cubriendo el cielo, amenazando tormenta. El mundo está tranquilo y las pocas personas que pasean por las calles de piedra y musgo se frotan las manos, dejando tras de sí al respirar tímidos rastros de vaho, como si fueran extrañas locomotoras a vapor. Una pareja camina cogida por la cintura, queriéndose demostrar afecto y darse calor.
- ¿Ya estás fisgando otra vez?
- Shhh... ¡No me dejas oír lo que dicen!
Un aleteo y la rama se mueve con algo más de intensidad.
- ¡Espera!...
La fría piedra del suelo se confunde en color y forma con los muros de la ciudadela. La puerta de un pequeño restaurante se abre y unas campanas tintinean; un grupo de palomas asustadas alza el vuelo rápidamente hasta posarse sobre las gárgolas de una vieja iglesia.
- Se dirigen hacia la puerta norte. Llegaron ayer en coche. Parecen muy felices.
- Como todos los que vienen por aquí en estas fechas. Y en pareja.
- Ya, pero estos dos me interesan especialmente. Quiero saber de qué hablan.
- ¿Por qué te sigues interesando por estas vidas que tan poco tienen que ver contigo?
- Bien sabes la respuesta. Y no pienso dejar de hacerlo sólo porque un viejo cascarrabias como tú no lo entienda.
- Lo que tú digas. Pero el día menos pensado te llevarás un susto.
- Yo soy rápida y ágil. Lo que en realidad temes es que te pase algo a ti. Siempre puedes optar por no seguirme. ¡Mira! ¡Se acercan!
Un silvido cansado.
- Shhhhh... Parece que están hablando de algo interesante... ¡Oh! ¡Son extranjeros!
- ¿En serio? Pues ya nos podemos ir; no vas a entender nada.
- ¡Espera! Reconozco el idioma...
El viento mueve las hojas caídas de un árbol centenario y su sonido se mezcla con un rápido aleteo a ran de suelo. Ella pisa despistada una de las hojas mientras extrae con dificultad su cámara fotográfica del bolso; parece que los guantes granates, a juego con su bufanda, entorpecen sus movimientos. La chica sonríe cuando él la besa en la punta de la nariz; luego le roba una foto a él, lo cual provoca un simpático gruñido. Ambos ríen, se abrazan y se besan. El mundo parece pararse en ese instante.
- No están precisamente habladores...
- ¿Pero acaso no es hermoso? ¡Mira como se aman! Ah... Me traen tantos recuerdos...
- Deberías dejar de soñar tanto. Es una total pérdida de tiempo.
- ¡Tú si que me haces perder el tiempo con tus estúpidas observaciones! Cómo se nota que ha pasado más tiempo para ti que para mí... Y la razón por la que me gusta tanto ver estas escenas, querido, es porque me ayudan a no perder mi memoria, mis recuerdos. Deberías pensar en hacer lo mismo.
- No echo de menos ningún detalle de mi pasado. Poco a poco me he acostumbrado a esto, e incluso diré más: me gusta. Y a ti te pasará lo mismo, por mucho que te empeñes en evitarlo.
- Tú eliges tu camino, yo elijo el mío. A ver a quién de los dos se le termina antes la eternidad. Mira, vuelven a moverse...
Cuando empiezan a caer las gotas, la muchacha mira hacia el cielo y sonríe. Es una lluvia fina, de esas que apenas mojan, de las que se confunden con el aguanieve. Ellos se cogen de la mano, se miran a los ojos y siguen caminando cuesta arriba; se detienen a mirar la carta plastificada de un restaurante, se preguntan qué significarán algunas de las palabras, él le traduce las que reconoce y, tras descartar el local, siguen caminando. Hablan y se besan y se hacen bromas; no hay sombra de preocupación en su rostro, al menos de momento.
- He visto esto tantas veces que no puedo alegrarme por ellos. A saber cuánto duran juntos.
- ¿Quieres dejar de ser tan negativo? Déjales disfrutar, aunque sólo dure unos meses, o unos pocos años, eso poco importa. El haberse conocido enriquecerá sus vidas y, si todo va bien, su final será feliz. No como el nuestro...
- Exacto, no como el nuestro. Sigue soñando...
- Quiero cantarles algo. Me acercaré un poco más...
- ¿Qué? ¡No, otra vez no! No me dejes atrás... ¡No te vayas ahora!
La muchacha se para en seco y gira la cabeza ligeramente hacia la derecha. Él la mira y le pregunta qué sucede; ella está concentrada y le hace un ademán con la mano para que guarde silencio. "¿Lo oyes?", dice en susurros. "¿El qué?", responde él, incrédulo. Ella no dice nada más y se quedan así durante unos segundos, hasta que se gira lentamente y los ve. Dos pequeños gorriones, uno algo más gordo que el otro, dando saltitos cerca de sus pies. Ella no se mueve por miedo a asustarlos. El más gordito se aleja rápidamente para posarse sobre el respaldo de un asiento de plástico sucio a unos metros de distancia, pero el más pequeño sigue saltando entre sus pies, alegre, entonando la más hermosa melodía que ella ha escuchado nunca. Cuando ella se agacha curiosa, el pequeño gorrión se queda muy quieto unos segundos, mirándola fijamente, y canta un poco más hasta que alza el vuelo, seguido con torpeza por su compañero. La chica se levanta desconcertada y de repente dos tímidas lágrimas acuden a sus ojos. No se siente triste ni nerviosa; simplemente se ha emocionado. Cuando él le pregunta qué sucede, ella sólo dice: "Los gorriones no pueden cantar así, ¿verdad?" mientras esconde su cabeza en el pecho de él, en un abrazo largo que los dos pajarillos observan desde lo alto de la muralla.
- ¿Por qué hiciste eso? ¿Estás loca? ¡Acabas de regalarle tu vida a una estúpida humana a quien ni siquiera conoces!
- No... No es una estúpida humana; es alguien especial. Ellos dos son especiales; creo que por eso les he regalado mi último canto. Ha sido mi elección, y bien sabes que debes respetarla. Y ahora toca partir... Hasta la próxima, querido amigo...
- ¿Pero por qué ella? ¿Y por qué ahora? Me habría gustado que te quedaras un poco más...
El pequeño cuerpo inerte cae con suavidad por la cara exterior de la muralla, rebotando contra la hierba y rodando cuesta abajo hasta detenerse a los pies de un coche. La lluvia arrecia y su compañero, triste y abatido, desaparece entre las copas de los árboles y canta triste la partida de su irritante aunque dulce compañera, preguntándose cuánto tiempo pasará hasta que se reencuentren una vez más. Mientras tanto, la pareja desaparece silenciosamente al girar una esquina, adentrándose con cada paso es un futuro incierto, sin saber que han sido elegidos y observados por dos viejas almas descarriadas. ¿Quién cree estos días en la eternidad?
- ¿Ya estás fisgando otra vez?
- Shhh... ¡No me dejas oír lo que dicen!
Un aleteo y la rama se mueve con algo más de intensidad.
- ¡Espera!...
La fría piedra del suelo se confunde en color y forma con los muros de la ciudadela. La puerta de un pequeño restaurante se abre y unas campanas tintinean; un grupo de palomas asustadas alza el vuelo rápidamente hasta posarse sobre las gárgolas de una vieja iglesia.
- Se dirigen hacia la puerta norte. Llegaron ayer en coche. Parecen muy felices.
- Como todos los que vienen por aquí en estas fechas. Y en pareja.
- Ya, pero estos dos me interesan especialmente. Quiero saber de qué hablan.
- ¿Por qué te sigues interesando por estas vidas que tan poco tienen que ver contigo?
- Bien sabes la respuesta. Y no pienso dejar de hacerlo sólo porque un viejo cascarrabias como tú no lo entienda.
- Lo que tú digas. Pero el día menos pensado te llevarás un susto.
- Yo soy rápida y ágil. Lo que en realidad temes es que te pase algo a ti. Siempre puedes optar por no seguirme. ¡Mira! ¡Se acercan!
Un silvido cansado.
- Shhhhh... Parece que están hablando de algo interesante... ¡Oh! ¡Son extranjeros!
- ¿En serio? Pues ya nos podemos ir; no vas a entender nada.
- ¡Espera! Reconozco el idioma...
El viento mueve las hojas caídas de un árbol centenario y su sonido se mezcla con un rápido aleteo a ran de suelo. Ella pisa despistada una de las hojas mientras extrae con dificultad su cámara fotográfica del bolso; parece que los guantes granates, a juego con su bufanda, entorpecen sus movimientos. La chica sonríe cuando él la besa en la punta de la nariz; luego le roba una foto a él, lo cual provoca un simpático gruñido. Ambos ríen, se abrazan y se besan. El mundo parece pararse en ese instante.
- No están precisamente habladores...
- ¿Pero acaso no es hermoso? ¡Mira como se aman! Ah... Me traen tantos recuerdos...
- Deberías dejar de soñar tanto. Es una total pérdida de tiempo.
- ¡Tú si que me haces perder el tiempo con tus estúpidas observaciones! Cómo se nota que ha pasado más tiempo para ti que para mí... Y la razón por la que me gusta tanto ver estas escenas, querido, es porque me ayudan a no perder mi memoria, mis recuerdos. Deberías pensar en hacer lo mismo.
- No echo de menos ningún detalle de mi pasado. Poco a poco me he acostumbrado a esto, e incluso diré más: me gusta. Y a ti te pasará lo mismo, por mucho que te empeñes en evitarlo.
- Tú eliges tu camino, yo elijo el mío. A ver a quién de los dos se le termina antes la eternidad. Mira, vuelven a moverse...
Cuando empiezan a caer las gotas, la muchacha mira hacia el cielo y sonríe. Es una lluvia fina, de esas que apenas mojan, de las que se confunden con el aguanieve. Ellos se cogen de la mano, se miran a los ojos y siguen caminando cuesta arriba; se detienen a mirar la carta plastificada de un restaurante, se preguntan qué significarán algunas de las palabras, él le traduce las que reconoce y, tras descartar el local, siguen caminando. Hablan y se besan y se hacen bromas; no hay sombra de preocupación en su rostro, al menos de momento.
- He visto esto tantas veces que no puedo alegrarme por ellos. A saber cuánto duran juntos.
- ¿Quieres dejar de ser tan negativo? Déjales disfrutar, aunque sólo dure unos meses, o unos pocos años, eso poco importa. El haberse conocido enriquecerá sus vidas y, si todo va bien, su final será feliz. No como el nuestro...
- Exacto, no como el nuestro. Sigue soñando...
- Quiero cantarles algo. Me acercaré un poco más...
- ¿Qué? ¡No, otra vez no! No me dejes atrás... ¡No te vayas ahora!
La muchacha se para en seco y gira la cabeza ligeramente hacia la derecha. Él la mira y le pregunta qué sucede; ella está concentrada y le hace un ademán con la mano para que guarde silencio. "¿Lo oyes?", dice en susurros. "¿El qué?", responde él, incrédulo. Ella no dice nada más y se quedan así durante unos segundos, hasta que se gira lentamente y los ve. Dos pequeños gorriones, uno algo más gordo que el otro, dando saltitos cerca de sus pies. Ella no se mueve por miedo a asustarlos. El más gordito se aleja rápidamente para posarse sobre el respaldo de un asiento de plástico sucio a unos metros de distancia, pero el más pequeño sigue saltando entre sus pies, alegre, entonando la más hermosa melodía que ella ha escuchado nunca. Cuando ella se agacha curiosa, el pequeño gorrión se queda muy quieto unos segundos, mirándola fijamente, y canta un poco más hasta que alza el vuelo, seguido con torpeza por su compañero. La chica se levanta desconcertada y de repente dos tímidas lágrimas acuden a sus ojos. No se siente triste ni nerviosa; simplemente se ha emocionado. Cuando él le pregunta qué sucede, ella sólo dice: "Los gorriones no pueden cantar así, ¿verdad?" mientras esconde su cabeza en el pecho de él, en un abrazo largo que los dos pajarillos observan desde lo alto de la muralla.
- ¿Por qué hiciste eso? ¿Estás loca? ¡Acabas de regalarle tu vida a una estúpida humana a quien ni siquiera conoces!
- No... No es una estúpida humana; es alguien especial. Ellos dos son especiales; creo que por eso les he regalado mi último canto. Ha sido mi elección, y bien sabes que debes respetarla. Y ahora toca partir... Hasta la próxima, querido amigo...
- ¿Pero por qué ella? ¿Y por qué ahora? Me habría gustado que te quedaras un poco más...
El pequeño cuerpo inerte cae con suavidad por la cara exterior de la muralla, rebotando contra la hierba y rodando cuesta abajo hasta detenerse a los pies de un coche. La lluvia arrecia y su compañero, triste y abatido, desaparece entre las copas de los árboles y canta triste la partida de su irritante aunque dulce compañera, preguntándose cuánto tiempo pasará hasta que se reencuentren una vez más. Mientras tanto, la pareja desaparece silenciosamente al girar una esquina, adentrándose con cada paso es un futuro incierto, sin saber que han sido elegidos y observados por dos viejas almas descarriadas. ¿Quién cree estos días en la eternidad?
viernes, 16 de diciembre de 2011
La cajita de cristal
- Tengo una cajita de cristal...
- ¿Una cajita de cristal?
- Sí. Es de cristal fino y muy resistente. De hecho, es tan fino que a veces se me olvida que está ahí.
- ¿Y qué guardas dentro?
- Pues un corazón.
- ¿Un corazón?
- Sí, un corazón.
- ¿Y cómo es?
- ¿Cómo va a ser? Pues como el resto de corazones. Tiene venitas y arterias y bombea sangre y está calentito.
- Pero... Eso no es posible.
- Lo que tú digas... Pero tengo una cajita de cristal fino con un corazón real dentro. Lo malo es que la abrí hace poco...
- ¿Y qué pasó?
- Pues que el corazón se asustó. Se había acostumbrado a estar tranquilito dentro de su caja y le estresa que lo miren y lo toquen. Y sufre un poco, pero ya le he dicho que es cuestión de tiempo, hasta que se adapte a la nueva situación.
- ¿Hablas con él?
- ¡Claro! Necesito entender sus necesidades, y yo le explico las mías. Es necesario llegar a un acuerdo. Si no, ¿para qué tener un corazón? Y en realidad nos ayudamos mutuamente. Él me calma, y yo le calmo.
- No sé si te entiendo.
- Si no me entiendes es que no hablas demasiado con el tuyo...
- Puede ser. Pero no entiendo por qué está dentro de una caja.
- No recuerdo cuándo fue, pero sé que lo guardé hace tiempo. Para que se recuperara. Y luego supongo que ambos nos acostumbramos a esa fina separación de cristal. Hay cosas que no deberíamos olvidar nunca.
- ¿Y ahora qué vas a hacer?
- Esperar. A que mi corazón se acostumbre, hasta que salga de la cajita. No puedo presionarlo, porque a veces, cuando lo he hecho, le he oído dar un portazo. Si se pueden dar portazos con la tapa de una cajita, claro. Ya me entiendes.
- Vale, entonces, resumiendo: tienes un corazón real en una caja de cristal, hablas con él, a veces se asusta y da portazos. Supongo que sabes que eso no suena muy normal...
- Entonces es que no eres más que un gato-camaleón que ha venido a pasar el rato. Y hace tiempo que me cansé de los gatos-camaleón. No te preocupes, no me ofendes ni estoy enfadada. En absoluto. Al café invito yo.
Cuando ella se levantó, la mariposa de su diadema pareció iluminarse durante unos segundos con un color fluorescente y verdoso. Él parpadeó aturdido y el resplandor desapareció, aunque el aura permaneció en su retina por un instante. Ella, ofreciéndole a él la mejor de sus sonrisas, dejó el dinero al lado de las servilletas de papel; luego se dirigió a la puerta con ese andar elegante y reposado que lo había hipnotizado cuando se conocieron. El café, ya frío, le devolvió la mirada cuando él agachó la cabeza. Sólo recuperó la compostura cuando una voz le preguntó con suavidad:
- ¿Le duele el pecho, señor? Lleva inmóvil más de media hora...
Él alzó la mirada y, aún desconcertado, le respondió a la joven camarera que se encontraba bien. Después, sorprendido, notó el entumecimiento de su brazo derecho, cuya mano había estado reposando sobre la parte izquierda de su pecho durante, supuso, media hora. Bajó el brazo suavemente hasta la mesa, notando una palpitación grave, un hormigueo extraño en la punta de los dedos. Apretó el puño con fuerza y cerró los ojos, cogiendo aire. Luego los abrió y suspiró.
Cogió su chaqueta y salió del bar. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, por un momento le pareció que el mundo se quedaba en silencio para que él pudiese oír el eco lejano de un portazo y un ruido de cristales rotos...
- ¿Una cajita de cristal?
- Sí. Es de cristal fino y muy resistente. De hecho, es tan fino que a veces se me olvida que está ahí.
- ¿Y qué guardas dentro?
- Pues un corazón.
- ¿Un corazón?
- Sí, un corazón.
- ¿Y cómo es?
- ¿Cómo va a ser? Pues como el resto de corazones. Tiene venitas y arterias y bombea sangre y está calentito.
- Pero... Eso no es posible.
- Lo que tú digas... Pero tengo una cajita de cristal fino con un corazón real dentro. Lo malo es que la abrí hace poco...
- ¿Y qué pasó?
- Pues que el corazón se asustó. Se había acostumbrado a estar tranquilito dentro de su caja y le estresa que lo miren y lo toquen. Y sufre un poco, pero ya le he dicho que es cuestión de tiempo, hasta que se adapte a la nueva situación.
- ¿Hablas con él?
- ¡Claro! Necesito entender sus necesidades, y yo le explico las mías. Es necesario llegar a un acuerdo. Si no, ¿para qué tener un corazón? Y en realidad nos ayudamos mutuamente. Él me calma, y yo le calmo.
- No sé si te entiendo.
- Si no me entiendes es que no hablas demasiado con el tuyo...
- Puede ser. Pero no entiendo por qué está dentro de una caja.
- No recuerdo cuándo fue, pero sé que lo guardé hace tiempo. Para que se recuperara. Y luego supongo que ambos nos acostumbramos a esa fina separación de cristal. Hay cosas que no deberíamos olvidar nunca.
- ¿Y ahora qué vas a hacer?
- Esperar. A que mi corazón se acostumbre, hasta que salga de la cajita. No puedo presionarlo, porque a veces, cuando lo he hecho, le he oído dar un portazo. Si se pueden dar portazos con la tapa de una cajita, claro. Ya me entiendes.
- Vale, entonces, resumiendo: tienes un corazón real en una caja de cristal, hablas con él, a veces se asusta y da portazos. Supongo que sabes que eso no suena muy normal...
- Entonces es que no eres más que un gato-camaleón que ha venido a pasar el rato. Y hace tiempo que me cansé de los gatos-camaleón. No te preocupes, no me ofendes ni estoy enfadada. En absoluto. Al café invito yo.
Cuando ella se levantó, la mariposa de su diadema pareció iluminarse durante unos segundos con un color fluorescente y verdoso. Él parpadeó aturdido y el resplandor desapareció, aunque el aura permaneció en su retina por un instante. Ella, ofreciéndole a él la mejor de sus sonrisas, dejó el dinero al lado de las servilletas de papel; luego se dirigió a la puerta con ese andar elegante y reposado que lo había hipnotizado cuando se conocieron. El café, ya frío, le devolvió la mirada cuando él agachó la cabeza. Sólo recuperó la compostura cuando una voz le preguntó con suavidad:
- ¿Le duele el pecho, señor? Lleva inmóvil más de media hora...
Él alzó la mirada y, aún desconcertado, le respondió a la joven camarera que se encontraba bien. Después, sorprendido, notó el entumecimiento de su brazo derecho, cuya mano había estado reposando sobre la parte izquierda de su pecho durante, supuso, media hora. Bajó el brazo suavemente hasta la mesa, notando una palpitación grave, un hormigueo extraño en la punta de los dedos. Apretó el puño con fuerza y cerró los ojos, cogiendo aire. Luego los abrió y suspiró.
Cogió su chaqueta y salió del bar. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, por un momento le pareció que el mundo se quedaba en silencio para que él pudiese oír el eco lejano de un portazo y un ruido de cristales rotos...
martes, 13 de diciembre de 2011
Certeza
La nota apareció en mi buzón un lunes por la mañana. "Te encontré", rezaban sus letras nerviosas. Algo me decía que el autor era zurdo y que había usado una pluma Montblanc, aunque yo no tenía ni idea de cómo era una pluma Montblanc y mucho menos sabía sobre grafología. El papel era de gran calidad y olía ligeramente a metal. Subí las escaleras releyendo una y otra vez aquellas palabras mientras mi cabeza imaginaba un futuro incierto y mis pies esquivaban de forma casi automática los escombros. Una vez en casa encendí un cigarrillo y observé su humo ascender lentamente hasta desaparecer muy cerca del amarillento techo. "Enhorabuena", susurré. Mi gato asintió con un corto maullido, y yo tiré el papel a la basura. "Enhorabuena".
Sólo deseé que alguien cuidara de mi gato una vez yo hubiese muerto.
Sólo deseé que alguien cuidara de mi gato una vez yo hubiese muerto.
Publicado en LiteraturaNova.com en Agosto de 2011.
martes, 8 de noviembre de 2011
Para Claudia
Hola Claudia, ¿cómo estás?
Hace mucho tiempo que no sé nada de ti. Sé que no te has ido porque te presiento en cada paso que doy, y créeme si te digo que no te olvido. Ha vuelto el frío y la otra noche había algo de niebla, con lo que las luces naranjas de la ciudad eran más espesas, y no pude evitar preguntarme qué estarías pensando de verlas así otra vez. Supongo que te traerían recuerdos...
Yo estoy bien. La verdad es que este año está siendo increíble. Me cuesta creer que hace menos de un año fuéramos inseparables y que, todavía no sé muy bien cómo, ahora apenas nos veamos. No es que te eche de menos, pero no me malinterpretes, eres parte de mí y te estoy tremendamente agradecida por haberme dejado ver el mundo con tus ojos. Caminar en tus zapatos fue pesado; llorar contigo fue la manera más dura de conocer esa parte oscura del corazón, ese agujero negro del que la gente reniega por miedo o vergüenza. Nunca me he sentido tan orgullosa de haber pasado por ello.
Dime, Claudia, ¿sigues teniendo pesadillas? El otro día me acordé de ti porque volví a tener uno de esos sueños que tanto nos habían agobiado hace tiempo, pero cuando desperté me sorprendí gratamente: no había dolor, no había nada. "Hacía tiempo que no soñaba con esto", pensé, e inconscientemente busqué la tristeza en mi interior, pero no pude encontrarla. Me di cuenta entonces de que durante años había educado a mi corazón a sufrir, a lamentarse, a sentir dolor. Parece ser que mi corazón se ha cansado de todo eso, al fin. Quien más lo maltrató fui yo misma, lo sé. Por suerte, ya está curado. ¿Quizá por eso ya apenas te veo? Es posible...
Sé que en algún momento de nuestras vidas volveremos a cruzarnos. No es que no lo desee, pero sé que será distinto. Todos maduramos, incluída tú, mi querida Claudia. Sólo espero que nunca pierdas esa parte de niña inocente que te permitió ver y mostrar la otra belleza de las cosas en la oscuridad. Tienes un don especial, mi niña, y debes enorgullecerte de ello. Nunca lo olvides. Y nunca dejes de sonreír, porque esa es tu mejor arma.
No sé muy bien cómo despedirme. De hecho, ahora que vuelve el frío y se hace de noche más pronto, te noto más cerca; será que este tiempo me recuerda a ti. De momento creo que lo dejaré en un "hasta luego", ¿qué te parece?
Cuídate,
Hace mucho tiempo que no sé nada de ti. Sé que no te has ido porque te presiento en cada paso que doy, y créeme si te digo que no te olvido. Ha vuelto el frío y la otra noche había algo de niebla, con lo que las luces naranjas de la ciudad eran más espesas, y no pude evitar preguntarme qué estarías pensando de verlas así otra vez. Supongo que te traerían recuerdos...
Yo estoy bien. La verdad es que este año está siendo increíble. Me cuesta creer que hace menos de un año fuéramos inseparables y que, todavía no sé muy bien cómo, ahora apenas nos veamos. No es que te eche de menos, pero no me malinterpretes, eres parte de mí y te estoy tremendamente agradecida por haberme dejado ver el mundo con tus ojos. Caminar en tus zapatos fue pesado; llorar contigo fue la manera más dura de conocer esa parte oscura del corazón, ese agujero negro del que la gente reniega por miedo o vergüenza. Nunca me he sentido tan orgullosa de haber pasado por ello.
Dime, Claudia, ¿sigues teniendo pesadillas? El otro día me acordé de ti porque volví a tener uno de esos sueños que tanto nos habían agobiado hace tiempo, pero cuando desperté me sorprendí gratamente: no había dolor, no había nada. "Hacía tiempo que no soñaba con esto", pensé, e inconscientemente busqué la tristeza en mi interior, pero no pude encontrarla. Me di cuenta entonces de que durante años había educado a mi corazón a sufrir, a lamentarse, a sentir dolor. Parece ser que mi corazón se ha cansado de todo eso, al fin. Quien más lo maltrató fui yo misma, lo sé. Por suerte, ya está curado. ¿Quizá por eso ya apenas te veo? Es posible...
Sé que en algún momento de nuestras vidas volveremos a cruzarnos. No es que no lo desee, pero sé que será distinto. Todos maduramos, incluída tú, mi querida Claudia. Sólo espero que nunca pierdas esa parte de niña inocente que te permitió ver y mostrar la otra belleza de las cosas en la oscuridad. Tienes un don especial, mi niña, y debes enorgullecerte de ello. Nunca lo olvides. Y nunca dejes de sonreír, porque esa es tu mejor arma.
No sé muy bien cómo despedirme. De hecho, ahora que vuelve el frío y se hace de noche más pronto, te noto más cerca; será que este tiempo me recuerda a ti. De momento creo que lo dejaré en un "hasta luego", ¿qué te parece?
Cuídate,
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Mil millones de...
Mil millones de cosas por vivir.
De canciones por escuchar, de kilómetros por recorrer, de lugares por visitar. Mil millones de estrellas en el cielo, pero ninguna tan brillante como la que tú me regalas cada vez que me miras. Mil millones de gotas de lluvia que me recuerdan a los mil millones de caricias que quedan por dar; mil millones de relámpagos a los que pedir deseos que tarde o temprano se cumplirán. Mil millones de sonrisas y de lágrimas, de desconocidos que pasarán por nuestro lado y que nos olvidarán; de copas y luces y sombras, de pisadas furtivas, de susurros al oído, de gritos al cielo, de silencios cómplices entre sábanas cálidas en una noche de tormenta. Mil millones de colores por redescubrir, a cuál más brillante, cada uno con su particular significado; mil millones de latidos que quiero escuchar, de sorpresas y segundos que no pasan y horas que vuelan, mientras las nubes se transforman y el mundo sigue mirándose estúpidamente a los pies, lamentándose, sufriendo. Mil millones de vientos que remueven las copas de los mil millones de árboles que hablan y cantan y sueñan y nos miran con envidia; mil millones de otras bellezas, de esas que sólo se pueden observar en la oscuridad.
Lo sé, amor; esto ya se ha dicho antes. Mil millones de corazones lo han sentido, lo han padecido, lo han disfrutado, lo han escrito y lo han cantado. Quizá no esté siendo original, y probablemente se me pueda tachar de ingenua, de niña, de alocada y de soñadora, pero ¿sabes? Eso me hace sentir viva. Ni mil millones de críticas podrán amedrentarme jamás, por muy asustada que esté, por mucho miedo que tenga. Y nosotros seguiremos creando mil millones de universos, uno por cada repicar de nuestras copas, mientras el mundo se rompe poco a poco a nuestro alrededor...
Porque contigo, mi vida, incluso mil millones de besos se me quedan cortos.
De canciones por escuchar, de kilómetros por recorrer, de lugares por visitar. Mil millones de estrellas en el cielo, pero ninguna tan brillante como la que tú me regalas cada vez que me miras. Mil millones de gotas de lluvia que me recuerdan a los mil millones de caricias que quedan por dar; mil millones de relámpagos a los que pedir deseos que tarde o temprano se cumplirán. Mil millones de sonrisas y de lágrimas, de desconocidos que pasarán por nuestro lado y que nos olvidarán; de copas y luces y sombras, de pisadas furtivas, de susurros al oído, de gritos al cielo, de silencios cómplices entre sábanas cálidas en una noche de tormenta. Mil millones de colores por redescubrir, a cuál más brillante, cada uno con su particular significado; mil millones de latidos que quiero escuchar, de sorpresas y segundos que no pasan y horas que vuelan, mientras las nubes se transforman y el mundo sigue mirándose estúpidamente a los pies, lamentándose, sufriendo. Mil millones de vientos que remueven las copas de los mil millones de árboles que hablan y cantan y sueñan y nos miran con envidia; mil millones de otras bellezas, de esas que sólo se pueden observar en la oscuridad.
Lo sé, amor; esto ya se ha dicho antes. Mil millones de corazones lo han sentido, lo han padecido, lo han disfrutado, lo han escrito y lo han cantado. Quizá no esté siendo original, y probablemente se me pueda tachar de ingenua, de niña, de alocada y de soñadora, pero ¿sabes? Eso me hace sentir viva. Ni mil millones de críticas podrán amedrentarme jamás, por muy asustada que esté, por mucho miedo que tenga. Y nosotros seguiremos creando mil millones de universos, uno por cada repicar de nuestras copas, mientras el mundo se rompe poco a poco a nuestro alrededor...
Porque contigo, mi vida, incluso mil millones de besos se me quedan cortos.
lunes, 17 de octubre de 2011
Copa vacía
Lo sé, la copa se está quedando vacía.
No es porque yo quiera. A veces parece que la botella pesa demasiado. La miro y la acaricio; está tan fría que desprende agresividad. No me atrevo a levantarla; simplemente no puedo. No tengo la mente nublada, no me duelen los brazos, no es que no tenga sed. Sé que no es cobardía. Desconozco el motivo, pero la copa se está quedando vacía y eso me da mucha rabia.
Tú me miras con ojos de asombro mientras yo me limpio los labios con la servilleta. No estás asustado, o al menos no dejas que me dé cuenta de ello. Me coges una mano y la besas con suavidad. Yo vuelvo a mirar la botella llena y mi copa vacía. Y un poquito más de mi voluntad desaparece volátil como el alcohol. Me tienes hechizada.
No sé qué es peor, si el vacío de mi copa o la vida en mi corazón, que late con más fuerza que nunca, de tal manera que duele. Las luces naranjas de la noche son más cálidas y acogedoras; las lágrimas tienen un significado completamente distinto ahora que me abrazas. El destino es incierto y eso me perturba enormemente. No sé cuál de mis yoes tiene más miedo. Es normal, pienso. Y suspiro.
Las luces de la ciudad pasan rápido mientras yo pienso en mi copa y siento tu mano sobre la mía. Ya no importa. Porque sé que la rellenarás por mí, y brindaremos juntos...
No es porque yo quiera. A veces parece que la botella pesa demasiado. La miro y la acaricio; está tan fría que desprende agresividad. No me atrevo a levantarla; simplemente no puedo. No tengo la mente nublada, no me duelen los brazos, no es que no tenga sed. Sé que no es cobardía. Desconozco el motivo, pero la copa se está quedando vacía y eso me da mucha rabia.
Tú me miras con ojos de asombro mientras yo me limpio los labios con la servilleta. No estás asustado, o al menos no dejas que me dé cuenta de ello. Me coges una mano y la besas con suavidad. Yo vuelvo a mirar la botella llena y mi copa vacía. Y un poquito más de mi voluntad desaparece volátil como el alcohol. Me tienes hechizada.
No sé qué es peor, si el vacío de mi copa o la vida en mi corazón, que late con más fuerza que nunca, de tal manera que duele. Las luces naranjas de la noche son más cálidas y acogedoras; las lágrimas tienen un significado completamente distinto ahora que me abrazas. El destino es incierto y eso me perturba enormemente. No sé cuál de mis yoes tiene más miedo. Es normal, pienso. Y suspiro.
Las luces de la ciudad pasan rápido mientras yo pienso en mi copa y siento tu mano sobre la mía. Ya no importa. Porque sé que la rellenarás por mí, y brindaremos juntos...
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Madrid
Madrid.
Otra vez.
Pero esta vez, de algún modo y de muchos modos al mismo tiempo, es diferente.
「あわれ」 Esa palabra japonesa describe a la perfección cómo me siento.
Ojalá tuviese un ordenador a mi alcance; mis dedos son más rápidos tecleando que moviendo un bolígrafo. Todas las frases que quiero decir pasan por mi cabeza fugaces y yo intento cazarlas, pero se me escapan como un puñado de fina arena y al final sólo puedo escribir palabras inconexas y confusas. Y pierden el sentido real de lo que quiero decir.
Me pongo el pijama y me quito las gafas diecinueve horas y media más tarde, pero no puedo despegarme de la música, que me ha acompañado durante la mitad del trayecto, ahora en el suelo, antes más cerca de las estrellas.
Y he visto la luna y he podido acercarme un poquito más a ella, siempre tan altanera y tan perfecta, con su mueca imitando una gélida sonrisa de cristal. El amanecer era rojo como en Marte, y yo me sentía en una nave espacial que me llevaría lejos, y luego un poquito más lejos, a algún lugar en el que perderme y del que no volver, aunque sí, quizá tarde o temprano, escapar.
Y he visto un inmenso y oscuro mar en llamas; todo era del color de la ceniza, y me parecía observar el infierno desde las puertas del cielo. Y yo sólo quería subir más, y un poquito más, hasta observar el mundo quemándose, ardiendo bajo mis pies mientras yo reía amargamente, y no quería bajar a ese mundo gris jamás.
Tengo sueño y me escuecen los ojos, pero no quiero dormir. No todavía.
Porque me he perdido en la húmeda noche de invierno de Madrid, y aunque al principio sólo quería descansar, más tarde he disfrutado de sus calles solitarias y frías y de la fina lluvia que, sin osar tocarme, me empapaba el corazón y me arrancaba una amarga sonrisa.
Y he decidido caminar sin rumbo hacia lo desconocido, sin mirar por dónde iba, sólo pensando en perderme y deseando no tener que volver al hotel jamás; ojalá hubiese seguido caminando durante horas, esperando que mis piernas no me fallaran, hasta llegar a algún lugar desconocido y nuevo en el que estirarme y dormir bajo un cielo sin estrellas, al abrigo de las frías copas de los árboles y la solitaria luz de las farolas.
Y el Destino por una vez me ha hecho un favor, aunque sé que después lo pagaré caro; sin quererlo me he encontrado ante la Gran Muralla China, rodeada de dragones míticos y con las aguas del Río Amarillo reflejando mi triste mirada. Pero en el cielo seguían faltando las estrellas, porque una inmensa tormenta de plumas de fénix y escamas de dragón las cubrían. Una familia más me acogía en su regazo, y me alimentaba y me sonreía mientras todos hablaban en su idioma, y yo observaba a la niñita que me observaba, y la música de un instrumento parecido a un shamisen me transportaba a un mágico lugar de verdes montañas y mansos lagos. Me acabé hasta el último grano de arroz y sólo quise descansar en uno de esos aposentos lleno de dragones chinos, sobre cojines de hermosas sedas de colores. Pero sólo pude inmortalizar una pequeña, minúscula parte de aquel inmenso mundo, y cuando me di cuenta estaba observando la entrada del local, que ahora parecía la infranqueable puerta de un majestuoso templo prohibido para mí.
Entonces la música me llevó a otra parte, en la que el agua cae al revés y el frío cala hasta los huesos, y nadie mira porque todo el mundo lo ha visto. He mirado el suelo y lo he retenido, y sólo una sombra de lo que soy queda en esa imagen: un color desconocido para la gente.
El tiempo dejó de existir, pero el mañana llega, y lo único que nunca termina es la música, que si sabemos escuchar nos hablará de la dualidad de las cosas. Porque mientras la música suena, el mundo puede detenerse y pasar muy rápido a la vez, y puede obligar al tiempo a perder su forma y desaparecer. Y la lluvia cae, siempre tan amable, intentando llevarse todo lo malo que nos rodea.
Porque me he perdido sin quererlo pero deseándolo; rodeada de rostros desconocidos, me he sentido más cerca de mí misma que nunca, y no me ha importado que me observaran, porque al fin y al cabo me habrán olvidado en tres segundos y jamás me volverán a ver.
No quiero volver. 帰りたくない。
No quiero que esta noche termine jamás. Pero ni el mejor de los deseos servirá para cambiar el mundo, de modo que sólo puedo consolarme con la idea de que mañana, una vez más, podré perderme en otra dirección para encontrar de nuevo cosas maravillosas que me inspiren y me produzcan esa melancolía que, quizá no tan inintencionadamente, he aprendido a desear y añorar.
Y ahora, aunque mi cuerpo cansado me obliga a dormir, mi mente sigue formando extrañas imágenes que, al menos esta vez, no podré traspasar al papel, y que con toda seguridad acabaré olvidando mañana por la mañana, cuando la luz del sol me devuelva con su crueldad al mundo real y sus imposiciones.
Y soñaré con ese mundo real como castigo a mi egocentrismo, ya que hoy he sido reina por un momento y he soñado despierta, cambiando a mi antojo lo que me rodeaba, dándole el significado que yo deseaba que tuviera.
Buenas noches.
(Y entonces apago la luz y mi mente estalla.)
Otra vez.
Pero esta vez, de algún modo y de muchos modos al mismo tiempo, es diferente.
「あわれ」 Esa palabra japonesa describe a la perfección cómo me siento.
Ojalá tuviese un ordenador a mi alcance; mis dedos son más rápidos tecleando que moviendo un bolígrafo. Todas las frases que quiero decir pasan por mi cabeza fugaces y yo intento cazarlas, pero se me escapan como un puñado de fina arena y al final sólo puedo escribir palabras inconexas y confusas. Y pierden el sentido real de lo que quiero decir.
Me pongo el pijama y me quito las gafas diecinueve horas y media más tarde, pero no puedo despegarme de la música, que me ha acompañado durante la mitad del trayecto, ahora en el suelo, antes más cerca de las estrellas.
Y he visto la luna y he podido acercarme un poquito más a ella, siempre tan altanera y tan perfecta, con su mueca imitando una gélida sonrisa de cristal. El amanecer era rojo como en Marte, y yo me sentía en una nave espacial que me llevaría lejos, y luego un poquito más lejos, a algún lugar en el que perderme y del que no volver, aunque sí, quizá tarde o temprano, escapar.
Y he visto un inmenso y oscuro mar en llamas; todo era del color de la ceniza, y me parecía observar el infierno desde las puertas del cielo. Y yo sólo quería subir más, y un poquito más, hasta observar el mundo quemándose, ardiendo bajo mis pies mientras yo reía amargamente, y no quería bajar a ese mundo gris jamás.
Tengo sueño y me escuecen los ojos, pero no quiero dormir. No todavía.
Porque me he perdido en la húmeda noche de invierno de Madrid, y aunque al principio sólo quería descansar, más tarde he disfrutado de sus calles solitarias y frías y de la fina lluvia que, sin osar tocarme, me empapaba el corazón y me arrancaba una amarga sonrisa.
Y he decidido caminar sin rumbo hacia lo desconocido, sin mirar por dónde iba, sólo pensando en perderme y deseando no tener que volver al hotel jamás; ojalá hubiese seguido caminando durante horas, esperando que mis piernas no me fallaran, hasta llegar a algún lugar desconocido y nuevo en el que estirarme y dormir bajo un cielo sin estrellas, al abrigo de las frías copas de los árboles y la solitaria luz de las farolas.
Y el Destino por una vez me ha hecho un favor, aunque sé que después lo pagaré caro; sin quererlo me he encontrado ante la Gran Muralla China, rodeada de dragones míticos y con las aguas del Río Amarillo reflejando mi triste mirada. Pero en el cielo seguían faltando las estrellas, porque una inmensa tormenta de plumas de fénix y escamas de dragón las cubrían. Una familia más me acogía en su regazo, y me alimentaba y me sonreía mientras todos hablaban en su idioma, y yo observaba a la niñita que me observaba, y la música de un instrumento parecido a un shamisen me transportaba a un mágico lugar de verdes montañas y mansos lagos. Me acabé hasta el último grano de arroz y sólo quise descansar en uno de esos aposentos lleno de dragones chinos, sobre cojines de hermosas sedas de colores. Pero sólo pude inmortalizar una pequeña, minúscula parte de aquel inmenso mundo, y cuando me di cuenta estaba observando la entrada del local, que ahora parecía la infranqueable puerta de un majestuoso templo prohibido para mí.
Entonces la música me llevó a otra parte, en la que el agua cae al revés y el frío cala hasta los huesos, y nadie mira porque todo el mundo lo ha visto. He mirado el suelo y lo he retenido, y sólo una sombra de lo que soy queda en esa imagen: un color desconocido para la gente.
El tiempo dejó de existir, pero el mañana llega, y lo único que nunca termina es la música, que si sabemos escuchar nos hablará de la dualidad de las cosas. Porque mientras la música suena, el mundo puede detenerse y pasar muy rápido a la vez, y puede obligar al tiempo a perder su forma y desaparecer. Y la lluvia cae, siempre tan amable, intentando llevarse todo lo malo que nos rodea.
Porque me he perdido sin quererlo pero deseándolo; rodeada de rostros desconocidos, me he sentido más cerca de mí misma que nunca, y no me ha importado que me observaran, porque al fin y al cabo me habrán olvidado en tres segundos y jamás me volverán a ver.
No quiero volver. 帰りたくない。
No quiero que esta noche termine jamás. Pero ni el mejor de los deseos servirá para cambiar el mundo, de modo que sólo puedo consolarme con la idea de que mañana, una vez más, podré perderme en otra dirección para encontrar de nuevo cosas maravillosas que me inspiren y me produzcan esa melancolía que, quizá no tan inintencionadamente, he aprendido a desear y añorar.
Y ahora, aunque mi cuerpo cansado me obliga a dormir, mi mente sigue formando extrañas imágenes que, al menos esta vez, no podré traspasar al papel, y que con toda seguridad acabaré olvidando mañana por la mañana, cuando la luz del sol me devuelva con su crueldad al mundo real y sus imposiciones.
Y soñaré con ese mundo real como castigo a mi egocentrismo, ya que hoy he sido reina por un momento y he soñado despierta, cambiando a mi antojo lo que me rodeaba, dándole el significado que yo deseaba que tuviera.
Buenas noches.
(Y entonces apago la luz y mi mente estalla.)
Escrito el 15 de enero de 2007
en un hotel de Atocha, Madrid
sábado, 10 de septiembre de 2011
Inolvidable
Los macarrones salieron volando por encima de la mesa cuando ella se levantó airada, acabando algunos en la ensalada de él, el resto esparcidos por el suelo. El cuenco con el queso rayado rodó lentamente hasta pararse a los pies de la mesa de la izquierda, dejando tras de sí el rastro de su trayectoria. La botella de cristal rebotó contra el suelo con un sonido seco y la mitad de su contenido se vertió sobre las baldosas anaranjadas. Sólo un susurrado "¿Pero qué...?" perturbó el silencio que había inundado el restaurante.
Ella bajó la mano en la que aún sostenía la copa, ahora vacía, y miró fijamente la cara de él, completamente empapada de agua. Estaba de pie ante él, apoyada en la mesa de mantel blanco con ambas manos. Su pulso se había acelerado y todavía podía sentir la ira en la boca del estómago.
- Siempre quise saber qué se siente al tirarle el agua a la cara a alguien. Gracias, tú me lo has puesto en bandeja. Y ha sido inolvidable.
No volvieron a verse.
Ella bajó la mano en la que aún sostenía la copa, ahora vacía, y miró fijamente la cara de él, completamente empapada de agua. Estaba de pie ante él, apoyada en la mesa de mantel blanco con ambas manos. Su pulso se había acelerado y todavía podía sentir la ira en la boca del estómago.
- Siempre quise saber qué se siente al tirarle el agua a la cara a alguien. Gracias, tú me lo has puesto en bandeja. Y ha sido inolvidable.
No volvieron a verse.
jueves, 11 de agosto de 2011
Vaquero
Coge tus pistolas, vaquero, y huyamos a la tierra donde nunca se pone el sol...
Una tierra que dé al mar, para poder jugar con las olas mientras observamos con envidia y una sonrisa en los labios el vuelo de las gaviotas. Una tierra en la que las tormentas eléctricas nos visiten con frecuencia para poder pedirle mil deseos a los rayos; una tierra de lluvias torrenciales para poder bailar bajo ellas, respondiendo a los truenos con carcajadas mientras extendemos los brazos y alzamos la cabeza hacia el cielo, siempre arriba, más allá del vuelo de las gaviotas. Una tierra de silenciosos amaneceres en los que la brisa nos despierte con suavidad mientras el resto del mundo gira frenéticamente; una tierra de colores brillantes que nos descubra a cada paso algo nuevo, algo nunca antes visto, algo que mantenga nuestra infantil curiosidad siempre viva. Una tierra de altos acantilados desde los que observar el lejano horizonte mientras las olas rompen a nuestros pies, refrescando nuestra piel y nuestras almas; en la que el cielo cambiante nunca nos aburra, en la que podamos observar los múltiples colores del agua a través de los miles de prismas de un solo copo de nieve, de un solo grano de arena. Una tierra de frondosos bosques en cuyos árboles podamos reposar nuestras espaldas mientras sus copas nos arropan y sus hojas nos adormecen con su suave sonido; una tierra que no nos dañe los pies, que nos invite a viajar, que nos deje ser todo lo aventureros que decidamos ser. Una tierra donde no exista el miedo a enamorarse, a ganar o a perder, a pasar desapercibidos o a ser los reyes del mundo; en la que podamos ser siempre nosotros mismos, sin espejos mentirosos ni miradas furtivas ni monstruos debajo de la cama. Una tierra en la que no existan las sombras...
Vaquero, coge tus pistolas y tíralas bien lejos, a lo más profundo del océano en un plateado atardecer de tormenta, y mientras lanzas tu último alarido de gloria deja que una lágrima caiga por tu rostro, la última que derramarás jamás, para que su sal se confunda con la del mar... Y celebra el fin de las tinieblas en tu corazón.
Y luego... huyamos juntos a la tierra donde nunca se pone el sol.
Una tierra que dé al mar, para poder jugar con las olas mientras observamos con envidia y una sonrisa en los labios el vuelo de las gaviotas. Una tierra en la que las tormentas eléctricas nos visiten con frecuencia para poder pedirle mil deseos a los rayos; una tierra de lluvias torrenciales para poder bailar bajo ellas, respondiendo a los truenos con carcajadas mientras extendemos los brazos y alzamos la cabeza hacia el cielo, siempre arriba, más allá del vuelo de las gaviotas. Una tierra de silenciosos amaneceres en los que la brisa nos despierte con suavidad mientras el resto del mundo gira frenéticamente; una tierra de colores brillantes que nos descubra a cada paso algo nuevo, algo nunca antes visto, algo que mantenga nuestra infantil curiosidad siempre viva. Una tierra de altos acantilados desde los que observar el lejano horizonte mientras las olas rompen a nuestros pies, refrescando nuestra piel y nuestras almas; en la que el cielo cambiante nunca nos aburra, en la que podamos observar los múltiples colores del agua a través de los miles de prismas de un solo copo de nieve, de un solo grano de arena. Una tierra de frondosos bosques en cuyos árboles podamos reposar nuestras espaldas mientras sus copas nos arropan y sus hojas nos adormecen con su suave sonido; una tierra que no nos dañe los pies, que nos invite a viajar, que nos deje ser todo lo aventureros que decidamos ser. Una tierra donde no exista el miedo a enamorarse, a ganar o a perder, a pasar desapercibidos o a ser los reyes del mundo; en la que podamos ser siempre nosotros mismos, sin espejos mentirosos ni miradas furtivas ni monstruos debajo de la cama. Una tierra en la que no existan las sombras...
Vaquero, coge tus pistolas y tíralas bien lejos, a lo más profundo del océano en un plateado atardecer de tormenta, y mientras lanzas tu último alarido de gloria deja que una lágrima caiga por tu rostro, la última que derramarás jamás, para que su sal se confunda con la del mar... Y celebra el fin de las tinieblas en tu corazón.
Y luego... huyamos juntos a la tierra donde nunca se pone el sol.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Ella
Me visita muy pocas veces. No es que le guarde rencor. A veces me preocupo por ella, pensando que quizá está demasiado estresada o que incluso me tiene miedo; en esas ocasiones aguardo pacientemente su llegada, dejando que se tome el tiempo que necesite, sin presiones ni reproches. Pero otras veces no tengo más remedio que enfadarme. Porque cuando más la necesito ella no está, y por más que la llamo y que invoco su presencia ella no se digna en aparecer. Pienso entonces que anda escondida tras la luna, altanera y soberbia, sonriendo con muecas de niño travieso desde el firmamento, y que observa con placer mi sufrimiento, mi eterna espera, mis fútiles intentos por hacer que vuelva a mi lado. Y sólo siento que disfruta con ello.
Es traviesa y adorable. Me ha otorgado enormes satisfacciones y desastrosas frustraciones a lo largo de los años. Sus frutos son ricos y jugosos, pero tan escasos que se convierten en un manjar casi prohibido, lujoso y caro. Es caprichosa, puesto que aparece en los momentos menos adecuados; justo antes de dormirme, o en mitad de una llamada telefónica, o cuando me estoy duchando y apenas me da tiempo a llegar al trabajo. Pocas veces puedo dejarlo todo a un lado para concentrarme en ella, y cuando al fin me encuentro disponible, ella ya se ha ido allá arriba, con la luna, y vuelve a reír. Quizá viva en una estrella más allá de la luna, como el Principito, y tenga que ir a regar su rosa cada día, y a comprobar que la oveja no ha salido de su caja. Apenas la conozco y sin embargo siento su ausencia como una herida profunda en el corazón.
"Vuelve", grito al vacío, "te necesito". Hace tiempo que no la veo. Antes solía disfrazarse de Morfeo y cada noche tiraba un poquito de arena sobre mis ojos para que visitara otros mundos. Eso acabó, y entonces se convirtió en incontables noches de borrachera y desdicha, y por ello vi mi propio mundo desde otra perspectiva, oscura y difusa como un cristal viejo y mal pulido. Ahora no sé qué extraña forma habrá decidido utilizar para su próxima visita, pero algo me dice que esta vez tendrá rostro humano, y la oscuridad de las calles de invierno dará paso a la luz cegadora del sol de agosto. Quizá me equivoco, sólo ella lo sabe. Pero hasta que eso suceda sigo esperando, paciente y enfadada, su regreso sutil y atronador, como una lejana tormenta de verano que predice el fin del mundo.
Es traviesa y adorable. Me ha otorgado enormes satisfacciones y desastrosas frustraciones a lo largo de los años. Sus frutos son ricos y jugosos, pero tan escasos que se convierten en un manjar casi prohibido, lujoso y caro. Es caprichosa, puesto que aparece en los momentos menos adecuados; justo antes de dormirme, o en mitad de una llamada telefónica, o cuando me estoy duchando y apenas me da tiempo a llegar al trabajo. Pocas veces puedo dejarlo todo a un lado para concentrarme en ella, y cuando al fin me encuentro disponible, ella ya se ha ido allá arriba, con la luna, y vuelve a reír. Quizá viva en una estrella más allá de la luna, como el Principito, y tenga que ir a regar su rosa cada día, y a comprobar que la oveja no ha salido de su caja. Apenas la conozco y sin embargo siento su ausencia como una herida profunda en el corazón.
"Vuelve", grito al vacío, "te necesito". Hace tiempo que no la veo. Antes solía disfrazarse de Morfeo y cada noche tiraba un poquito de arena sobre mis ojos para que visitara otros mundos. Eso acabó, y entonces se convirtió en incontables noches de borrachera y desdicha, y por ello vi mi propio mundo desde otra perspectiva, oscura y difusa como un cristal viejo y mal pulido. Ahora no sé qué extraña forma habrá decidido utilizar para su próxima visita, pero algo me dice que esta vez tendrá rostro humano, y la oscuridad de las calles de invierno dará paso a la luz cegadora del sol de agosto. Quizá me equivoco, sólo ella lo sabe. Pero hasta que eso suceda sigo esperando, paciente y enfadada, su regreso sutil y atronador, como una lejana tormenta de verano que predice el fin del mundo.
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